EL MÓN DEL DEMÀ AHIR. ENCERTS I DESENCERTS DE LA LITERATURA DE FICCIÓ

Data: 7 de febrer de 1931

La imatge més estesa de Jules Verne (1828-1905) al llarg del segle XX ha estat la d’anticipador científic. Els personatges dels seus Viatges Extraordinaris van recórrer des del centre de la Terra fins a la superfície lunar i el fons del mar, a bord dels més increïbles mitjans de locomoció. Quan els seus contemporanis encara anaven amb cavall, Verne ja feia viatjar als seus lectors en globus, en submarí i amb naus espacials, amb un sorprenent poder de predicció, basat en una sòlida investigació científica, o això es creia [1]. La majoria d’aproximacions de la primera meitat del segle passat, doncs, tendiren a veure Verne d’aquesta manera estereotipada.

En arribar a la commemoració del seu cent-cinquantè aniversari, l’any 1978, a Espanya els nombrosos homenatges anaven encara en aquesta mateixa direcció. Miguel Salabert, un dels màxims coneixedors de la figura del prolífic autor francès i molt crític amb l’aproximació que tradicionalment s’ha fet de Verne al nostre país (encara avui dia), defensa, però, que Verne no té tant de precursor com la història de la literatura ens ha volgut fer creure i que en realitat molts dels seus relats estaven ja superats per la ciència en el moment que van aparèixer:

Las fuentes de información utilizadas por Verne eran meros textos de divulgación. Obvio es decir que la divulgación va siempre muy a remolque, en el tiempo, de la investigación.

Ara bé, Verne transcendeix la simple futurologia i és molt més que literatura juvenil d’aventures:

Bajo la forma ingenua del relato de aventuras […] se ocultan audacias prohibidas, tormentas íntimas del autor, ideas tenebrosas, que solicitan una lectura «subterránea» [3].

L’article d’Estampa on hem aturat avui la nostra màquina del temps, però, remet a aquell Verne tòpic i estereotipat, el precursor dels gratacels, el submarí i els viatges espacials [4]. I és que, malgrat la declarada voluntat de modernitat de la revista, que solia comptar tot sovint amb col·laboradors estrangers, un fet inhabitual en la premsa espanyola de l’època, tampoc aconseguí de sostreure’s, almenys en aquest cas, al pes de la tradició [5].

Bon viatge i bona lectura
El còmit de la nau

 

Estampa

¿Cómo será el mundo dentro de medio siglo?

¿Cómo vivirán los hombres en el porvenir? No será preciso, seguramente, aguardar siglos para ver una transformación completa del mundo. Quizá en veinte, en treinta años, se habrán realizado plenamente cosas que ahora nos hacen sonreír al ser enunciadas. Bien es verdad que las gentes del siglo XX no hacemos más que sonreír de una manera muy tenue cuando se nos profetiza. No nos reímos a grandes carcajadas, como lo hacían nuestros abuelos, si un chiflado les aseguraba que con un hilo y una ampollita de cristal se tendría una luz, tan buena, por lo menos, y a veces mejor, que la luz del sol; o que en dos horas podría recorrerse una distancia para la que ellos empleaban un día entero; o que un señor, desde París, desde Londres, o desde Madrid, podría tener instantáneamente noticia de cualquier circunstancia que hubiese acontecido a su amigo o pariente que vive en Nueva York o en Buenos Aires.

La última gran carcajada la han dado los hombres en los comienzos de este siglo mismo, cuando unos “pobres dementes” se empeñaban en querer surcar el aire en unos extraños carruajes con alas. Después de contemplar, navegando por el cielo, los primeros aeroplanos, el ser humano no ha vuelto a reírse de aquella manera descompasada, le anuncien lo que le anuncien. Sonríe, pero su sonrisa, más que de incredulidad, es una sonrisa mitad de comprensión y mitad de no quererse comprometer afirmando de un modo rotundo que cree lo que le dicen.

Ya no se tienen por “fantasías de poeta” las afirmaciones de novelistas imaginativos. Todos sabemos que lo que un escritor dice hoy, para asombrar a sus lectores, puede ser una realidad de mañana. En 1915, Bernard Shaw hablaba de las posibilidades de ver a la persona con la que se está hablando por teléfono. Quince años después, este pasado año de 1930, el Dr. E. P. W. Alexanderson, hacía en Schenectadyo, con éxito indudable, los primeros ensayos de televisión. Wells habla en su cuento La máquina del tiempo, de unas supuestas dimensiones, que años más tarde, el sabio Einstein demostraba científicamente en su famosa teoría de la relatividad. Pero el más grande profeta de la civilización moderna ha sido Julio Verne. El habla, en su novela de “pura imaginación”, de infinitas cosas, que años más tarde eran una palpable realidad: ferrocarriles, submarinos, automóviles, aeroplanos, máquinas diversas…, que entonces ni siquiera tenían un nombre para profetizarlas. Imaginó monstruosos cañones que podrían enviar su granada a una distancia de veinte millas… y muy poco después, durante la Gran Guerra, el “Berta”, “la dicke Berta”, alcanzaba una distancia de veintisiete. Nos habló de potentes reflectores, que hoy son ya modelos anticuados, de bombas con gases mortíferos y de películas habladas.

