LOS AUTÓMATAS (1932) – E.T.A. Hoffmann

Autor: E.T.A. Hoffmann
Título: Los autómatas (Die automate)
Editorial: Los jóvenes bibliófilos
Año: 1992 (1932)
Páginas: 75
ISBN: 9788476510674
Valoración: ★★★★

 

E.T.A. Hoffmann (la tercera inicial es «A», en homenaje a Mozart, en vez de la «W» de su verdadero apellido, «Wilhelm»), músico, pintor y escritor romántico de fabulosa imaginación, se le puede considerar uno de los precursores más tempranos de la literatura fantástica. Obsesionado por temas como la locura, el sonambulismo, la telequinesia, los sueños, la premonición o la telepatía, sus relatos se encuentran, en palabras de Eugenio Trías, a medio camino entre lo bello y lo siniestro que contiene la propia naturaleza humana. A Hoffmann le gusta, podríamos decir, lo que desagrada, lo que incomoda al resto. Él, al igual que su compatriota Schiller, encontró un sentido más profundo en los cuentos de hadas que le relataban durante su infancia que no en las verdades que la vida le mostraba.

De ahí seguramente el profundo interés que le despertaron los autómatas que tuvo ocasión de ver a lo largo de su juventud en ferias y circos de Alemania. Seres mecánicos animados prodigiosamente y capaces de llevar a cabo sencillas tareas como servir el té o tocar una breve melodía con el violín, pero que le causaban un profundo malestar. Los artificios mecánicos resultan siniestros en su imitación de los movimientos del ser humano; quizás hay que ver precisamente en eso, en esta estrecha relación entre ambos (el original y su copia), la fuente de todo el terror que inspiraban a Hoffmann aquellos artilugios mecánicos. Sencillamente, el atávico terror de los hombres frente a aquellas criaturas que quizás, en su fuero interno, resultan incluso más humanas que nosotros mismos (como el Frankenstein de Mary Shelley o el Golem de Gustav Meyrink).

Sólo el diablo sería capaz de decir algo sobre aquel maravilloso mecanismo.

En «Los autómatas», una autómata que toca el piano (como la bella Rachel de Blade Runner) se convierte en la excusa para reflexionar acerca de la relación entre naturaleza y artificio. Dirá uno de los protagonistas:

A mí me resultan sumamente desagradables todas estas figuras que no tienen aspecto humano, aunque, sin embargo, imitan a los hombres y tienen toda la apariencia de un muerto viviente… Se les debería increpar con las palabras de Macbeth: ¿Qué miras con esos ojos que no ven?

Este es el talón de Aquiles de los autómatas: la mirada. Sus ojos no son unos ojos humanos, porque los ojos son el espejo del alma y los autómatas, evidentemente, no tienen alma.

Este será el argumento de otro cuento de Hoffmann, «El hombre de arena» (1817), donde un estudiante, Nataniel, se enamora perdidamente de la bella Olimpia hasta que se da cuenta, al asistir a la discusión entre el profesor Spalanzani y el óptico Giuseppe Coppola (que descuartizan su criatura mecánica ante la mirada asustada del joven enamorado), que su amada no es sino un ingenio mecánico. Enloquecido, el estudiante se quitará la vida mientras grita a viva voz, ante los ojos sanguinolentos de Olimpia:

¡Hermosos ojos! ¡Hermosos ojos!

Aquellos ojos han convencido Nataniel que Olimpia es una autómata al igual que sucede con los replicantes de Blade Runner, cuyos ojos tienen la particularidad de brillar. No en vano la máquina Voight-Kampff es capaz de decidir quién es y quién no es humano únicamente a partir de un examen de la vista. Triste vida la de aquellos que ven con los ojos de los demás… Leemos que decía el poeta Miquel Martí i Pol: «Salveu-me els ulls quan ja no em quedi res. Viuré, bo i mort, només en la mirada» (Salvad mis ojos cuando ya no me quede nada. Viviré, aún muerto, sólo en la mirad). A los androides, a los pobres androides, ni este consuelo les queda.


Publicado originalmente en la revista Míra’m en abril de 2004 en la sección La masmorra de l’androide / Traducción castellana on-line en SdCF desde julio de 2004.
Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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