Artículo: Enjoy Joyce

Leer el Ulises se ha convertido en una asignatura pendiente para muchos buenos lectores. Y no es justo. La fama de libro difícil, críptico, desmesurado y exageradamente importante ha conseguido alejar a muchos amantes de la literatura, que nunca han encontrado el momento de lanzarse a este reto, aparentemente imposible. Y, insistimos, no es justo; no lo es porque la novela de Joyce es inteligente y estimulante, porque plantea excitantes retos y dificultades, porque a medida que uno se adentra en la obra  queda deslumbrado por el talento del autor, porque cada capítulo es un calculado salto al vacío. Y por encima de todo, porque no es un libro difícil.

Mi experiencia con el Ulises arranca cuando tenía dieciséis años, en aquel momento en que se empiezan a definir identidades, gustos, vocaciones, aficiones y pasiones; ahí es nada tener dieciséis años … En ese momento cursaba 3º de BUP en los Jesuitas de la calle Casp de Barcelona y me había apuntado a un retiro espiritual que organizaba la escuela ese año en Hostalets de Balanyà; aunque nunca negaré mi fascinación militante por San Ignacio de Loyola -conjuntamente con el mariscal Rommel, uno de mis héroes de infancia-, no era una crisis de fe lo que me llevaba hacia la comarca de Osona, sino la posibilidad de escapar unos días de Barcelona para convivir intensamente con los compañeros y compañeras de clase.

Era el mes de marzo de 1981, y entre revisiones de vida, indagaciones que ya quisieran los psicoanalistas, confidencias, confesiones y encuentros de hermandad, el grupo de participantes también teníamos tiempo libre para pasear y, a ratos, ir a tomar un café a alguno de los escasos bares del pueblo. Eran cuatro días intensos, de los que se volvía algo descolocado, pero algo cautivador deberían de tener los retiros -una especie de ejercicios espirituales ignacianos de baja intensidad, para definir a grandes rasgos la actividad-, porque aquel era el tercer año en que voluntariamente participaba.

Pero en aquel retiro lo más importante no pasó en las celdas, ni en las salas de reunión, ni a los jardines donde paseaba y charlaba con gente que recuerdo con mucho afecto, sino en uno de los escasos bares que antes mencionaba. Una mañana donde no teníamos ninguna actividad definida, o tal vez porque ya la habíamos culminado, una pequeña pandilla bajamos a Hostalets a pasear por el pueblo; hacía mucho frío, y decidimos entrar en un local a pedir cafés y cacaolats calientes. Era un bar pequeño y destartalado, con cuatro parroquianos y poca luz, lo que desde la ciudad respondía al cliché de lo que era una taberna de pueblo; en un rincón había un par de periódicos del día -o de hacía un par de días- y cogí uno para hojearlo; por casualidad, como a menudo pasan las cosas importantes, encontré uno que dedicaba una larga noticia a la aparición del Ulises en catalán.

Algo pasó en ese momento, ya que me olvidé de los compañeros -y del café y de los cacaolats calientes- y leí deslumbrado el artículo firmado por Rosa Maria Piñol, donde había una entrevista en profundidad a Joaquim Mallafré, el traductor que se había pasado años intentando llevado a buen puerto el proyecto; todo parecía fascinante: el reto de pasar a otra lengua la riqueza de la obra original, la importancia universal de la novela, el magnetismo de James Joyce, la trascendencia del trabajo llevado a cabo… Obviamente me llevé el diario para releer la noticia en profundidad, y cuando tenía que indagar en la celda que tenía asignada sobre mi ser-en-el-mundo y mis pecados, yo estaba en Dublín, pensando en la vulgar epopeya de un miserable personaje de ficción por la capital irlandesa. Había que leer esta obra capital.

Volví decidido a comprar el lujoso libro que acababa de publicar Leteradura con la conciencia de que estaba ante un verdadero reto. O eso me parecía. El volumen, de elevado precio -1.700 pesetas, una pequeña fortuna para un estudiante de BUP- y gran formato –el editor quería marcar que este libro era más que un libro-, intimidaba con su blancura y su diseño limpio, preciso y contundente. Busqué pistas que me orientasen –Conocer Joyce y su obra, de José María Valverde, un trabajo divulgativo de gran rigor-, fui a una conferencia de Mallafré que se organizaba en el Instituto de Estudios Norteamericanos donde el traductor explicaba su hazaña, y leía en todos los periódicos las diversas entrevistas y críticas elogiosas que acompañaban la publicación del libro; empezaba a estar preparado para alcanzar una cima que me parecía inaccesible.

Y no lo fue. Empecé la lectura a inicios del verano y el libro me pareció absolutamente fascinante; el ambiente, los personajes, la lengua, la profundidad que brillaba en la cotidianidad y en la miseria humana, la voluntad de convertir cada capítulo en un experimento o la revisión de la tradición clásica eran, a mis ojos juveniles, un espectáculo fascinante que parecía no acabarse nunca. Si bien al principio la novela comenzaba en unas coordenadas más o menos tradicionales, desde la irrupción de Leopold Bloom -el nuevo Ulises- el libro se convertía en un festival literario cargado de retos, una especie de juego formal equipado con peligrosas cargas de profundidad que me interpelaban sobre todo lo divino y lo humano.

A partir de entonces me hice un poco fanfarrón –he leído el Ulises y tú no, pensaba con infantil petulancia-, me permití impartir una clase de COU a mis compañeros explicando los pormenores de la obra, y siempre que podía hacía muestra pública de mi proeza; pero sabía que en realidad estaba fingiendo, que no era ningún mérito haber leído el libro, sino un verdadero regalo. Había descubierto la literatura que nos trastorna, la que nos hace replantear las leyes de la realidad, la que se convierte en un reto pero también un premio; de forma natural había consultado bibliografía como una parte imprescindible para la lectura, había descubierto la investigación que nace del interés personal y transferible, había compartido -de forma algo chapucera- todo lo que había supuesto el libro para mí. Sin saberlo y sin planificarlo, de manera autodidacta e intuitiva, me había iniciado en el estudio de la literatura y había orientado ya definitivamente mi formación hacia el campo de la filología.

James Joyce se formó en las escuelas católicas de Irlanda, y los estudiosos siempre han subrayado cómo la técnica del monólogo interior, capital en el Ulises, posiblemente se arraiga en los exámenes de conciencia que el autor hacía al Clongowes Wood College , el centro educativo donde estudió, una escuela de jesuitas que evocó en otro libro memorable, Retrato del artista adolescente, que leí poco después.

Decenios después, mientras yo hacía exámenes de conciencia y revisaba mi vida, la liaison jesuítica me permitió encontrar a Joyce en un pequeño bar de Hostalets de Balanyà y descubrir el Ulises, un libro ameno, divertido, cruel, misericordioso e hipnótico. Y que no tenía nada de difícil.

Joan Manuel Soldevilla

Joan Manuel Soldevilla

Catedrático de lengua y literatura españolas. Profesor en secundaria. Es autor, entre otros, de los ensayos Som i serem (tintinaires) y Àngel Puigmiquel. Una aventura gráfica.

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