¡Wilkins y Elsworth van a intentar ahora el viaje al Polo Norte en submarino, que Verne describe en su “Nautilus”! En memoria del gran novelista, llamarán también “Nautilus” al barco en el que intentan la expedición.

¿Y cómo no esbozar una sonrisa un poco conmiserativa para la “imaginación desbordante” del escritor francés al leer “La vuelta al mundo en 80 días”, cuando el pasado año la hizo el “Graf Zeppelin” en veintiún días y siete horas?

Sin embargo, quedan aún por realizar muchas de sus predicciones. Su viaje “De la Tierra a la Luna”, sigue siendo aún una meta lejana, aunque se va acercando cada vez más, y nada tendría de particular que el día menos pensado los diarios de la mañana nos sirvieran, con el desayuno, la noticia de que había sido lanzado al astro de la noche el proyectil que llevara en sus entrañas a los primeros exploradores de la bóveda celeste. Por de pronto, va a intentarse la exploración de las últimas capas atmosféricas desde una barquilla herméticamente cerrada.

En cuanto a la visita a lo más profundo de los mares, también parece en vías de realización; Recientemente Williams Beeke ha logrado una notable profundidad en sus ensayos de sumersión y acaso no está lejana la fecha en que pueda descenderse a los abismos submarinos, a darse una vueltecita por ellos, en plan de turista.

Pero lo que más nos apasiona, a nosotros, hombres del siglo XX, que presenciamos la radical transformación de las ciudades para adaptarse a las nuevas condiciones de vida, que hemos visto surgir por todas partes amplias avenidas para sustituir a las antiguas callejuelas, y gigantescos edificios-colmenas sobre los solares de espaciosas y achatadas casonas, lo que más nos apasiona es entrever el porvenir de nuestras ciudades.

También Julio Verne habló de ello. Él, un hombre del siglo pasado, se hubiera asombrado mucho menos que un pueblerino europeo —o americano—, al que pasean por las calles de la moderna Nueva York. Aún le hubiera parecido poco. Imaginó los grandes rascacielos, altos hasta agujerear las nubes, con anuncios luminosos en la picota, visibles a muchos kilómetros.

Todavía no se ha llegado a ello, pero se llegará. Entonces, arcos inmensos —en cuyas cimas habrá campos de aterrizaje—, decorarán la calle, y bajo ellos, pasarán los aviones como vencejos, y los autos desfilarán a ras del suelo, como hileras de hormigas. Los peatones no sufrirán el acoso de los vehículos. Para ellos habrá aceras tranquilas por encima del nivel de la calle, puentes y pasos subterráneos para cruzar.

Añádase a esto que la ciudad entera será gobernada materialmente por la electricidad. Ya hay quien lo ha profetizado así mismo: el ingeniero electricista Charles Steinmetz, que en 1915 descubrió una nueva época de la Historia, la época de la electricidad, en la que el fuego seria despreciado —y aún prohibido en las ordenanzas municipales— por peligroso, por sucio y por antihigiénico. Las grandes centrales eléctricas, suprimirán, según él, el uso del carbón. Ni gas, ni lumbre, ni calefacción por vapor. Eléctrico todo, desde hacer la comida, a barrer y fregar la casa, hasta subir a las nubes o bajar a las profundidades. Desde hacer producir a la tierra su fruto, hasta confeccionar las cosas necesarias y superfluas de la civilización.

¡Y el hombre muy tranquilo, bien arrellanado en una butaca con resortes eléctricos, sin más trabajo que apretar botoncitos colocados cerca de él, para que lleguen los manjares, para que se acerque un cepillo a quitarle una mancha del traje, o para enviar un mensaje de amor a su novia! W. H.

→La Estampa (7 de febrer de 1931, pàg. 8-9)


[1] «Viaje al mundo de Verne». Revista Axxón. Consultat el 21/12/2013. Recomanem la lectura també de: Memba, Javier (2001), «Juio Verne, reaccionario primero y filorevolucionario después», El Mundo Libro, Mundinteractivos, S.A., URL última actualització el 29/07/2001.
[2] Jacobson, A.; Antoni, A. Des anticipations de Jules Verne aux réalisations d’aujourd’hui. París: J. de Gigord.
[3] Salabert, M. Pròleg a Veinte mil leguas de viaje submarino. Madrid: Alianza.
[4] Dissenyada per Antonio González Linares (1875-1945), que serà el seu primer director i li proporcionarà l’estil de “magazín” que havia après en el periodisme francès durant la seva estada a París, estarà impulsada per un dels més destacats innovadors de l’empresa periodística espanyola del segle vint, l’enginyer de camins Luis Montiel Balanzat (1884-1976), que des de 1919 venia sent propietari dels tallers tipogràfics de successors de Rivadeneyra, on s’imprimirà la nova revista. Més informació aquí.
[5] Transcrivim directament del text tal i com va aparèixer a la revista Estampa, respectant escrupolosament l’ortografia de l’original.

Imatge: Un dels dibuixos que acompanya la notícia original d’Estampa (1931).

Daniel Genís
Sobre Daniel Genís 347 Articles
Doctor en literatura. Professor de llengua a Secundària. Editor de El Biblionauta i director de la col·lecció "Ciència-Ficció" de Pagès Editors. Culturalment dispers.

Leave a Reply

Aquest lloc utilitza Akismet per reduir els comentaris brossa. Apreneu com es processen les dades dels comentaris.