Artículo: El mundo era un tebeo

A menudo pensamos que las experiencias de infancia y juventud condicionan el talante, las afinidades y las vocaciones que manifestamos de adultos. Es posible, aunque tengo mis dudas sobre ello. En todo caso, es cierto que hoy soy un adulto apasionado por los tebeos, que siempre los he leído, a veces compulsivamente, y que incluso he escrito artículos y libros sobre ellos, impartido conferencias y comisariado exposiciones. ¿Soy un lector voraz de tebeos porque de niño los leía? No hay duda de la relación causal, pero también es importante recordar, y de ello quiere hablar este artículo, que en el mundo de los nacidos en los años sesenta todos leíamos tebeos, que era una época donde esta experiencia de lectura era compartida y que las revistas y álbumes tenían una presencia importante en la mayoría de los hogares. En el mío, de forma muy especial.

Siempre vivimos rodeados de tebeos. Nuestros padres, con el mejor criterio posible, fueron generosos a la hora de nutrirnos de viñetas a raudales. Las revistas y álbumes llegaban por circuitos diversos, algunos tenían el privilegio de ser el tebeo semanal, aquel que entraba en casa cada sábado y nos dejaba con la miel en los labios con el continuará que cerraba cada entrega. Otros entraban en el hogar con motivo de alguna celebración, un santo, un cumpleaños, comuniones, Sant Jordi, Reyes… Y muchos venían acompañando situaciones que salían de la rutina: una visita al médico, la revisión del dentista o un largo viaje, por ejemplo. También había aquellos que desembarcaban en casa por caminos ignotos, que un buen día aparecían y pasaban a formar parte de las lecturas compartidas. Sea como fuere, este ingente corpus siempre se guardaba y casi nunca se expurgaba de tal manera que, hermano a hermano –y éramos cuatro- y año tras año, se iba acumulando un patrimonio descomunal que era permanentemente leído, releído y ampliado.

Los tebeos del tardo franquismo eran una experiencia compartida por el conjunto de la sociedad, un fenómeno cultural transversal que no entendía de clases ni de edades, que quería ser controlado desde el régimen pero que a menudo se convertía en un sorprendente territorio de libertad. Intentar ordenar en la memoria todo este maremágnum tal como llegó a mi casa no es tarea sencilla, pero quizá sea bueno hacerlo para así retratar una época dorada de la historieta.

Por un lado, como hemos dicho, estaban los tebeos semanales, comprados regularmente cada siete días. En tiempos remotos los primeros que tuvieron este privilegio fueron las revistas Tintín y Pumby; eran dos porque mi hermano mayor y yo sólo nos llevábamos un par de años y a menudo las compras -de gorras, de camisas, de pullovers- se hacían por duplicado. Cuando cerró Tintín, Pumby también cayó, y fueron sustituidos por El Capitán Trueno y El Jabato en la versión remontada y a color de aquellos años; más adelante, a principios de los setenta, en una extraña decisión que solo puedo agradecer, la revista de referencia pasó a ser solo una, pero qué una: El guerrero del antifaz, el melodrama morisco y aventurero creado en los años cuarenta y reeditado en color por primera vez en ese momento.

Pero más allá de estas publicaciones, la casa estaba inundada por los tebeos de humor de Bruguera en uno de sus momentos de eclosión: Mortadelo, Súper Mortadelo, Mortadelo Gigante, DDT, Tío Vivo Estos llegaban por caminos inciertos, sin la periodicidad de los títulos anteriores, pero lo hacían de manera generosa y abundante. A menudo las vacaciones de verano se convertían en un momento Bruguera glorioso donde el desembarco era completado por los abundantes álbumes de tapa blanda de la Colección Olé que recogían las aventuras de los personajes más populares -Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Carpanta-, pero también magníficos ejemplos de series no tan populares –Pepe Gotera y Otilio, El botones Sacarino– e incluso personajes considerados de tercera pero que tenían una buena multitud de lectores -Agamenón, Rigoberto Picaporte-. Y por si fuera poco consistente la invasión Bruguera, después estaban los álbumes de tapa dura, que empezaron a surgir a imitación del modelo franco-belga: Mortadelo y Filemón, Anacleto, también reediciones en álbum de El Jabato y El Capitán Trueno o los misceláneos y voluminosos Magos del Humor que parecían no acabarse nunca una vez los empezabas a leer. O las docenas de títulos de la colección Historias Selección, unos libros que ofrecían adaptaciones de clásicos -de Verne a Dickens pasando por la Biblia o Dumas– combinando el texto con páginas de cómic, que al final era la única cosa que leíamos. O los cuadernos de Joyas literarias juveniles, que también adaptaban clásicos literarios pero, en este caso, exclusivamente en formato cómic.

