Artículo: Verne y el mar

Cuando pensamos en Jules Verne es fácil que nos vengan a la memoria algunas novelas que leíamos en la adolescencia, aventuras trepidantes con personajes que luchaban contra los elementos y se enfrentaban a situaciones difíciles con valentía, ingenio y nobleza. Con frecuencia estas historias estaban protagonizadas por chicos inexpertos pero de gran valor que debían usar todos sus recursos para resolver situaciones complejas. Desde el Dick Sand de Un capitán de quince años hasta los muchachos de Dos años de vacaciones pasando por Los hijos del capitán Grant, unos protagonistas de tan corta edad a menudo pueden hacernos creer que este escritor cultivaba una literatura más bien para jóvenes con ansias de aventuras o para adultos que añoraban aquellos años.

Esta es una de las visiones parciales que a menudo tenemos de Verne, pero no la única. Otra muy frecuente es la de verlo como precursor científico; artefactos voladores, submarinos o cohetes aparecen en sus novelas y nos destacan esta característica. Nuestro autor, sin embargo, no inventa mucho en estos casos, sino que basa sus aparatos en avances tecnológicos de la época y consulta a ingenieros, científicos o astrónomos para desarrollarlos. No nos ha de sorprender, pues, que, por ejemplo, la primera prueba del Ictíneo, el primer prototipo sumergible, se realizara en 1859 y que Veinte mil leguas de viaje submarino se publicara en 1869. Es posible que Verne fuera un visionario, pero lo era sólo porque comprendió muy bien el papel imprescindible de las ciencias en el desarrollo del mundo.

Otra opinión común sobre Verne es la de considerarlo un autor ligero por el hecho de escribir novelas de aventuras, pobladas de personajes planos y con historias estrictamente de acción; no debemos olvidar que comparte época con otros escritores de más peso, como Dumas hijo, Víctor Hugo o Zola. Por poner un ejemplo, Los miserables y Cinco semanas en globo aparecieron pràcticamente el mismo año. Es cierto que entre la prosa verniana y la que se considera gran literatura hay diferencias, pero estas son, muchas veces, una cuestión de intención. Verne no quiere retratar la época en que vive ni describir acontecimientos históricos; quiere crear personajes firmes y valerosos y ponerlos en situaciones terribles en las cuales tendrán que luchar contra circunstancias adversas con valentía y inteligencia. Esta opción, sin embargo, no es sinónimo de simplicidad; en sus obras podemos encontrar elementos tan interesantes como su vocación enciclopédica, que inunda las obras con información sobre flora, fauna, costumbres de pueblos remotos y orografía o personajes de gran complejidad como el contradictorio, complejo y controvertido capitán Nemo. Debemos entender, pues, que el deseo de Verne es hacer un tipo de literatura muy específica que puede que no goce de gran prestigio, pero que es la que a él le interesa: la novela de aventuras.

Para él, el viaje es la verdadera esencia del relato. Y el viaje, sobre todo a finales del XIX, con frecuencia es marítimo; el mundo no se conoce aún al detalle y los océanos son, a menudo, el camino para llegar a todas partes o la ruta a través de la cual obtenemos mercancías exóticas de tierras lejanas. Pero Verne va más allá de eso y no utiliza el mar como simple lugar de tránsito sino que lo convierte en el espacio de la aventura. Nuestro autor escribió más de veinticinco novelas ambientadas en prácticamente todos los mares del planeta, desde el Mediterráneo -las islas griegas de El Archipiélago en llamas– hasta el Ártico, escenario de Las aventuras del capitán Hatteras, pasando por el Pacífico –Los hijos del Capitán Grant-, el Atlántico –El chancellor, La vuelta al mundo en ochenta días– o el Índico –Veinte mil leguas de viaje submarino-. Incluso sus personajes navegan bajo la superficie terrestre en Viaje al centro de la tierra, por el sorprendente mar de Linderbrook.

Estas aguas inmensas, excesivas, adoptan muchas fisonomías: a veces son una amenaza, donde habitan monstruos –Las aventuras de Jean Marie Cabidoulin-, otros serán territorio de proezas -la circunnavegación polar de El náufrago del Cintia o la llegada el Polo Norte en Las aventuras del capitán Hatteras-, u hogar de náufragos refugiados en islas o balsas como en El Chancellor, La isla misteriosa o Dos años de vacaciones. También el mar puede convertirse en la clave para averiguar la verdad, como ocurre en Los hijos del capitán Grant o en El náufrago del Cintia, pero los océanos no siempre son favorable y pueden convertirse en un obstáculo para huir si no se dispone de embarcación; de ese modo sucede en Beca de viaje, El faro del fin del mundo o La isla misteriosa. Al igual que no todos los mares son iguales, tampoco lo son todos los hombres que los transitan y así encontramos una extensa tipología que va desde viejos marineros aterrados como Jean Marie Cabidoulin, hasta casi niños audaces que crecen y maduran en la aventura, como Dick Sand, pasando por expertos y valientes hombres de mar -Ned Land o Pencrof-, piratas y malhechores -Nicolas Starkos o Kongre-, locos alucinados -el capitán Hatteras-, héroes obsesionados por la venganza -Matias Sandorf- o misántropos de la talla del capitán Nemo.

A Verne le gusta tanto este tratamiento de aventura marinera que lo aplica también a peripecias que no suceden estrictamente en el océano. Se trata de relatos que transcurren en espacios inmensos, peligrosos, alejados de todo y de todos y donde hay que sobrevivir con las propias fuerzas y con mucho ingenio. Así encontramos mares de aire en Cinco semanas en globo y en Robur, el conquistador, mares extraterrestres en De la tierra a la luna y en Héctor Servadac, mares verdes en Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral, La casa de vapor o El pueblo aéreo, mares blancos en César Cascabel, mares subterráneos en Viaje al centro de la tierra y Las indias negras o novelas fluviales como La jangada, El soberbio Orinoco o El piloto del Danubio, donde los personajes se comportan de manera similar a en aguas abiertas.

El mar para Verne es complejo, multiforme, origen y final de la vida, el espacio donde todo es posible. Lleno de maravillas y peligros, se convierte en el territorio natural de la aventura. Cuando el profesor Pierre Aronnax pregunta al capitán Nemo en Veinte mil leguas de viaje submarino: “-¿Usted ama el mar, capitán?” Y éste le responde: “¡Sí, lo amo! El mar lo es todo! “, Sólo podemos quedarnos con la duda de si quien responde es el atormentado navegante o el propio Verne.

M. Mercè Cuartiella

M. Mercè Cuartiella

Licenciada en Filología. Trabaja en el campo de la gestión cultural. Autora de Germans, gairebé bessons (Premio Llibreter 2012), L’afer marsellès y Gent que tu coneixes (premio Mercè Rodoreda 2014).

mcuartiella has 6 posts and counting.See all posts by mcuartiella

Deja un comentario