ROUND #9: NICK FURIA VS. ROBERTO ALCÁZAR

Título: Nick Furia, agente de SHIELD
Guionista: Jim Steranko, Stan Lee, Roy Thomas
Dibujante: Jim Steranko, Jack Kirby
Editorial: Planeta-DeAgostini
Año: 2000
Páginas: 248
ISBN:
Valoración★★★
Título: Roberto Alcázar y Pedrín 1
Guionistas: José Jordán, Pedro Quesada
Dibujante: Eduardo Vañó
Editorial: Planeta-DeAgostini
Año: 2010
Páginas: 120
ISBN: 978-84-674-9912-4
Valoración★★

APERTURA: El Biblionauta nos propone de nuevo un combate aunque, otra vez, querido capitán, es una trifulca desigual. No dudo de la capacidad del profesor Soldevilla para ensalzar con grácil retórica las bondades y virtudes de la Escuela Valenciana y la Editorial Valenciana, pero un héroe de la España de los cuarenta pocos asaltos puede aguantar frente a una creación del tándem Stan Lee-Jack Kirby, que nació como cómic bélico y pasó enseguida al género de espionaje más pop y pulp. Recojo el guante con una doble intención. Además de hablar de Fury, aprovecharé para subsanar una carencia: no podía pasar ni un artículo más sin que nuestra web se hiciera eco del grandísimo dibujante y guionista Jim Steranko. Por eso el cómic que he elegido para el combate es la recopilación de los años en que Nick Fury fue dibujado bajo el lápiz de este autor, referente del cómic de superhéroes.

Como la mayoría de los personajes de Marvel de los años 60, Nick Fury es una creación del guionista Stan Lee y del todopoderoso dibujante Jack King Kirby. En el año 63, cuando se publica la primera historia de Fury, Lee y Kirby daban vida a superhéroes como los Cuatro Fantásticos, La Patrulla X o Los Vengadores. Cabe decir que ambos, guionista y dibujante, participaron activamente en la II Guerra Mundial. Stanley fue destinado a los despachos de redacción del ejército, mientras que Kirby combatió en el frente, concretamente en la batalla de las Ardenas. Esta experiencia le sirvió a la hora de escribir cómics de género bélico para otras editoriales como Boys Comando o Foxhole. En esta línea, un poco alejada de héroes con superpoderes, publicarán en Strange Tales las aventuras del Sargent Fury and his Howlin ‘comandos, donde Nick Fury, acompañado del pelirrojo bigotudo Dum Dum Dugan y de Gabe Jones -uno de los primeros héroes negros- luchará en Europa contra los Nazis.

Las aventuras contra los miembros del eje fascista nacieron a los 40, cuando EE. UU. aún no había entrado en la II Guerra Mundial, y se alargaron hasta la década de los 50. Era fácil encontrar a la Antorcha Humana calentando motores japoneses, al Capitán América noqueando a Hitler, o a Wonder Woman zurrando a fascistas.

En un largo artículo que publicamos con motivo del centenario de Jack Kirby, y que puedes encontrar aquí, contábamos cómo Kirby se basaba en sí mismo a la hora de crear personajes, así por ejemplo los chicos de Newboys Legion (repartidores de periódico que acompañan a The Guardian en los 40 y a Superman en los 70) están basados ​​en Kirby de niño y sus colegas del Lower East Side. O Ben Grimm, la Cosa de los 4F, que fue diseñado tal y como Kirby pensaba que le veían sus conciudadanos: un monstruo huraño, que a menudo discrepa de los planes de su jefe Reed Richards, diana de las bromas de Johnny Storm, y que lleva siempre, como si fuera un apéndice, un cigarro en la boca.

Pero si Grimm es la imagen de cómo pensaba que lo veían, Nick Fury fue dibujado a imagen de cómo le gustaría a Kirby que lo vieran: un tío atractivo, atlético, duro. Un líder nato, querido por sus hombres a los que, paradójicamente, no deja nunca de regañar. De hecho, el único rasgo en común entre Fury y la Cosa es la nobleza de corazón, la valentía y el sempiterno cigarro cubano colgando de los labios. (Si te estás preguntando “¿Cómo es posible que Nick Fury fuera dibujado a imagen de Kirby, si Kirby era blanco y Fury negro?”, tranquilo. Es una intoxicación producida por las pelis de Marvel. Es cierto que desde su aparición en Iron Man II, es muy difícil no asociar la imagen de Fury con la de Samuel L. Jackson, pero no fue un personaje afroamericano hasta que a principios de la década de los 2000 apareció la versión Ultimate del General Nick Fury en los cómics de la Marvel).

