EL ZOMBI I EL MULAT DE MURILLO (II). UN CONTE

Data: març-abril de 1882

La Revista Contemporánea fou una de les més prestigioses revistes de la seva època. Va ser fundada i dirigida en la seva primera etapa per José del Perojo i Figueres (1850-1908), de formació racionalista i germana, qui va introduir a Espanya Kant, Hegel i Fichte. Va aparèixer el 15 de desembre de 1875 amb el propòsit de fondre en una sola publicació de caràcter internacional totes les manifestacions de la cultura i englobar les idees modernes europees, especialment germàniques. Els seus continguts són assajos i estudis de totes les branques del coneixement tant humanista com científic; textos de creació literària originals, tant novel•les, contes i llegendes com poesies i revistes crítiques sobre el moviment literari i intel•lectual europeu, a més de novetats bibliogràfiques, tant espanyoles com internacionals. Va comptar amb correspondències (corresponsalies) a Alemanya, Anglaterra, Itàlia i França i va difondre la novel•lística alemanya, russa, anglesa, francesa o escandinava.

En aquesta segona entrega (de les tres que presentem: I, II, III) oferim els capítols tercer i quart del relat titulat “Sebastián Gómez” (d’un total de set). El capítol tercer està travessat per una llarga digressió de l’autor del relat, el periodista José María Vallejo (†1911), a les quals ja ens té acostumats i són pròpies de la prosa de l’època, a propòsit en aquest cas de la relació entre la condició d’artista i el lucre econòmic. Embotit en un esperit romàntic, l’autor rebutja la condició d’artistes d’aquells que estan massa interessats en el benefici econòmic i defensa l’art més com una imposició vital que com un ofici. Ultra aquestes consideracions, més aviat poc interessants al propòsit general del relat, en aquesta part també apareix retratat diàfanament el descrèdit i menyspreu amb què és tractat Sebastián Gómez, el mulat del pintor Murillo, per part dels altres deixebles. Malgrat comptar amb alguna consideració social, el color de pell pesava molt llavors, i era impensable pels lletosos alumnes del pintor granadí que el mulat pogués ser l’estranya presència que, de nits, es dedicava a pintar amb els seus instruments en el taller, quan no hi quedava ningú.

El quart capítol aprofundeix en la idea del zombi o esperit que, de nits, pinta aquells retrats extraordinaris. Malgrat prendre-se-la a broma, fins i tot aquesta opció sembla més factible al personal que no pas la de pensar que el mulat pogués ser-ne l’autor. De fet, fent gala del racionalisme que hem apuntat que impregnava la revista, el propi mulat confessa no creure en aquestes supersticions, i diu fer referència al zombi-pintor únicament com a divertiment i per desviar les possibles sospites de la seva pròpia persona. El subterfugi resulta convincent donat el color de la seva pell, ja que l’origen del “mite dels zombis” es troba a Haití, durant els segles XVII i XVIII. Explica l’antropòleg Wade Davis (The Serpent and the Rainbow, 1985) que antigues històries parlaven d’haitians que havien estat infectats amb una toxina ―la tetrodotoxina― per un mag o bokor. Aquestapotent droga, administrada en petites quantitats, alterava la consciència de la víctima el suficient per fer-lo caure en un estat de submissió absoluta al bokor, el qual el podia arribar a dominar fins al punt de fer-li creure que havia mort i ressuscitat. Per fer més creïble l’engany, les víctimes sovint eren enterrades en vida i desenterrades. Amb el reforç de les creences culturals i la superstició del vudú, el ressuscitat, el zombi ―o “zonbi” en crioll haitià―, havia de refer la seva vida lluny dels que coneixia, i era llavors que el bokor li oferia una sortida, normalment treballant com a esclau a les plantacions de canya de sucre [1].

Bon viatge i bona lectura
El còmit de la nau

 

Revista contemporánea

Sebastián Gómez

I I I.

Calló el gran maestro y callaron sus discípulos, quedando el taller en silencio mientras en él permaneció Murillo, el cual, entusiasta por su arte, ni consentía conversaciones, ni toleraba bromas durante las horas de trabajo, haciendo de la pintura un culto y de su taller un templo.

Para Bartolomé Esteban Murillo, con efecto, para ese gran artista sevillano, el único de los pintores que, en mi humilde opinión por lo menos, ha comprendido y trasladado al lienzo toda la pureza de la Madre Inmaculada, su profesión no era únicamente un modo de vivir, ni un medio de ganar dinero; era algo más que esto, ó por mejor decir, mucho más que esto; porque para Murillo la pintura era, al par que una adoración de su alma, una necesidad imprescindible de su espíritu.

