Artículo: Berlín en viñetas

Un reciente viaje a Berlín, hecho en la mejor compañía, me ha permitido descubrir una ciudad que no había visitado nunca pero de la que tenía una intensa imagen gracias a un cómic franco-belga situado en la capital alemana. Esta aventura supuso en su momento una propuesta innovadora, un proyecto narrativo de contenido casi periodístico que, desgraciadamente, no tuvo continuidad.

Le lac de l’epouvante (El lago del terror) es un cómic prácticamente olvidado. Fue publicado en la legendaria revista Pilote entre 1959 y 1961 aunque no se recogió en formato álbum hasta el 1984. Una reedición del año 2001, publicada en la integral Tout Mitacq, es la última edición de tan singular creación.

Esta segunda aventura de Jacques le Gall, un personaje presentado como Le randonneur de l’aventure -el mochilero aventurero-, era creación, como toda la serie, del guionista Jean-Michel Charlier y del dibujante Michel Tacq, dos nombres fundamentales de la bande dessinée. Este dos autores habían creado una serie clave en la historia del cómic franco-belga, La Patrouille des Castors, una colección empezada a publicar en 1955 en la revista Spirou y protagonizada por un grupo de boy-scouts que vivían mil y una aventuras a lo largo de treinta álbumes. Cuando en 1959 se creó la revista Pilote, de la que era uno de sus fundadores Charlier, este decidió crear una nueva serie de aventuras, en este caso protagonizada por un excursionista; así nació Jacques le Gall, del que se llegaron a publicar media docena de aventuras.

Le lac de l’epouvante gira en torno a un hecho real como fue la búsqueda de unos camiones nazis perdidos en algún lago de los Alpes; según se creía, y algo de cierta había en ello, el convoy extraviado transportaba una importante carga de dólares y libras esterlinas perfectamente falsificadas, unas enormes cantidades de dinero que se habían impreso poco antes de terminar la guerra con la intención de destruir las economías aliadas. A partir de este hecho, que generó una amplia literatura así como un montón de leyendas, Charlier construyó un relato trepidante donde el protagonista, sin querer -siempre le pasaban estas cosas-, se veía arrastrado a desenmascarar una importante sociedad de antiguos nazis que querían restituir el esplendor del Reich y acababa luchando también contra peligrosos comunistas o individuos movidos por la codicia.

Si este título notable se convierte extraordinario es por un hecho verdaderamente singular. Tradicionalmente, o por lo menos hasta la revolución que supuso -también para el mundo del cómic- el mayo del 68, la historieta europea, preferentemente dirigida a los jóvenes, evitaba cualquier referencia a la actualidad política. Había excepciones, y todos podríamos evocar El loto azul, comenzado a publicar en 1934, donde Tintín denunciaba el expansionismo japonés y la invasión de Manchuria, o el más primitivo Tintín en el país de los Soviets (1929), donde el reportero luchaba para desenmascarar a los pérfidos comunistas. Pero si bien esto es cierto, no lo es menos que a partir de los años cuarenta y ya en la posguerra y los años posteriores, los cómics franco-belgas -no es necesario hablar de los tebeos españoles por razones obvias- tendían a rehuir el retrato de la actualidad política. De hecho, a partir ya de 1935, y siguiendo con el ejemplo de Hergé, este autor creó una serie de países imaginarios -Sildavia, Borduria, Nuevo Rico, San Teodoro, Khemed- para poder desarrollar sus ficciones sin la presión que suponía retratar la realidad. De igual manera, en los años cincuenta, la Palombia que descubrimos leyendo Spirou y Fantasio, en las selvas de la cual encontramos al Marsupilami, o la tiranía comunista de Esturia, donde se desplaza la Patrulla de los Castores para liberar un preso político, se mueven en esta línea de retratar la realidad a partir de la creación de países imaginarios.

En Le lac de l’epouvante pasa algo inusitado. Jacques le Gall, a través de una serie de pistas que va recogiendo, descubre que la clave del misterio que investiga se encuentra en Berlín y, sin pensárselo dos veces, se desplaza hasta esta ciudad. Desde los Alpes austriacos, donde había comenzado su aventura, sube a un tren que, tras hacer escala en Nuremberg, le permite cruzar el territorio de la RDA y llegar finalmente a la capital alemana. A partir de ese momento, y a lo largo de una quincena de páginas, Jacques le Gall nos mostrará la realidad de una ciudad dividida por el muro. Y esta es la excepcionalidad del episodio; de manera sorprendente, Charlier y Mitacq llevan su personaje al corazón de la guerra fría, al lugar de máxima tensión mundial para que viva aventuras apasionantes. Contraviniendo los designios de una ley no escrita, los autores envían su personaje a un territorio en conflicto, a la zona más caliente del mundo, allí donde el conflicto entre capitalismo y comunismo se vive en toda su intensidad.

El muro se había edificado en agosto de 1961 y, a las pocas semanas, Jacques le Gall llegaba al Berlín Oeste y se veía en la obligación de cruzarlo para llegar al Berlín comunista. Lo hacía a través de las alcantarillas -como muchos ciudadanos que lo intentaron-, era detenido por la policía de la RDA, se escapaba, conseguía la información que buscaba y luego volvía a cruzar el muro por un paso intensamente vigilado que conseguía superar gracias a su pericia.

La estancia berlinesa del héroe permitía a Mitacq dibujar espacios emblemáticos de la ciudad, especialmente la iglesia del Kaiser Guillermo -que, en la actualidad, se conserva aún en ruinas, como un memorial de lo que supuso la barbarie de la guerra- o la iglesia de la Reconciliación. Este templo se encontraba en el Berlín Este, a pocos metros del muro, y quedó definitivamente situado entre dos paredes cuando el gobierno comunista construyó un segundo muro para evitar el paso de su población hacia el sector capitalista. Como se convertía en una incómoda edificación que dificultaba la vigilancia, el templo fue definitivamente demolido cinco años antes de la caída del muro. A través de fotografías de la prensa del momento, que le permitían documentarse, Mitacq brilló dibujando estos y otros espacios de la ciudad -por ejemplo, uno de los check-points, o las muchos escombros que aún mostraban las heridas de la guerra- con una notable fidelidad, de tal manera que el lector de la época pudo leer la aventura como una crónica ficcionada de la realidad más inmediata.

Ni Jacques le Gall ni muchos personajes más volvieron a vivir la actualidad política con esta intensidad; quizá se adelantó a su época, pero Le lac de l’epouvante marcó un hito singular. Cuando viajamos por el mundo a menudo lo hacemos con una pre-mirada aprendida en las páginas de un cómic. París será siempre el París de Tardi y de Adèle Blanc-Sec, Londres siempre será el que descubrimos en La marque jaune creada por Jacobs, y nunca podremos ir a Shanghái sin que se nos superpongan las viñetas de Hergé. Berlín, una ciudad marcada por una historia terrible y fascinante, fue un escenario de actualidad ideal para que Jacques le Gall viviera una de sus aventuras; Chalier y Mitacq nos ofrecieron un retrato de la ciudad que hoy, más de cincuenta años más tarde, sigue siendo una magnífica puerta de entrada para poder empezar a descubrirla.

Joan Manuel Soldevilla

Joan Manuel Soldevilla

Catedrático de lengua y literatura españolas. Profesor en secundaria. Es autor, entre otros, de los ensayos Som i serem (tintinaires) y Àngel Puigmiquel. Una aventura gráfica.

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