Artículo: Oz en viñetas

Hay una tradición en nuestro país que ha entendido el lenguaje del cómic como un camino para la difusión y divulgación de piezas literarias clásicas. En este sentido hay que recordar las propuestas de Editorial Bruguera en la segunda mitad del siglo pasado que trabajaban en esta línea, y que hicieron una labor ingente de difusión cultural. Los formatos eran básicamente dos; por un lado la colección Historias Selección y por otro Joyas literarias juveniles. En Historias Selección, iniciada en 1956, el editor ofrecía una versión mixta; por un lado el texto literario -a menudo recortado y adaptado- y como complemento una versión en cómic -250 viñetas era el límite- que se intercalaba entre las páginas escritas. El joven lector normalmente se saltaba el texto e iba directamente a la lectura de la historieta, dibujada por artistas remarcables de la casa, desde Ambrós -creador gráfico de El Capitán Trueno– a Darnís pasando por Jaime Juez o Manuel Cuyás.

En la colección Joyas literarias juveniles, iniciada en 1967, la apuesta por el cómic era directa ya que lo que se proponía era una adaptación pura al lenguaje de la viñeta; intervenían guionistas de prestigio como Víctor Mora o Andreu Martín y dibujantes de la factoría Bruguera como eran Torregrosa, Vives, Carrillo o Edmond, siempre con portadas magníficas de Antonio Bernal.

En ambos casos se trataba de un modelo uniforme de adaptación donde guionistas y dibujantes tenían que ajustarse a unos parámetros inflexibles definidos por el editor; el proyecto tenía una clara voluntad pedagógica y es cierto que muchos lectores tuvieron una primera aproximación a los textos de Verne, Salgari o Karl May, clásicos del género de aventuras, pero también de Dickens, Melville, Swift, Defoe, Dumas o Walter Scott, por citar sólo unos pocos nombres relevantes.

Este modelo de lo que llamaríamos propiamente adaptación ha ido desapareciendo con los años, posiblemente porque esta voluntad divulgativa asociada al ocio ha perdido vigencia entre los editores de productos de clara intención comercial. Esto, sin embargo, ha permitido la aparición, primero desde el ámbito francófono y luego desde los Estados Unidos, de iniciativas que iban más allá de la versión divulgativa. En estos casos, dibujantes y guionistas no querían acercar la obra a los lectores jóvenes, introducirlos en textos literarios consolidados por la tradición sino ofrecer su particular versión del patrimonio literario heredado; hablamos, por tanto, no de adaptaciones, sino de traducciones a otro lenguaje. O dicho de manera simplificada: el destinatario del modelo Bruguera era un lector que no conocía el texto clásico, que lo descubría por primera vez gracias al lenguaje de la historieta mientras que el destinatario del modelo traducción es un lector que ya ha leído el texto clásico, que quiere descubrir una revisión de la pieza literaria que le ofrece una mirada complementaria a la propia. De un caso ejemplar de traducción queremos hablar.

El mago de Oz, la célebre obra de L. Frank Baum ha sido traducida al lenguaje del cómic por parte del guionista Eric Shanower y del dibujante Skottie Young. Editado por Marvel hace unos años, actualmente Panini acaba de publicar en dos volúmenes el integral de la serie que recoge en más de mil páginas un cómic que ha obtenido un notable eco y varios premios y reconocimientos.

Frank Baum, periodista, escritor y guionista abrió el siglo XX publicando en 1900 The wonderful Wizard of Oz, y lo hizo, entre otros motivos, con la explícita voluntad de ofrecer una nueva mirada sobre la literatura infantil, de crear una narrativa renovadora que quería ir más allá de la copia mimética de los relatos de los admirados Grimm y Andersen. Tras el éxito de su propuesta, Baum decidió seguir explorando el mundo fantástico que había creado, que se mostró preñado de unas enormes posibilidades narrativas, y así surgieron hasta catorce novelas a lo largo de veinte años que ampliaron este universo de ficción.

El mago de Oz que presentamos, obra del guionista Brian Eric Shanower y del dibujante  Skottie Young supone una apuesta excepcional por su valentía estética y por el resultado conseguido. Acercarse gráficamente a la obra de Baum no es tarea sencilla pues la iconografía heredada a lo largo de más de un siglo pesa de una forma considerable. Con los dibujos primigenios de W.W. Denslow, que acompañaron las primeras ediciones del universo de Oz y condicionaron la recepción de la obra en una determinadas coordenadas artísticas, pero sobre todo a partir de la película homónima de 1939, dirigida por cuatro gigantes del Hollywood dorado –Richard Thorpe, Victor Fleming, Mervin LeRoy y King Vidor– y protagonizada por una inolvidable Judy Garland, Oz se consolidó en la memoria colectiva con una impronta gráfica que se ha mantenido indeleble durante décadas.

Young se acerca al mundo de Oz despojado de prejuicios y apriorismos y su versión sorprende desde un primer momento por su voluntad de renovación de toda una tradición de enorme calado. Esta intensidad queda reforzada por una iconografía muy personal en la que Young dibuja unos personajes definidos por una estética que está a medio camino entre lo infantil y lo adulto; o que integra lo infantil en lo adulto, despojando así el relato de ese aire naif y algo inocentón que empezó a consolidar la versión cinematográfica de hace ya ochenta años y que, convertida en tradición, ha condicionado con frecuencia la lectura de la obra. Con el dibujo de Skottie Young se recupera ese impulso renovador que se planteó Baum respecto a la tradición decimonónica que le precedía; el humor cruel y el espíritu salvaje que en ocasiones mostraba el relato original rebrotan con fuerza sorprendente en este volumen. A todo ello no es ajeno el magnífico color de las planchas, elaborado por Jean-François Beaulieu, planteado como un elemento perfectamente integrado en la narración y en la caracterización de espacios y personajes.

La planificación de cada una de las viñetas y su conjunción en la unidad superior de la página se convierte en uno de los más notables aciertos del trabajo de Young y Shover, el guionista. La combinación de picados y contrapicados, recurrentes y nunca gratuitos, así como la intensidad del cambio de plano, dota a la obra de un tempo narrativo vibrante, cargado de emoción, donde lo sublime y lo terrible conviven en una tensión que aleja definitivamente el relato de la atmósfera amable inherente al concepto de musical del cine clásico.

Esta edición de Clásicos Ilustrados Marvel recoge la adaptación de las seis primeras novelas de la saga de Baum y nos descubre su excepcional talento fabulador, pero lo hace al mismo tiempo que Young y Shanower nos deslumbran con su personal lectura de la obra.

Joan Manuel Soldevilla

Joan Manuel Soldevilla

Catedrático de lengua y literatura españolas. Profesor en secundaria. Es autor, entre otros, de los ensayos Som i serem (tintinaires) y Àngel Puigmiquel. Una aventura gráfica.

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