Como las matizadas flores al esparcir sus saludables aromas, como las pintadas avecillas al lanzar al espacio las dulces melodías de sus arpadas lenguas, ó como el sol al difundir y desparramar sobre la creación la vivificante luz de sus purísimos rayos, Bartolomé Esteban Murillo, al pintar, es decir, al verter sobre el lienzo su inspiración divina y su creador sentimiento, cumplía su misión y obedecía á su destino.

Para Murillo, pues, pintar era vivir, era gozar, era satisfacer una necesidad, y como en la satisfacción de toda necesidad hay un goce, gozaba pintando, y en pintar se complacía, pudiendo decir de él que si en vez de vivir de sus pinceles le hubiera, por el contrario, costado dinero el placer de manejarlos, no por eso dejara de hacerlo, sacrificando gustoso al placer de pintar una parte no escasa de lo ganado y procurado de otro modo.

Cuando oigo, y dispensen mis lectores la digresión, cuando oigo, repito, á muchos de nuestros artistas de hoy decir que escriben, pintan, hacen ó trabajan sólo por ganar dinero, ó me río de ellos, si los creo verdaderos artistas, y por tanto hipócritas del vicio, ó les compadezco y desprecio, si juzgo que dicen lo que sienten; porque para mí el poeta, el pintor, el músico, todo el que es verdadero artista, en fin, no es un explotador de un don, sino un víctima de él.

Como en las profundas entrañas de la madre tierra arde latente pero vivificador ese fuego interno que hace posible la vida y fecunda la naturaleza, en la humanidad, esparcido por el ser humano, latente é impalpable, existe y arde tambien ese otro sacro é inextinguible fuego que llamamos inspiración, el cual, concentrándose á veces en un hombre, fijándose en un ser é inflamando su espíritu, produce esos grandes genios, esos admirables artistas que en el orden moral, y como los volcanes en el físico, son verdaderos volcanes de la pasión humana, cráteres vivientes que en repetidas erupciones arrojan de sí la candente lava del sentimiento que, concentrado en sus pechos y de ellos rebosando, se desencadena y desparrama por fin dominador y rugiente.

Por esta razón Homero con su Odisea y su Iliada, y Dante con su Divina Comedia no son en mi humilde opinión más que cráteres por los cuales respira y se exhala el sentimiento de la Grecia antigua y de la Italia de la Edad Media, pudiendo decir de ambos que si sus grandes creaciones son la entonces candente y hoy ya apagada lava de sus generaciones respectivas, ellos en cambio no fueron más que respiraderos, cráteres, bocas de salida del fuego, de la pasión, del sentimiento que concentrado y latente ardía en las creencias, deseos y aspiraciones de la primitiva Grecia politeísta y de la prostituida y vacilante Lacio.

Como las epopeyas de Homero y Dante, nuestro Romancero encierra y guarda en sus páginas la fe, el vigor y todos los grandes sentimientos de la España de la Reconquista, la cual en esos admirables romances, cuyos autores son desconocidos, deja que se difunda y desparrame la candente y abrasadora llama de sus creencias, de su inquebrantable valor y de su indómito patriotismo, patriotismo, valor y creencias que hicieron que en el día 2 de enero de 1492, y con la toma de Granada, llegara á su unidad la Nación que vencida y avasalladas apenas si en Covadonga y San Juan de la Peña pudo encontrar un último baluarte contra los terribles sectarios del Profeta.

La fe que produjo la Reconquista produjo también nuestro Romancero, y yo, que detrás del rayo busco y estudio la electricidad, y que doy más importancia,á las causas que á sus efectos, creo á los grandes artistas cráteres del sentimiento universal, gloriosos autómatas que sienten, viven y crean no por propia voluntad, sino obedeciendo á otra superior, la cual, diciéndoles con acento hasta para ellos propios imperceptible, pero irrechazable, siente, crea, haz, les obliga fatalmente á sentir, á hacer y á crear, tal vez porque su misión es hacer, porque su triste aunque glorioso destino es sentir, porque son luz, y su única misión por tanto es la de las luces: brillar consumiéndose, y consumirse brillando para que con su brillo y esplendor sean iluminados los demás mortales y la humanidad tome vida y calor en sus vívidos destellos.