Pero el mundo no se acababa en Bruguera. El modelo de álbum se empezó a popularizar con Tintín, y se consolidó con Astérix. En casa, desde un primer momento fuimos leyendo con fruición ambas colecciones y se convirtieron en las dos series más preciadas, los Tintín con sus lomos de tela y las primeras traducciones al catalán de Joaquim Ventalló, los Astérix, primero en las ediciones de Molino y después en Bruguera con traducciones de lujo como las de Jaume Perich o Víctor Mora. Pero no era el único material europeo, también tenían su lugar los álbumes de Lucky Luke, en las ediciones de Toray y Bruguera, y Los Pitufos, y los volúmenes publicados por Anxaneta de La patrulla dels Castors, que también conocíamos por sus apariciones en Cavall Fort: no éramos muy seguidores de la revista catalana más celebrada, demasiado texto, pero igualmente llegaba de forma irregular al hogar con la hipnótica contraportada de Jep i Fidel. También estaba compuesto de material franco-belga la revista Gaceta Junior, que se incorporaba a la biblioteca familiar en espléndidos volúmenes que recogían los ejemplares de la revista. Y no puedo olvidar los álbumes de tapa blanda de Pumby, que a pesar de que ya no comprábamos la revista seguía llegando en este formato, o los TBO, especialmente los TBO 2000, que no puedo explicar con precisión por qué vía encontraban el camino hasta casa.

Tebeos catalanes, españoles, europeos… América también estaba representada, y de qué manera. Casi completa estaba la colección Dumbo, con todo el mundo de viñetas clásicas Disney desatado a su máxima potencia, al igual que los retapados que recogían la revista Pato Donald. Los tebeos de Novaro normalmente nos los regalaban después de una visita al médico; eran extraños, hablaban en mexicano y salían superhéroes; estos entraron con paso más firme gracias a las ediciones de Vértice, donde descubrimos La Patrulla X, Los Cuatro Fantásticos y Dan Defensor. Y porque no podemos olvidar los clásicos, estos tenían un lugar preferente en los estantes familiares con los lujosos libros que había editado Burulan recogiendo las aventuras de Flash Gordon y de El Hombre Enmascarado. Casi tan venerados como estos eran los descomunales Películas, de más de trescientas páginas, que recogían tanto material Disney como Hanna Barbera. Estos personajes, populares gracias a la televisión, tenían versiones en cómic que llegaban en los volúmenes de Laida y Fher y allí leíamos las aventuras de Don Gato, El Oso Yogui, Pixie y Dixie, Los Supersónicos, Los Picapiedra, Daniel Boone o Daniel el travieso, que entonces aún no era serie de televisión sino un cómic publicado con éxito en Estados Unidos. Así mismo, descubrimos a Carlitos, pero no en los populares volúmenes de Edicions 62 sino en los álbumes de Burulan.

Fueron pasando los años y los hermanos pequeños crecieron; el tercero de la saga, con el que me llevaba cinco años, fue incorporando nuevo material: las versiones de los éxitos televisivos, con los álbumes de Heidi, Vickie el vikingo y especialmente los de tapa dura de Mazinger Z; o incluso versiones en cómic de juguetes, como Las aventuras de Geyper-Man. También cómic europeo -la revista Spirou Ardilla– y, de forma muy notable, la llegada triunfal de Don Miki, que tantas horas de diversión nos proporcionó a todos los lectores de la casa. Y no se detenía la avalancha de los nuevos Astérix, y los nuevos Tintín, y Lucky Luke, y Mortadelo, y…

Cuando el hermano más pequeño de todos, el cuarto, comenzó a leer tebeos yo ya tenía casi dieciocho o veinte años; él se alimentó de todo este impresionante patrimonio pero también hizo sus aportaciones, como los exquisitos volúmenes de Massagran, o los nuevos títulos de las colecciones que había en casa desde siempre. Además, tuvo la suerte de leer el corpus monumental de tebeos de superhéroes que yo empezaba a coleccionar por aquellos años.

Los cuatro hermanos vivimos rodeados de tebeos por todas partes, y de tebeos de toda medida, origen y contenido. Al repasar en la memoria la biblioteca familiar, constato algunas ausencias –Mafalda, Spirou, Tretzevents, Strong…- pero evidencio que fuimos privilegiados al tener unos padres a los que no les importaba alimentar permanentemente nuestras ansias lectoras y de vivir una época única: en muchos aspectos, destartalada y triste, es indudable, pero rodeada de las más fantásticas viñetas.

No sé si ahora leo tebeos porque lo hacía de niño -no es el caso de todos mis hermanos-, pero no puedo obviar su incidencia en mi formación. Cuando la gente recuerda su infancia y juventud lo hace de manera muy personal; hay quien la recuerda en blanco y negro, quien lo hace en colores, quien la asocia a la televisión o a los videojuegos … Yo no puedo evitar tener la certeza de que, durante un buen puñado de años, el mundo fue un gran, inmenso tebeo. Y fue magnífico.

Joan Manuel Soldevilla

Joan Manuel Soldevilla

Catedrático de lengua y literatura españolas. Profesor en secundaria. Es autor, entre otros, de los ensayos Som i serem (tintinaires) y Àngel Puigmiquel. Una aventura gráfica.

joan-manuel-soldevilla has 21 posts and counting.See all posts by joan-manuel-soldevilla

3 thoughts on “Artículo: El mundo era un tebeo

  • 1 Marzo, 2017 at 8:43 pm
    Permalink

    Excelente post, yo también recuerdo esa “época de tebeo”. Pero… no me creo que no leyeras a un grande de tu tierra, el maestro Jan y su Superlopez. Saludos.

    Reply
  • Joan Manuel Soldevilla
    2 Marzo, 2017 at 6:22 am
    Permalink

    A Superlópez, el gran Superlópez lo leí, pero curiosamente de forma más tardía, no en esos años de infancia y juventud. Eso que me perdí…

    Reply

Deja un comentario