EL SIGNO DE LOS CUATRO (1890) – Arthur Conan Doyle

Autor: Arthur Conan Doyle
Título: El signo de los cuatro (The Sign of the Four)
Editorial: Cátedra
Año: 2003 (1890)
Páginas: 92 [dentro Todo Sherlock Holmes, p. 573 a 667]
ISBN: 978-84-376-2991-9
Valoración: ★★★★

 

Volviendo a Sherlock Holmes, debemos decir que Conan Doyle vio con tristeza como su primera novela con el detective por protagonista, Estudio en escarlata (1887), pasaba sin pena ni gloria por las páginas de la revista Beeton’s Christmas. Eso sí, sirvió para llamar la atención a otra publicación, la norteamericana Lippincott’s Magazine, que también se había fijado en otro autor británico, Oscar Wilde. Así pues, el representante en Inglaterra de la revista decidió entrevistarse con los dos escritores y firmar sendos acuerdos de publicación con ellos. Fue así como salieron a la luz pública El retrato de Dorian Gray (1890), de Wilde, y El signo de los cuatro, de Doyle.

El signo de los cuatro es para muchos una de las historias más redondas de Sherlock Holmes (junto con El perro de los Baskerville, Las aventuras de Sherlock Holmes y El último saludo). También es la única vez que podemos leer como Sherlock recurre al uso de la cocaína (una solución del 7%) para combatir el tedio y entretener su inteligencia desvagada:

Sherlock Holmes cogió el frasco de la esquina de la repisa de la chimenea y sacó la jeringuilla hipodérmica de su elegante estuche de tafilete. Ajustó la delicada aguja con sus largos, blancos y nerviosos dedos y se remangó la manga izquierda de la camisa. Durante unos momentos, sus ojos pensativos se posaron en el fibroso antebrazo y en la muñeca, marcados por las cicatrices de innumerables pinchazos. Por último, clavó la afilada punta, apretando el minúsculo émbolo y se echó hacia atrás, hundiéndose en la butaca tapizada de terciopelo con un largo suspiro de satisfacción.

Esta debilidad del «perfecto» detective resulta probablemente uno de sus rasgos más carismáticos, y así lo vio el genial Billy Wilder cuando realizó el filme La vida privada de Sherlock Holmes (1970), sin duda la mejor aproximación cinematográfica al mito, a pesar que no es la recreación fidedigna de ninguno de los relatos en concreto de Doyle, sino más bien un refrito de muchos casos y, al mismo tiempo, un tributo surgido de la mente del director y no de la del escritor. Pero seguro que si a nosotros estos rasgos nos hacen el inaccesible detective más cercano y familiar (sus vicios, sus debilidades, nos lo humanizan un poco, diríamos), al pobre doctor Watson le preocupaban desmesuradamente:

Yo llevaba muchos meses presenciando esta escena tres veces al día, pero la costumbre no había logrado que mi mente la aceptara. Por el contrario, cada día me irritaba más contemplarla, y todas las noches me remordía la conciencia al pensar que me faltaba valor para protestar. Una y otra vez me hacía el propósito de decir lo que pensaba del asunto, pero había algo en los modales fríos y despreocupados de mi compañero que lo convertía en el último hombre con el que uno querría tomarse algo parecido a una libertad. Su enorme talento, su actitud dominante y la experiencia que yo tenía de sus muchas y extraordinarias cualidades me impedían decidirme a enfrentarme a él.

Y cuando Watson se atreve a protestar, las razones de su ilustre amigo son poderosas:

Mi mente se rebela contra el estancamiento. Déme problemas, déme trabajo, deme el criptograma más abtruso o el análisis más intrincado, y me sentiré en mi ambiente. Entonces podré prescindir de estímulos artificiales. Pero me horroriza la aburrida rutina de la existencia. Tengo ansias de exaltación mental. Por eso elegí mi profesión, o, mejor dicho, la inventé, puesto que soy el único del mundo.

Y es entonces cuando un misterio apasionante viene a salvar la atribulada conciencia del doctor Watson y la maltrecha salud de Sherlock Holmes de sus problemas cotidianos. Una mujer llamada Mary visita Sherlock en busca de una explicación a un hecho realmente extraño: después de la misteriosa desaparición de su padre, Mary había empezado a recibir perlas de gran valor de alguien desconocido. Tras una época de silencio, sin embargo, el desconocido había propuesto conocerse. Y ha sido entonces cuando la joven ha venido a ver Holmes con la intención de que lo acompañe a su cita. Holmes acepta. Ambos acuden al lugar de la cita y se encuentran que el desconocido es Thaddeus Sholto, hijo de un buen amigo del padre de Mary. Resulta que él y su hermano han encontrado el tesoro que el padre de Mary había escondido hacía años antes de morir. Ahora, siguiendo la voluntad de su padre, tienen que compartir el tesoro con ella. Así pues, los tres se encaminan hacia la residencia de Thaddeus, donde su hermano les espera con el tesoro. Cuando llegan, sin embargo, su hermano ha sido asesinado y el tesoro ha desaparecido.

El signo de los cuatro, al igual que Estudio en escarlata o El valle del terror (1914), responde a la estructura característica de muchas novelas de Sherlock: son, en realidad, la unión de dos novelas en una sola, una que relata los hechos protagonizados por Sherlock y Watson, y otra que relata los sucesos pasados. Casi siempre el interés de la primera parte contrasta con la segunda, mucho más floja. También es este nuestro caso. El signo de los cuatro representa la culminación de este sistema novelístico, que se repetirá en las historias posteriores: aquí aparecen algunos de los rasgos más exagerados, más característicos, de Holmes, Watson se enamora, el ritmo por momentos deviene vertiginoso y el caso, esta vez sí, se resuelve como le hubiera gustado a Holmes: como resultado de un proceso lógico muy bien tramado.

Al final, sin embargo, una vez el omnipotente Sherlock ya ha distraído su intelecto con una nueva prueba, y la ha superado, evidentemente, no queda sino volver al hogar y a la rutina. Como en una gran rueda del tiempo que nos impide ir adelante y nos aprisiona, Holmes es un auténtico esclavo de su genio, siempre necesitado de retos intelectuales. Siempre insatisfecho. Es por ello que a la pregunta del feliz Watson

Usted ha hecho la mayor parte del trabajo en este asunto. Yo he conseguido una esposa, Jones se lleva el mérito… ¿Quiere decirme qué le queda a usted?

Contesta Holmes con amargura:

— A mí me queda todavía el frasco de cocaína. Y levantó su mano blanca y alargada para cogerlo.

Y ahora decidme: ¿quién es el idiota que dijo que la inteligencia conduce a la felicidad?


Publicado originalmente en la revista Míra’m en abril de 2008 en la sección Els arxius Conan Doyle.
Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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