Estos son, en mi humilde opinión por lo menos, los verdaderos artistas, y éstas su manera y razón de ser; por cuyo motivo no concibo ni puedo concebir á esos genios materialistas que ven en su arte un modus vivendi, tomando por ruin oficio lo que en mi concepto es venerable religión, o por mejor decir, necesidad fatal é imprescindible. Sea de esto lo que quiera, lo cierto es que Murillo —y vuelvo á mi interrumpida narración— sintiendo como sentía por la pintura un verdadero entusiasmo, hacía de su profesión un sacerdocio y de su taller un templo, no consintiendo por tanto en él ociosas conversaciones.

Tú á moler colores, y nosotros á trabajar, había dicho el maestro; y obedientes á la orden recibida y acostumbrados ya á la severidad de Murillo, sus discípulos enmudecieron y trabajaron mientras permaneció en el taller el gran pintor; pero no bien le abandonó, las conversaciones comenzaron, y como loque en aquellos momentos preocupaba á los jóvenes pintores era la aparición de las figuras, obra de una mano desconocida, sobre ellas se trató, siendo ellas y su autor el objeto único y exclusivo de los diálogos.

—Cuidado, Sebastián; ojo alerta y cuidado con los azotes que te ha ofrecido el maestro si para mañana no has descubierto al culpable. Anda, tráeme amarillo —dijo Córdova dirigiéndose al pequeño mulato que á la voz de Murillo había acudido presuroso en la anterior escena.

—No le necesitáis, Sr. Córdova, habéis puesto bastante— contestó el mulato.— En cuanto al culpable que hace esas figuras, he dicho ya que es el Zombi.

—El Zombi, el Zombi… ¡Qué menguados son estos negros con su Zombi ó su diablo! —exclamó Prado riéndose.

—El Zombi —repuso Sebastián sin inmutarse— es como si dijéramos un duende ó un alma en pena; pero tened cuidado, Sr. Prado, con vuestro San Cristóbal, porque el Zombi sin duda le ha estirado tanto el brazo derecho, que si el izquierdo se le parece, el bendito santo va sin necesidad de bajarse á rozar el suelo con las manos.

—¿Sabéis, señores —dijo Méndez— que Sebastián hace observaciones muy exactas?

—¡Bah! —repuso Prado, resentido por las palabras del mulato.— Los negros son unos monos que hablan como los loros y nada más.

—No por Cristo —repuso Méndez— los negros, ó por lo menos este negro, no habla como los loros, puesto que estos pájaros no hacen más que repetir á tontas y á locas lo que oyen, y Sebastián es siempre exacto y oportuno en todo aquello que dice. Sebastián, amigo Prado, da siempre en el blanco.

—Nada tiene de extraño —dijo interrumpiendo Córdová, que recordaba aún lo del amarillo— que Sebastián á fuerza de moler colores haya llegado á distinguirlos.

—Á distinguirlos sí, pero á servirse de ellos es muy diferente —replicó Sebastián, en cuya mirada al hablar así brilló una ráfaga de satisfacción y de orgullo.

A pesar de las preocupaciones de castas y de clases en la época de Murillo, aun más que en la nuestra, fuertes y poderosas, Sebastián, aunque mulato, gozaba de ciertas inmunidades y privilegios, mezclándose á menudo en las conversaciones de los discípulos de su señor, entre los cuales tenía cierto prestigio merced á su talento, sucediendo además frecuentemente que, indecisos alguna vez los jóvenes pintores sobre la graduación de un color ó sobre el efecto de un toque, le consultaban y pedían parecer, no desdeñando nunca ni su opinión ni sus consejos.

El genio se impone siempre, y el, aunque sin manifestarse, potente genio de Sebastián se había impuesto á aquellos alegres jóvenes, que si bien le mortificaban algunas veces, le querían en cambio mucho, siendo este cariño causa de que al terminar aquel día sus tareas todos á una vez le dijeran al despedirse: «No te duermas, Sebastián, no te descuides; atrapa al Zombi y evita los veinticinco azotes prometidos.»

—¡Los veinticinco azotes! —murmuró entre dientes Sebastián, viendo salir á los jóvenes pintores.— ¡Los veinticinco azotes! ¡Oh, qué duro es ser esclavo!

IV.

Era de noche: el taller de Bartolomé Esteban Murillo, aquel taller tan concurrido durante el día, y tan alegre y ruidoso cuando en él no se encontraba el gran artista, había quedado desierto y silencioso.