En cualquier caso, las misiones del Sargent Fury y sus Aulladores no duraron demasiado. En 1965 aparece reconvertido en coronel y director de SHIELD, una organización secreta que lucha por preservar la paz y la libertad en el mundo contra Hydra.

El libro Nick Fury, agente de Shield, publicado por Fórum, recoge 19 números de Strange Tales (del 150 hasta el 168) en los que el dibujante de Pensilvania trabaja el personaje de SHIELD. En los tres primeros números los guiones son de Lee mientras que Kirby, que no podía dibujar todo en Marvel, se encarga de los bocetos sobre los que después dibujará Steranko.

A mediados de los sesenta produjeron algunos cambios importantes en Marvel. Stan Lee quien, además de editor en jefe, había controlado y dirigido todos los guiones, paulatinamente comenzó a delegar algunos de ellos en manos de otros guionistas. Stanley, cada vez más dedicado a las relaciones públicas y a publicitarse como imagen oficial de la Casa de las Ideas, tenía demasiado trabajo dando conferencias en universidades, convenciones, o ferias de fans. Casi todos los guiones delegados terminarían en manos de su guionista de confianza, el joven Roy Thomas, que acabaría asumiendo la dirección editorial de Marvel (y de quien ya hablamos en el combate Capitán Trueno versus Conan). Roy Thomas guionizará dos números de Fury, (el 153 y 154 de Strange Tales). Después de que Steranko se ganara con su lápiz la confianza de Lee dibujando sobre las líneas del maestro, Kirby se retirará de la serie y el dibujo pasará a ser tarea en exclusiva de Jim Steranko.

Pero a partir del número 155 de Strange Tales nos encontramos con un hecho muy poco frecuente en nuestra editorial preferida, sobre todo en los años 60: y es que el guion pasará también a manos del ilustrador. Pocos autores como John Byrne, Frank Miller o Jack Kirby (eso sí, después de haber ido a DC y haber regresado por la puerta grande) disfrutaron de este privilegio. Pero es que Jim Steranko no es un artista cualquiera. Con un talento extraordinario, además de dibujante de cómics, es músico de rock and roll, y mago ilusionista. Steranko sabe hacer todo aquello que los poperos posmodernos quisiéramos saber hacer, y además todo lo hace bien: narra, dibuja, toca la guitarra, la batería y hace trucos de magia … Como un hombre del Renacimiento en versión pop, es un artista multidisciplinar de la serie B. ¿Qué aportó de nuevo el guión de Steranko a la serie de superespías más trepidante del mundo del cómic? Si tenemos en cuenta que Steranko se declara fan de Dalí, de Andy Warhol o de Ian Flemming, es fácil de adivinar que introdujo rasgos surrealistas, del pop art y de las novelas de Bond o las pelis de serie B en las historias de Nick Fury. Aparecen vehículos imposibles, guerras estelares, inventos inverosímiles, monstruos como el Craken, robots gigantes con forma de estatuas faraónicas o espectaculares contraespías asiáticas. Conforme avanza el libro, y se va liberando de las tramas iniciadas por Stan Lee o Roy Thomas, los chistes son menos toscos y la virilidad del antiguo sargento de los Howling comandos disminuye al tiempo que aumenta el glamour del espía y de SHIELD.

En cuanto al trazo, poco a poco va atreviéndose a distanciarse de las líneas del maestro Kirby, y los rasgos y los uniformes del coronel Fury se estilizan. A menudo rompe la perspectiva y la proporción en pro del dinamismo. Las disposiciones de las viñetas en la página son atípicas para la época. Encontramos ilustraciones a cuatro páginas, o la figura del héroe que ocupa todo un lateral mientras que a su izquierda se dispone la acción. Son distribuciones que, a pesar de romper la linealidad de las viñetas, no entorpecen la narración, sino que incluso la dinamizan.

