Artículo: Atrapados en el tiempo en las Batuecas

Lope de Vega (1562–1635) es uno de los autores más conocidos de las letras castellanas. En su más que prolífica obra destaca, entre varios temas, el del reinado de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón como punto de inicio de una monarquía cristiana universal. Es este uno de los elementos en su obra de teatro Las Batuecas del duque de Alba. La acción transcurre alrededor del año 1492, en el momento en el que Granada va a caer en manos de los dos reyes antes mencionados. La novedad, claro está, no reside en esta situación, sino en la introducción, por parte del dramaturgo madrileño, del vivir atrapado en el tiempo.

Son muy pocas las formas de viajar hacia el futuro en las que dentro y fuera de la ficción se pongan de acuerdo. Una de ellas consiste en asumir que siempre viajamos hacia el futuro, lo que pasa es que poco a poco lo vamos convirtiendo en presente. La otra, también sencilla a la par que frecuente en nuestra percepción del entorno, se dedica a encapsular lugares y personas en un tiempo distinto al de alrededor. En el caso que nos ocupa aquí, no se trata de un tiempo distinto por el hecho de ser más avanzado, sino todo lo contrario. Este recurso se ha utilizado en multitud de ocasiones en la ficción, y es, de hecho, lo que hay detrás de etiquetas del tipo sociedad tradicional o atrasada.

Una obra que podríamos considerar paradigmática en este género es El mundo perdido de Arthur Conan Doyle. En esta novela de 1912, y en sus múltiples adaptaciones para el cine y la televisión, dinosaurios y hombres primitivos coexisten en un altiplano venezolano. Otros casos serían el del característico cavernícola (o similar) que es introducido en nuestro mundo contemporáneo. En este caso el producto en cuestión suele ser una comedia, como en las películas El hombre de California y Buscando a Eva (ambas protagonizadas por Brendan Fraser), así como en episodios de South Park y Tales from the Cryptkeeper. Finalmente, George Orwell, en su Homenaje a Cataluña, compara en múltiples ocasiones los utensilios que encuentra en el campo aragonés con hallazgos prehistóricos en Inglaterra o con la cultura material de la antigua Roma.

En pleno siglo XVII, Las Batuecas del duque de Alba es quizás el ejemplo más pretérito de este tipo de obra. Ya hemos comentado cómo la acción transcurre alrededor de la conquista de Granada. El duque de Alba es uno de los nobles que participa en esa expedición mientras, en su casa, don Juan de Arce se ha fugado con la hija del duque. Los enamorados huyen hasta la sierra de Francia, en Béjar, donde encuentran una comunidad de salvajes que hablan un castellano anterior al suyo y visten de forma bárbara.

De la Vega nos describe una comunidad que, a medida que avanzamos en la obra, descubrimos que está formada por herederos de los godos que huyeron de la conquista islámica siete siglos atrás. Atrapados en ese valle han perdido el cristianismo y se dedican a adorar al Sol. También presentan una inclinación hacia el sexo bastante abierta o, como mínimo, despreocupada. De hecho, son convencidos fácilmente de que la hija del duque de Alba es, en realidad, un hombre; una opinión que los bárbaros mantienen a pesar de que la mujer en cuestión se queda embarazada.

Las Batuecas del duque de Alba es también pionera en otro asunto: la percepción del pasado por parte de la sociedad de esa época. En el primer acto vemos a los bárbaros discutiendo sobre unas pinturas que han visto en algunas cuevas. Su conclusión: son muy antiguas porque representan animales que ya no los ven a su alrededor. Las pinturas de las que habla Vega son con toda seguridad las mismas que no fueron estudiadas por los primeros prehistoriadores españoles hasta principios del siglo XX. Se trata, sin duda, de unos de los casos más antiguos de cambio en la percepción del tiempo en el mundo occidental: no es hasta los siglos XVII y XVIII que la sociedad europea empieza a concebir una temporalidad que no toma la Biblia al pie de la letra. Sin esta percepción nueva del tiempo no podría existir lo que entendemos como ciencia ficción.

En otro momento de la obra, los mismos bárbaros inician una excavación en una de las grutas después de encontrar una espada oxidada (y, por tanto, antigua). Encuentran en el proceso una tumba que contiene un escudo. Esta pieza es la clave que permite, hacia el final de la obra, descubrir el origen godo de los bárbaros en cuestión. Por supuesto, el escudo pertenece al último rey godo, Rodrigo, algo que se descubre después de pormenorizados análisis en Salamanca. Los doctores sabios que allí se encuentran representan el laboratorio, ese lugar común de la ficción científica. Una vez más, el poeta madrileño nos sorprendre al describir en una obra de ficción algo que empezaba a ser una novedad en la Europa del momento: el anticuarianismo, antecesor de lo que luego se conocerá como arqueología.

Ignoro si alguna vez se ha llegado a representar esta obra. No parece ser el caso. Más bien parece una de tantas obras de teatro que han pasado desapercibidas para el gran público. Valdría la pena su recuperación en un momento, el siglo XXI, en el que tantas obras de teatro de los siglos XVI y XVII se representan bajo formas contemporáneas. Tal y como yo lo veo, Las Batuecas del duque de Alba es el equivalente español de La tempestad de William Shakespeare.

Francesc Xavier Morales

Francesc Xavier Morales

Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales. Profesor instructor en la Universidad de Gainesville. Participa en varios medios digitales.

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