R.U.R. LA FÁBRICA DE ABSOLUTO (1920) – Karel Capek

Título: R.U.R. La fábrica de absoluto (R.U.R. Rossumovi univerzální roboti)
Autor: Karel Capek
Editorial: Minotauro
Año: 2003 (1920)
Páginas: 272
ISBN: 9788445074756
Valoración: ★★★★★

 

Difícilmente alguien diría antes de leer este libro que el teatro es un género muy adecuado para escribir ciencia ficción. Difícilmente alguien dirá que el género es una limitación para escribir ciencia ficción, después de leerlo. Karel Capek, que dieciséis años más tarde será capaz de construir una de las sátiras más extraordinarias de todos los tiempos precisamente a través del género de la ciencia ficción, nos dio con esta obra una primera lección, una primera advertencia: no juzgues nunca (tampoco un libro) por su envoltura.

R.U.R. no es ninguna desconocida, es aquí donde aparece por primera vez la palabra “robot” para referirse a autómatas mecánicos dotados de ciertas cualidades propias de los humanos. Pero no podemos quedarnos únicamente con esta anécdota. Sería un crimen no leer este libro.

R.U.R. está dividida en una Apertura y tres actos, y esconde tras una estructura bastante clásica un relato valiente y original, que pone ya en el punto de mira algunas de las contradicciones que tanto le gustaba constatar a Capek a propósito de nuestra sociedad (¡cuanto no de nuestra especie!), contradicciones que acabarán de estallar en su obra maestra indiscutible La guerra de las salamandras. De hecho, hay muchos más puntos en común entre ambas de lo que puede parecer a simple vista. En primer lugar, aquí también asistimos al encumbramiento de unos especímenes despreciados por los humanos (los robots, en este caso) que acabarán convirtiéndose en superiores en todos los aspectos a sus “dueños”. En último término, parece decirnos el autor, será el propio Hombre quien creará la herramienta de su aniquilación.

La tarea de Rossum, esta especie de hombre-dios obsesionado por la idea de llevar los robots a todos los rincones del planeta y hacerlos indispensables para cualquier cosa, acabará con el hambre, ciertamente, pero también con el trabajo. ¡Y con los hijos! Al parecer, en un momento dado de esta escalada evolutiva, los humanos han comenzado a perder la facultad de tener hijos, por lo que la permanencia de la especie comienza a verse amenazada. Lo aprovecha el autor para hacer uno de sus acostumbrados e irreverentes paralelismos: habla del retorno al Paraíso, debido a que los humanos ni deben trabajar ni dan a luz. Pero en el fondo es una trampa, fruto de la ingenuidad intrínseca a la naturaleza humana.

La humanidad muere por sus dividendos.

Esta ingenuidad será uno de los temas principales de la obra de Capek. La ingenuidad de Rossum, junto con su codicia, que lo llevan sin darse cuenta a la autodestrucción; la ingenuidad de Helena, que quiere emancipar a los robots de su condición de esclavos, de parias, y no se da cuenta de los riesgos de ciertas ideas revolucionarias, hasta que ya es demasiado tarde.

Con su perspicacia habitual, Capek expone así una de las principales contradicciones del sistema capitalista, una de las fuentes de todos los males, al menos en Europa que él vivió. También el nacionalismo y su peor cara, el totalitarismo, aparece retratado paródicamente en esta obra temprana, aunque sin la fuerza con que aparece en La guerra de las salamandras.

Esto significa que de cada fábrica saldrán Robots de un color diferente, con el cabello diferentes, con lenguas diferentes. Que serán desconocidos entre ellos, como las piedras; que nunca más podrán entenderse; y que nosotros, las personas, vamos a ser tan pocos que los educaremos de otro modo, ¿me entiendes? Para que los Robots, hasta la muerte, hasta el ataúd, eternamente odien a los Robots de otra fábrica.

Más allá de estas disquisiciones de tipo más social, hay que señalar también otras discusiones harto interesantes en la obra, que van en la línea apuntada más tarde también por otros autores, como E.T.A. Hofmann, a propósito de la naturaleza metafísica de los robots. Si su superioridad intelectual y física es menospreciada al inicio por los hombres debido a que nadie cree en su condición de seres morales, por no tener alma, esta determinación parece perder validez a medida que avanzamos en la lectura. Los robots dejan de ser máquinas cuando adquieren conciencia de sí mismos y de su superioridad, aproximándonos a una temática que atraviesa la literatura de ciencia ficción de arriba a abajo, desde sus inicios con Frankenstein y hasta el Blade Runner de Ridley Scott (más que el de K. Dick).

Un clásico imprescindible. Ahora es trabajo nuestro hacerlo imperecedero.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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