EL GOLEM (1915) – Gustav Meyrink

Autor: Gustav Meyrink
Título: El Golem (Der Golem)
Editorial: Valdemar
Año: 2014 (1915)
Páginas: 352
ISBN: 978-84-7702-763-8
Valoración: ★★★★★

 

El golem es uno de los grandes mitos de la cábala judía. Se trata de una especie de hombre artificial hecho de barro y se cree que su creador fue el cabalista, astrónomo y mago Rabbí Löw (1552 a 1612). Ahora bien, la popularización del mito fuera de los círculos hebraicos se debe al escritor austriaco Gustav Meyrink y a esta novela. Según la leyenda, el golem cobró vida cuando el mago le grabó en la frente la palabra “Emeth” (verdad). La criatura ejecutaba todo tipo de trabajos para el rabino, convirtiéndose en protector del gueto judío, aunque con facilidad escapaba al control de su dueño. El golem, sin embargo, se “desconectaba” siempre que le era suprimida la primera letra de la palabra que llevaba en la frente, convirtiéndose en “meth” (muerte). Pero no moría, permanecía oculto en el Barrio Judío, a la espera que en el futuro se le necesitara.

Algo vive en el barrio judío, algo que nunca muere.

El golem se parece fabulosamente a un hombre de carne y hueso, pero carece de voz, porque los hombres no han podido insuflarle el don de la palabra, que sólo es privilegio de Dios. Si no fuera por esta pequeñez, sería una imitación perfecta de un hombre. De hecho, se ha usado a menudo este mito para hacer referencia a la idea del doble, ya que el golem es en realidad como Adán, antes de haber recibido la vida de Dios y el don de la palabra.

Es esta la cara del mito que atrae más a Meyrink, y en la que centra el argumento de su novela. Ambientada en los callejones estrechos y lúgubres de aquella Praga en que Löw ejerció como rabino (Meyrink había traducido a Charles Dickens y en sus relatos urbanos basa la descripción de aquel barrio judío degradado), el autor nos explica, con la sutilidad con la que dos extraños se intercambian el sombrero por error, la historia de cómo Atanasius Pernath se encarnó en el golem. Parece ser que por algún motivo oculto aquella criatura ancestral (que tiene su origen en una misteriosa casa sin puertas) se manifiesta como un reloj cada treinta y tres años.

En cada ocasión, un hombre totalmente desconocido, imberbe, de rostro amarillento y de tipo mongol, se dirige a través del Gueto hacia la calle Altschul con paso uniforme, curiosamente inestable, como si de un momento a otro fuera a caer hacia adelante… y luego, de pronto, desaparece.

Quien espere encontrar en esta obra un relato de monstruos al estilo clásico, sin embargo, se equivoca. Las semejanzas con el homúnculo de Paracelso o el Frankenstein (1818) de Mary Shelley son pocas. La idea de la criatura que se rebela contra su creador, embrión de los contemporáneos robots y replicantes, no es la que más interesa a Meyrink. El auténtico monstruo de su relato no es el golem, más bien una entidad metafísica, sino un ser de carne y hueso, un asesino que ha permanecido impune durante años y que ahora se encuentra en el epicentro de una retorcida venganza.

La novela se divide a partes iguales entre lo que podríamos llamar las divagaciones metafísicas de un cabalista y el relato puramente detectivesco, en la línea de Los asesinatos de la calle Morgue (1841), de su admirado Edgar Allan Poe. El hecho es, sin embargo, que esta novela trascendió el ámbito estrictamente literario y, más allá de ser una de las más leídas en la primera mitad del siglo XX, fue también objeto de estudio y reflexión desde la teología, la filosofía y la psicología. No en vano Meyrink era un ferviente admirador, también, de otro judío, de origen vienés, que por aquellos años ya había sacudido Europa con su teoría del psicoanálisis: Sigmund Freud. No es casualidad que precisamente el primer capítulo de esta novela se titule “Sueño” ni que se hagan continuas referencias al sueño y a la vigilia.

Aún en la recta final de la novela, durante la estancia de Pernath en prisión, conoce un personaje realmente enigmático, Laponder. Laponder ha violado y asesinado a una chica y por eso está ahí y por eso despierta la repugnancia en Pernath. Pero Atanasius descubrirá una noche que hay atenuantes paranormales en el acto brutal de su compañero de celda:

Mi vida onírica no es… digamos, la de la gente normal. Llame a eso como quiera, un desdoblamiento…

Laponder es un sonámbulo. Resulta difícil no recurrir a la imaginería que nos ha proporcionado el cine para imaginárnoslo como al Cesare de El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920).

Las imágenes portentosas, la ambientación asfixiante, el mundo onírico de los personajes, el sentido de la maravilla, etc. son sólo unos pocos ejemplos de lo que el lector puede encontrar en esta novela y del gran dominio del lenguaje y el relato que demuestra su autor. No hemos hablado de él, pero evidentemente podríamos referirnos también a la influencia que ejercieron sobre Meyrink aquellos autómatas de E.T.A. Hoffmann; tampoco hemos mencionado el ilustre praguense Franz Kafka y a su mundo de lo onírico y lo absurdo; no hemos dicho nada de Borges, aunque de Borges siempre se pueden decir cosas porque habló de todo, pero aquel hombre de barro y la cábala se encuentran en muchos de sus relatos, desde “Las ruinas circulares” (1940) a aquel su poema titulado, precisamente, “El Golem” (1958) incluido nada menos que en el libro El otro, el mismo (1964). Cada página, cada imagen, estimulan la avidez lectora y nos transportan a mil y una otras historias. Es cierto que en algunos momentos puede resultar pesado y denso, y que quien busque en esta obra la típica historia de monstruos y acción a raudales llegará al final sin haberlo encontrado y quedará decepcionado. Pero El Golem es mucho más que una novela de monstruos, es una novela profunda, seria y tremendamente bien escrita (resulta del todo coherente el relato gracias al primer y al último capítulos, que se cierran en un círculo perfecto), de esas que dignifica al género fantástico o de terror y lo eleva a la máxima categoría de la literatura.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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