INVASIONES (2017) – Ismael M. Biurrun

Autor: Ismael M. Biurrun
Título: Invasiones
Editorial: Valdemar
Año: 2017
Páginas: 370
ISBN: 9788477028604
Valoración: ★★★★★

 

Inmejorable. Así tengo que calificar mi primera experiencia con la prosa de Ismael Martínez Biurrun, uno de los grandes autores de literatura de terror actuales en lengua castellana. El libro escogido para estrenarme con Biurrun no ha sido su celebrada Rojo alma, negro sombra (premio Celsius y Nocte 2009), sino una breve selección de tres historias (que no sé si llamar relatos largos o novelas cortas) publicadas recientemente por la editorial Valdemar (en este caso en la colección El Club Diógenes y no en Insomnia), que parece haberse erigido en el hogar por antonomasia de lo mejor del terror español. ¡Y por muchos años!

Por eso mismo, Invasiones debería definirse como una antología. Pero una antología únicamente de tres historias, de aproximadamente un centenar páginas cada una. Por su brevedad, pues, y por el estilo ágil y nada recargado del autor, es un libro destinado a durar muy poco entre las manos de los lectores. La única pega. Cada una de las tres historias es el relato brutal y cautivador de una invasión. Pero no una invasión “al uso”. Se trata de historias que, partiendo siempre de un hecho anecdótico, ultralocal, nos van introduciendo poco a poco en desastres que acaban siendo de dimensiones universales. Es lo que hacen los grandes autores: partiendo de la excusa más cercana son capaces de hablarnos de las problemáticas que nos afectan a todos.

La primera se titula “Coronación”. Nos encontramos en medio de la capital. Madrid. Una urbe terriblemente cosmopolita donde la gente vive apelotonada unos sobre otros, en auténticos hormigueros. Como insectos. La contemplación de El Jardín de las delicias de El Bosco, con aquella desgarradora sensación de ahogo, es el mejor de los inicios posibles. Precisamente de esto va esta historia: de insectos. El autor, sin embargo, con su particular habilidad, juega al despiste. Por eso el relato comienza como podría empezar cualquier película de Woody Allen: con una pareja mal avenida que se ven con el compromiso de tener que ir a cenar a casa del jefe de la empresa de ella, que al parecer debe darle una noticia importante en relación a sus aspiraciones de convertirse en el relevo al frente del negocio.

La presencia de las langostas será progresiva: de un simple incidente en el lavabo del piso del matrimonio se irá produciendo una escalada vertiginosa que acabará con la ciudad de Madrid absolutamente infestada de estos insectos, que lo devoran todo a su paso. Pero todo esto no lo vemos directamente. Tan sólo lo intuimos. El terror que inspiran las langostas nace precisamente de su simplicidad: únicamente necesitan comida para sobrevivir y no se detienen ante nada. El contraste entre lo real y lo irreal resulta realmente magnífico y es lo que da el toque justo de fantasiedad. La pureza devastadora de la plaga (y aquí podemos pensar en las de la Biblia, tan proclives a caer sobre ciudades pecadoras) contrasta con las miserias de los hombres, representadas en aquella habitación, donde cuatro personas (que podríamos ser cualesquiera) cenan: ambiciones, traiciones, mentiras, sexo, etc. Pero nada de esto importa ante la plaga. Los pequeños problemas de aquellos que lo tienen todo no son nada cuando se tiene que luchar por sobrevivir. Podría ser una metáfora, pero no: se convierte en literal. El horror entrando en casa de los ricos, de los que lo tienen todo y creen que lo pueden todo. Una bomba en el corazón de la civilización.

Pero la catástrofe, a ojos de Bernal, no es verse condenados a permanecer allí por un tiempo indefinido, sino que el horror ya se ha instalado dentro de la casa. Lo tienen allí sentado, despellejado, sus brazos caídos a ambos lados, pintando mapas de sangre sobre el embaldosado.

A Woody Allen no. Quizás más bien a Hitchcock, me recuerda Biurrun. El maestro del suspense partía también siempre de historias humanas, de tramas convencionales (un atraco, una visita a un familiar, una infidelidad), para atraernos hacia realidades mucho más inquietantes y fantásticas: asesinos en serie, pueblos donde los pájaros se vuelven locos y muertos que vuelven de la tumba. De Hitchcock me llega el regusto a (buen) teatro clásico: un solo escenario y un grupo de diálogos inteligentes. Pienso en La soga o, evidentemente, en Los pájaros, donde el maestro logró un efecto parecido al que consigue Biurrun aquí: que no nos importe nada el motivo, el comienzo de todo, únicamente el final. Y al final, ¿qué? Aix, ese final…

Un cierre memorable, a un relato memorable.

