2001: UNA ODISEA ESPACIAL (1968) – Arthur C. Clarke

Autor: Arthur C. Clarke
Título: 2001: Una odisea espacial (A Space Odyssey)
Editorial: DeBolsillo
Año: 2014 (1968)
Páginas: 240
ISBN: 9788497599290
Valoración: ★★★★★

 

Desde el nacimiento del primer hombre, hace tantos años, cien mil millones de seres humanos han pisado la faz de la Tierra. Cien mil millones son también, aproximadamente, el número de estrellas que hay en nuestro universo. Así, de esta manera, podemos imaginar que para cada uno de nosotros, los que somos y los que ya han desaparecido, brilla una estrella en el firmamento del cielo. Con esta preciosa analogía comienza el prólogo que Arthur C. Clarke, el autor de la novela, y Stanley Kubrick, el director de la versión cinematográfica, prepararon para la primera edición de 2001: Una odisea espacial, adaptación de un relato corto del propio Clarke titulado The sentinel (1948).

No resulta baladí esta comparación, ya que han sido muchas las voces que han señalado las íntimas conexiones entre la materia que conforma nuestro cuerpo y la que antaño conformó el cosmos. Escribe al respecto Dominique Simonnet:

Los elementos que componen nuestro cuerpo son los mismos que no hace tanto fundaron el universo. Somos, verdaderamente, los hijos de las estrellas.

El recientemente fallecido Joan Oró, una de esas voces de que hablábamos, juega con las ideas y las palabras cuando nos dice:

Somos polvo de estrellas, y en polvo de estrellas nos convertiremos.

La misma visión del género humano tenía Clarke, y la misma visión quedó bien patente también en la película de Kubrick donde, desde el propio cartel promocional del filme, donde aparecía el nacimiento de una nueva estrella simbolizada con un bebé que flotaba en medio del espacio sideral, se entiende la íntima conexión que existe entre el hombre y el universo, y se prefigura una de las máximas filosóficas de Clarke: aquella que entiende el género humano en su totalidad como un niño de pañales que crece y aprende bajo la mirada atenta y expectante de unos antiguos habitantes del universo que se comportan, en la distancia, como padres atentos.

Desde el nacimiento del hombre, en el amanecer de los tiempos, estos arcanos maravillosos pertenecientes a una supercivilización nos han observado como centinelas, atentos a nuestra evolución. Las palabras del astrofísico Hubert Reeves son muy idóneas para entender este ejercicio:

Si los habitantes de Andrómeda miran en este momento nuestro planeta, descubren la Tierra de los primera hombres.

La Tierra en su “noche primitiva”, que diría Clarke. Pero en un momento dado, el proceso evolutivo quiere que, aquella noche primitiva que había durado tantos y tantos milenios, llegue a su fin y el animal, el simio, deje de lado su animalidad y se convierta, por obra y gracia de su inteligencia superior, en el amo del mundo. Cuando el simio descubre que puede usar los elementos de la naturaleza en beneficio propio (cuando descubre, en definitiva, que puede someter las otras especies y la suya propia, y servirse de ella) deja de ser un animal como los demás y se convierte en un ser superior, un hombre. Y cuando esto ocurre, cuando el hombre hace su primer paso evolutivo, allí, en las estrellas, a lo lejos, alguien le está observando y no puede evitar una sonrisa de gozo paterno.

Cuando el hombre haya alcanzado un nivel evolutivo suficiente (Clarke se caracteriza por tener una visión optimista de las bondades de la ciencia y el progreso), entonces y sólo entonces habrá llegado a su mayoría de edad y estará en disposición de conocer la verdad absoluta, la respuesta a aquellas preguntas que desde que el hombre es hombre y el mundo es mundo, se han ido repitiendo generación tras generación: ¿qué somos? ¿de dónde venimos? ¿hacia dónde vamos? La filosofía de Clarke esconde tras su pátina de sencillez ideas profundas y conmovedoras, pero su vena divulgativa, en la línea de Isaac Asimov, lo hacen accesible a todos los públicos. El hombre, nos vendría a decir, es como Ulises: está perdido y debe deambular durante mucho tiempo para volver a casa, superando incontables adversidades. El hombre está condenado a estar siempre en camino (es un homo viator). ¿Para ir a dónde? Quizás es lo de menos. Cavafis, el poeta griego, ya decía que lo importante no era donde te llevaban las piernas, sino que lo verdaderamente importante era el propio viaje y lo que podías aprender. La odisea de vivir.


Publicado originalmente en la revista Mira’m el noviembre de 2004 en la sección La masmorra de l’androide / Traducción castellana on-line en SdCF desde enero de 2005.
Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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