Artículo: Representaciones no normativas en la ciencia ficción: no lo van a hacer por nosotros (ni falta que nos hace) [por Hugo Camacho*]

Voy a empezar este artículo contando un poco mi vida. Pero no padezcáis, será breve y tiene una motivación: que veáis un poco de dónde vengo y adónde quiero llegar con lo que diré. Vamos.

Desde hace aproximadamente unos ocho años necesito una ayuda técnica para poder llevar lo que se entiende por una «vida normal», es decir, soy sordo poslocutivo. El término «poslocutivo» se utiliza para definir a las personas que han experimentado una pérdida auditiva más o menos severa después de haber aprendido a hablar. Eso quiere decir que no nací sordo y que mi experiencia es muy diferente a la de alguien que nació sin audición o que la perdió antes de que le enseñaran a hablar. De hecho, la palabra «poslocutivo» es un tanto controvertida y es probable que muchas personas que lo son, no la hayan oído nombrar en la vida. En otros países se nos llama «duros de oído» (hard of hearing). Aunque considero que es una discapacidad un poco de chichinabo porque para mí no es tan incapacitante como lo son las de otras personas, sí que define mi identidad, condiciona mis relaciones personales y configura gran parte de mis miedos, ansiedades y límites auto impuestos. También añade una cierta dosis de humor a mi vida, para qué os voy a engañar. Y me otorga un súper poder: puedo leer en el transporte público sin ser molestado.

Pero la cuestión terminológica no acaba ahí. Soy consciente de que estoy utilizando el término «discapacidad», que si bien es una palabra que nos ha sido impuesta, no tengo ningún problema en utilizar en aras de hacer este artículo más inteligible, porque al fin y al cabo he perdido la capacidad de oír (que no de escuchar, que esa es otra batalla diferente). No voy a usar la palabra «minusvalía», porque esa sí que la encuentro ofensiva (¿menos válido?) y tampoco el eufemismo «diversidad sensorial» porque, aunque este sea más políticamente correcto, todavía me cuesta definirme a mí mismo como ser «sensorialmente diverso» aunque sea un término originado por el propio colectivo. Tampoco utilizaré «retrón» porque, aunque me suena a robot que podría partirle la cara a Robocop, tampoco lo tengo interiorizado. Otro día podemos discutir este tema, si queréis.

Geordi Laforge, en Star Trek TNG, usaba una prótesis ocular. Era ciego.

Ahora que ya os he contado mi vida y he hecho la aclaración pertinente, voy a entrar en materia:

O jugamos todos a eso de la representación de personajes no normativos, o pinchamos la pelota.

De un tiempo a esta parte, han ido apareciendo una serie de iniciativas entre los consumidores de cultura en general, y entre el fándom de la ciencia ficción española en particular, que tratan de ayudar a visibilizar a las mujeres escritoras o de fomentar la escritura de personajes que se alejen del estereotipo del señor blanco heterosexual que viene a salvar al mundo. Son iniciativas que están muy bien pero me da la sensación de que tienen un problema fundamental de base: se quedan cortas. Pienso que la revolución tiene que ser feminista, transfeminista, ecologista, antiespecista, antirracista y no capacitista o, si no, va a ser una mierda de revolución. (Me parece que con esta frase acabo de alcanzar el nivel 25 de Guerrero de la Justicia Social o SJW. Bienvenido sea). ¿Por qué hacerlo poco a poco y no todo de golpe? ¿Queremos ser inclusivos de verdad o solo «para lo mío»?

La literatura fantástica, y en especial la ciencia ficción es el marco idóneo para imaginar un mundo sin barreras y el vehículo ideal para llegar a una representación completa. Si no empezamos a imaginarlo nosotros, ya sabemos cómo es el que imaginan ellos para los discapacitados: sin sanidad, ni trabajo y relegados al ostracismo hasta que alguien tenga a bien hacer un hashtag en el día mundial de tal o cual discapacidad. Además, parece que todavía queda mucho trabajo que hacer a favor del diseño universal de los espacios públicos, no digamos ya de los privados (pero es que eso va en contra de la filosofía de construir algo y luego arreglarlo para hacerlo accesible y así cobrar el sobre coste).