Los paralelismos con la obra de Ian Flemming son muchos. Bond sería Nick Fury; el MI6, SHIELD; Elektra, Hydra (incluso los logos de las dos llevan tentáculos de pulpo o Cthulhu). Muchos de estos gadgets o inventos los fabrica Tony Stark, pero también hay un intendente, el agente Bothroyd, que como en Q a Bond se los suministra.

Pero si las novelas y pelis de Bond son golosinas, aquí debemos añadirles guiños a todo aquello que nos gusta a los seguidores de la cultura popular del siglo XX, además de los cameos de los héroes de la Marvel como el Capi o los 4 Fantásticos.

En definitiva, la etapa de Jim Steranko a cargo de Nick Fury es quizás la serie de cómic de los 60 que mejor ha envejecido y una de las más divertidas.

Cierre: Tenemos que estar eternamente agradecidos a la difícil tarea de implantación y normalización del cómic a lo largo y ancho de la piel de toro durante su etapa más oscura. Pero seamos sinceros, si nos apartamos de su importancia sociológica y nos centramos estrictamente en los cómics, en el arte per se, comparar las páginas de Alcázar con las de Fury sería como poner al mismo nivel un piloto de Moto GP con uno de Superbikes… Y sí, Soldevilla, toda la razón, en el mundial de Superbikes también hay quienes pilotan la mar de bien, pero no tanto como Maverick, Valentino & co.

Como repetían las portadas de Nick Fury: ¡Sé fiel, apoya a SHIELD!

© Jordi Casals


Hay dos tebeos de aventuras que se convirtieron en un fenómeno social en la posguerra española, El guerrero del antifaz y Roberto Alcázar y Pedrín. Por circunstancias familiares que no vienen al caso, tuve la suerte en los años setenta, es decir, treinta años después de su publicación, de leer El guerrero del antifaz semana a semana; gracias a la reedición a color que hacía Editorial Valenciana viví con pasión de lector infantil esta última manifestación de la literatura morisca y me dejé seducir por el trazo intenso, ágil y vibrante de Manuel Gago y sus guiones folletinescos y trepidantes.

También Valenciana reeditó Roberto Alcázar y Pedrín al mismo tiempo, pero nunca me interesó; ni como niño ni, en años posteriores, como adulto. La serie la encontraba anticuada, el dibujo poco atractivo y el hecho de que se extendiera la creencia de que la fisonomía de Roberto Alcázar estaba inspirada en la de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, no iba precisamente a su favor. Y como en tantos casos, posiblemente fui injusto; por encima de todo, porque este fue un tebeo de una longevidad extraordinaria, nacido en 1940 y clausurado en 1976 tras publicar 1.219 números, con tiradas que en muchos momentos superaron los 100.000 ejemplares; solo por eso lo podemos considerar el tebeo más importante de la historieta española. Y por si fuera poco, hay que recordar que detrás de la publicación existieron unos creadores de segunda fila que supieron conectar con extraordinaria lucidez con la sensibilidad del público de varios decenios; lo hicieron con una apuesta primaria y sencilla, pero absolutamente pertinente, que aportó unos valores nuevos e interesantes a la cultura de masas del país.

La serie, como decíamos, surgió en la más dura posguerra, en 1940, durante unos años de miedo, represión, hambre, autarquía y miseria. El contexto de nacimiento hay que tenerlo en cuenta para entender algunos de los elementos clave de la serie, pero este contexto, precisamente, no debe desvirtuar la visión de conjunto. Que el héroe sea un investigador español sí que cuadra con los parámetros de la época, ya que era una obligación marcada por el nuevo régimen que todos los héroes de tebeo fueran hispánicos. Ahora bien, que lo solucione todo a puñetazos no es más que un lugar común de los tebeos de acción de la época, y no sólo de los españoles, sino también, por ejemplo, de los norteamericanos; basta recordar personajes más o menos contemporáneos que peleaban con sus enemigos a porrazo limpio, desde Flash Gordon a Superman pasando por El hombre enmascarado, que dejaba siempre la huella de su puño -con la marca de una calavera- en la cara los malhechores.