Una lámpara ardía puesta encima de una mesa de mármol, y no lejos de esta mesa, un joven, ó por mejor decir, un adolescente, cuyo oscuro color se confundía con las sombras que le rodeaban, pero cuyas negras pupilas brillaban resplandecientes, se mantenía de pie, y débilmente apoyado contra el caballete de Méndez.

Inmóvil, enhiesto, rígido, alguien le hubiera creído una estatua de mármol lidio, si su respiración no hubiera denunciado en él un ser humano, que abstraído y concentrado en sí mismo, apenas si existía para el mundo exterior, puesto que á pesar de que un individuo había abierto sin precaución ninguna la puerta del taller, y adelantado hasta tocarle llamándole además dos veces por su nombre. Sebastián, puesto que él era el joven que en el caballete de Méndez se apoyaba, ni había salido de su abstracción, ni dado señal ninguna de apercibirse de lo que en su presencia acontecía.

Al tercer llamamiento, el que había entrado puso su mano sobre el hombro de Sebastián, que levantó al fin la vista.

—¿Qué queréis, padre? —preguntó Sebastián al que por tres veces le había llamado ya, y que era un enorme negro.

—Hacerte compañía, hijo mió; quiero acompañarte esta noche —contestó el negro.

—Es inútil, padre; idos á descansar, que yo velaré solo, pues no necesitáis incomodaros.

—¿Y si viene el Zombi?

—No vendrá, perded cuidado —dijo el joven sonriendo tristemente— no vendrá, y si viene, venga en buen hora, porque no le tengo miedo.

—Aunque no le temas, el Zombi puede llevarte, y entonces, hijo mió, el pobre negro Gómez no tendría quien le consolase en su esclavitud.

—¡Oh, qué triste es ser esclavo!

—Qué hemos de hacerle, hijo mío; Dios lo ha querido, y es preciso conformarse con la voluntad de Dios.

—¡Dios! —dijo Sebastián levantando sus ojos al cielo— ¡Dios! Le ruego tanto y con tal fervor, que algún día oirá mis ardientes ruegos y dejaremos de ser esclavos. Quién sabe, padre mío, quién sabe; pero idos sin cuidado á descansar, que también voy á acostarme allí en aquella estera de junco. Buenas noches, pues, buenas noches, padre mío.

—¿Pero no tienes miedo, Sebastián?

—Ninguno.

—¿Y el Zombi? —dijo insistiendo y con gran ternura el anciano.

—El Zombi no pasa de ser una ridícula y extravagante superstición de los de nuestra raza. Bien lo sabéis, padre, puesto que así os lo ha dicho vuestro confesor: Dios no permite ni puede permitir que existan esos seres sobrenaturales, creaciones absurdas del terror y de la debilidad del hombre.

—Entonces, ¿por qué cuando te preguntan quién hace esas figuras que aparecen algunas mañanas, dices siempre que el Zombi?

—Por divertirme, padre, por reirme y hace reir á los discípulos del amo, los cuales, como yo, saben que el Zombi no existe.

—Asi será, sin duda, cuando tú lo dices, y puesto que no tienes miedo y quieres que me vaya, buenas noches, hijo mío; que duermas bien y hasta mañana si Dios quiere —Y después de decir esto y de haber abrazado y besado tiernamente á su hijo, el negro Gómez se retiró tranquilo y confiado.

Luego que su padre desapareció cerrando tras sí la ancha puerta del taller, Sebastián cayó de rodillas sobre la esterilla de juncos que de cama habitualmente le servía, y después de una ferviente oración, rendido al fin por el sueño y el cansancio, tendióse en su menguado lecho y quedóse dormido murmurando: «Veinticinco azotes si no descubro quién es el culpable, y si le descubro… no, éso nunca; yo no puedo decir que soy yo, porque entonces… entonces, ¿quién sabe? Iluminadme. Dios mío, dejadme pintar y libradme del suplicio de los azotes.»

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[1] Fernández, Jorge: Filosofía zombi, Barcelona: Anagrama, 2011. En el cinema trobem el mite desenvolupat d’aquesta mateixa manera al film de Jacques Tourneur Yo anduve con un zombi (I Walked with a Zombie) de l’any 1943.


Imatge: The Serpent and the Rainbow (Wes Craven, 1988)

Daniel Genís
Sobre Daniel Genís 347 Articles
Doctor en literatura. Professor de llengua a Secundària. Editor de El Biblionauta i director de la col·lecció "Ciència-Ficció" de Pagès Editors. Culturalment dispers.

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