El siguiente, “El color de la tierra”, no lo es menos, de memorable. Esta vez, el escenario es un complejo turístico, en la isla de Mallorca, y el protagonista el encargado de mantenimiento. Dijo una vez Hitchcock que una buena historia debía comenzar con un terremoto y a partir de allí, continuar in crescendo. Aquí, parece que Biurrun haya querido seguir al pie de la letra el guión del maestro: un buen día, comienzan a producirse pequeños terremotos, a escala planetaria. Y las sacudidas provocan grietas en la corteza terrestre, que dan paso al afloramiento de una materia sobrenatural, de una especie de icor ancestral que altera los humanos hasta sumirlos en la demencia y en un estado que podríamos definir como precivilitzado. Como en el relato anterior, la progresión en la contundencia de los acontecimientos fantásticos será lo que marcará el ritmo de la historia. ¿El Apocalipsis no vendrá anunciado por el sonido de una triste trompeta? Pues aquí todo empieza también como un simple ruido, como una sombra de lo que será, hasta que acabará estallando con toda su fuerza. Como un volcán, un tsunami, un huracán. La naturaleza en estado salvaje.

La cotidianidad nuevamente se ha convertido ante nuestros ojos en excepcionalidad, y no nos hemos dado cuenta del momento justo en que ha tenido lugar el cambio. Biurrun nos ha llevado de la mano con una elegancia y un dominio de los tiempos narrativos extraordinarios. Todo tiene lugar en el momento justo, de la manera adecuada, en la mejor dirección. Como en los mejores relatos de Lovecraft, en “El color de la tierra” el mal no puede ser nombrado, no tiene forma, no hace ruido, no tiene color definido. No hay nada más aterrador que lo que no podemos invocar, entender.

Aquella materia imposible, alma mineral en cuerpo líquido, de un color para el que no existía un nombre, se elevaba por la grieta como una fría erupción, engullendo piedras, arena y raíces, hasta invadir la parte delantera del autobús.

La elección de la isla y la presencia de una niebla espectral (muy King, esto) favorecen la ambientación claustrofóbica que busca (y encuentra) el autor. Nadie puede escapar. De hecho, esta es una constante en los dos relatos: la inevitabilidad del final. A pesar de todos los esfuerzos (aquellos expertos que salen por la TV y que pretenden tener respuestas para todo, pero no las tienen; el ejército, incapacitado para luchar contra un mal no convencional) no se puede evitar que el final sea lo que es.

Finalmente, “Nebulosa” cierra la recopilación. Se trata de una historia que, rápidamente, enganchará los aficionados a la ciencia ficción, ya que parte de una de las excusas más gastadas del género: la del meteorito que cae en la Tierra. Trífidos, ultracuerpos, plagas… Esto es lo que presencian una pareja, en un descampado, con otros observadores casuales. Aquella experiencia, sin embargo, tendrá profundas (e inexplicables) repercusiones en el futuro de sus vidas. El meteorito los hirió, pero no sólo físicamente. La demencia es el tema central del relato. La demencia asociada al tema de la culpa de los supervivientes (y aquí podríamos pensar incluso en casos mucho más dramáticos, como el de los campos de exterminio nazis, que continuaron persiguiendo, y en algunos casos cazando, a sus víctimas incluso cuando ya no estaban entre sus vallas, como en el caso pavoroso de Primo Levi, entre otros) y nuevamente, al de la inevitabilidad del destino.

El final, de nuevo, nos dejará con la boca abierta y las tripas revueltas…

Hay un plan trazado por algo superior a nosotros (parece decirnos el autor) y no podemos hacer nada más que interpretar el papel que nos ha sido asignado. Al final, pues, las tres historias confeccionan un fresco magnífico, delicioso (volvemos al tríptico de El Bosco) que nos habla del momento en que la Naturaleza iniciará su particular reconquista de los territorios perdidos: El mundo. Que no es nuestro, sino suyo. Nuestra usurpación momentánea del planeta no tiene importancia, porque nosotros no somos importantes. Somos menos que insectos, se nos puede borrar del mapa de un manotazo. Esta reconquista, esta invasión, irá acompañada inevitablemente de la destrucción de los seres humanos que han ocupado la Tierra durante… ¿cuánto? ¿Una milésima? No más, ni menos, que lo que dura el sonido de las trompetas del Apocalipsis.

Relatos contenidos en esta antología:
Coronación ★★★★★
El color de la tierra ★★★★★
Nebulosa ★★★★

 

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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2 thoughts on “INVASIONES (2017) – Ismael M. Biurrun

  • 4 septiembre, 2017 at 11:37 am
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    LIBRAZO. Mi favorita ha sido Coronación. Era un no parar de leer, de angustia, de saber que todo iba a terminar mal, pero de querer más. Quizás la segunda fue la que menos entre al trapo, pero las revelaciones finales la salvan. Y la locura de Nebulosa me gusto bastante, sobre todo ese inesperado final. Un abrazo^^

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    • Daniel Genís
      4 septiembre, 2017 at 7:09 pm
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      Cierto. A mi el primer relato me dejó pasmado. Dice mucho en un espacio limitadísimo, con poquísimos personajes y casi sin que se vea el horror. Pero precisamente porque creía que el efecto era flor de un día, el segundo, maravilloso de otra manera (más complejo), también me encantó. En cambio el tercero personalmente me pareció el más flojo. Pero vaya, que coincido en que es un librazo.

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