En cuanto a la leyenda urbana sobre la relación del héroe con el ideario del franquismo hay que decir que nunca el héroe hizo ninguna proclama en defensa del régimen. Es innegable que el apellido Alcázar, no hay lugar a dudas, hacía pensar a los lectores de la época en uno de los símbolos nacionales de la Guerra Civil, la defensa de la fortaleza toledana y el célebre El Alcázar no se rinde. Y también es cierto que el protagonista tenía un aire joseantoniano, una imagen omnipresente en la sociedad española de aquella sórdida posguerra. Ahora bien, hay que recordar que el dibujante, Eduardo Vañó, siempre defendió que las similitudes con José Antonio no se buscaron en ningún momento, sino que a la hora de dibujarlo se inspiró en sí mismo; y es cierto que el modelo de hombre apuesto de la época ligaba bastante con la imagen gráfica de Roberto Alcázar. Por otra parte, tampoco sabemos si las autoridades falangistas habrían visto con buenos ojos un tebeo donde su líder espiritual y mártir era convertido en un periodista-investigador que, además, vivía permanentemente en compañía de un hermoso adolescente y se dedicaba a tareas realmente impropias de un héroe nacional.

El dibujo siempre fue primario, poco elaborado, sencillo, casi naïf en ocasiones, pero este siempre estuvo en concordancia con unos guiones igualmente simples y elementales. Estos fueron obra de varios autores, destacando José Jordán, un militar republicano represaliado que se reconvirtió en escritor y que, evidentemente, alejaba la serie del pretendido filo-fascismo que a menudo se le ha colgado como un sambenito. Esta simplicidad de la propuesta conectó con el público juvenil al que iba dirigido, que encontraba en la publicación un mundo definido por rasgos simplificadores donde el bien se enfrentaba al mal y siempre salía triunfante a puñetazos y con pocas sutilezas intelectuales; y decimos público juvenil a pesar de que de todos es sabido que los tebeos, cuando llegaban a cualquier hogar, muy frecuentemente eran también leídos por los adultos de la casa.

La serie se nutría de una ya sólida tradición de cultura de masas, que se iniciaba con los melodramas del XIX y la literatura folletinesca, que luego se manifestaba a través de la novela popular y sus géneros -el terror, el western, el policíaco o la ciencia ficción- y que más tarde tomaba nueva forma a través del cine. Roberto Alcázar y Pedrín bebía de todas estas fuentes y formulaba un chorro inagotable de aventuras donde los héroes se enfrentaban a científicos locos, simios de poderes sorprendentes, vampiros, pérfidos orientales, hombres lobo, gánsteres, indios… y todos los malhechores imaginables. Todo era posible en un mundo simplificado donde los argumentos eran tan previsibles como superficiales y el dibujo se esforzaba en cumplir los mínimos exigidos, y poco más.

CIERRE: Esta apuesta radical por el consumo puro y duro es el gran mérito de la obra; no quería ser más que eso, un producto para digerir y olvidar, que estaba pensado para satisfacer al público ante todo, que no quería convertirse en icono ni referente de nada ni de nadie, sino vivir permanentemente en la lectura activa. Roberto Alcázar y Pedrín tuvo sentido mientras era leído a lo largo de más de treinta años; cuando su momento pasó, cuando ya no vivía en los lectores, la serie quedó como un extraño anacronismo que no tenía interés ni para un público nuevo ni para los investigadores. El compromiso con el lector es el gran valor de un tebeo honesto que murió cuando aquellos que lo leían lo olvidaron; ¿podemos imaginar un fin más admirable para una obra de ficción?

© Joan Manuel Soldevilla


Esta semana ya hemos tenido bastantes golpes, así que sencillamente os animamos a votar por vuestro héroe preferido en la encuesta habitual:

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J.M. Soldevilla y Jordi Casals

J.M. Soldevilla y Jordi Casals

Autores de nuestra sección fija “Soldevilla vs Casals”, en la que periódicamente enfrentan en un combate imposible lleno de conocimientos y entretenimiento dos de sus cómics favoritos.

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