La representación y la narrativa ayudan a conformar el mundo en el que vivimos. Lo vemos cada día en las noticias: bastan cuatro vídeos mal montados y la repetición del mismo eslogan para convertir a una persona o a un colectivo en héroes o en súper villanos. La realidad edulcorada con unas gotas de ficción sirve para dar forma al mundo. Estamos en la era de la posverdad, que básicamente consiste en crear realidades alternativas y universos paralelos mediante el (ab)uso de la leyenda urbana y la imaginación desmesurada en favor de una agenda política. Pues con la ficción de verdad pasa lo mismo: si solo leemos libros o vemos películas en las que los musulmanes son mostrados como terroristas, tenderemos a pensar, aunque sea de manera inconsciente (porque todos sabemos separar el grano de la paja y leer entre líneas, ¿verdad?) que todos esos millones de musulmanes son terroristas. Si dejamos que a los discapacitados nos sigan pintando como pobrecitos o, en el mejor de los casos, como historias inspiradoras para otros, no vamos a salir nunca del estereotipo. Nos toca reclamar el espacio narrativo, pedir personajes con los que nos sintamos identificados, a los que les pasen las mismas cosas que les pasan a los demás, porque en nuestras vidas ocurre lo mismo (sorpresa: también nos enamoramos, también hacemos caca y también nos discutimos con desconocidos en las redes sociales). Y esto es importante porque necesitamos empezar a cambiar la manera en cómo nos ve el mundo, porque como decía más arriba, el mundo no lo va a hacer por nosotros.

Antes pensaba que no necesitaba leer sobre mi experiencia porque cuando uno coge un libro, lo hace para vivir otras vidas. Y es cierto. Pero el verte reflejado en las palabras de otro tiene un efecto sanador y te reconcilia contigo mismo y aprendes que eres valioso tal y como eres. Uno de los efectos que produce el no verte reflejado en la cultura que consumes es que te da la sensación de que aquello que hace que no te sientas parte de tu entorno está enraizado en tu propio cuerpo. Tienes ese algo que te hace desaparecer del imaginario colectivo. Y no es una cuestión de reclamar un libro sobre la experiencia traumática de alguien a quien le ha pasado algo malo y su historia de superación llena de frases bonitas que luego podamos usar como memes junto a la imagen de una puesta de sol. Es otra cosa. Es ver a esos personajes interactuar con los demás sin repetir estereotipos.

De manera tradicional, los autores de ciencia ficción han tenido facilidad para describir razas alienígenas, mutantes o cíborgs, pero no han sido capaces de hablar de cuerpos «no-enteros». Pues toca cambiarlo.

La pérdida de la mano derecha no le es ningún inconveniente al bueno de Ash para convertirse en el azote de los demonios en 3 películas y una serie.

En un reciente ensayo para el proyecto Disabled People Destroy Science Fiction (Los discapacitados destruyen la ciencia ficción) de la revista Uncanny Magazine titulado «Constructing the Future» («Construyendo el futuro»), Derek Newman-Stille dice:

En la ciencia ficción tenemos un espacio en el que podemos reclamar algo que es importante para las personas con discapacidad: imaginación. En la ciencia ficción es posible imaginar de otra manera, pensar en nuevas posibilidades en lugar de cerrarnos a ellas diciendo que no son posibles. Los discapacitados podemos recuperar nuestros futuros de la misma manera en que hacemos todo lo demás en un mundo capacitista: con vulnerabilidad. Podemos blandir nuestra vulnerabilidad como una herramienta para escribir, para llevar con nosotros a nuestros lectores a un viaje por un espacio vulnerable en el que puedan cuestionar el sistema capacitista que hay a nuestro alrededor.

Tenemos que comandar esa nave y cuando hayamos empezado, nos tocará reclutar aliados. No hay una única experiencia de la discapacidad. Cada uno de nosotros la vive de una manera distinta. Y cuando digo «discapacidad», también hablo de enfermedades más o menos incapacitantes o que nos condicionan la manera en que vemos el mundo y nos relacionamos con él. No es lo mismo haber experimentado la pérdida de una capacidad (ver, oír, caminar) que haber nacido sin ella, o que sentir un dolor crónico y persistente, o que convivir con una enfermedad mental o que necesitar la asistencia de otra persona para realizar una tarea sencilla. Estos no son más que algunos ejemplos que nos separan de la normalidad. Pero ¿qué es en realidad la «normalidad»?

© Hugo Camacho
© imatge destacada: Fixed: The Science/Fiction of Human Enhancement (Regan Brashear, 2013).

*Hugo Camacho (Barcelona, 1980). Sordo postlocutiu y mejor persona, ha sido varias cosas a lo largo de su vida desde que se licenció en filología inglesa, entre ellas: actor, traductor, diseñador, administrativo en un almacén de mercancías peligrosas, militante en bandas de punk y parado de larga duración. Últimamente se le ve escribiendo ficción especulativa y sus relatos y artículos han aparecido en revistas como Maelstrom, Acrocorinto, Catarsis o SuperSonic y en antologías como Ilustrofobia (Underbrain), La niebla (Escuela de Fantasía) o Històries de les Terres Albes y Bestiari (ediciones SECC). También se dedica a ser editor en Orciny Press, donde traduce y hace de todo. Ha sido miembro del consejo editorial de la revista Catarsis y en 2016 ganó el premio Ictineu al mejor relato fantástico escrito en catalán.

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