Artículo: Turrones, pesebres y cuentos de Navidad

Cuando llegan estas fechas, es fácil que nos apetezca alguna lectura navideña para elevar el espíritu con los valores propios de las Fiestas. Historias amables, un tanto ingenuas, que tal vez nos dejarán un cierto sabor dulzón, deseos de buenos sentimientos, propósitos de mejora.

A poco que sepamos del tema, la primera obra que nos viene a la memoria al pensar en ello es Un cuento de Navidad, de Charles Dickens, la conocida historia del viejo y avaro Mr. Scrooge que, tras ser visitado por los espíritus de las Navidades pasadas, presentes y futuras y de comprender cuán equivocado estaba en su actitud egoísta, siente la profunda necesidad de redimirse y cambiar, para convertirse en una persona generosa y altruista.

Si dedicamos algunos minutos más a la cuestión, quizás recordaremos también otros relatos clásicos, “La vendedora de cerillas” de Andersen, “El gigante egoísta” de Wilde o El cascanueces, de Hoffmann, narraciones que tal vez leíamos de pequeños o que nos contaban tíos ociosos y abuelas pacientes. Aunque “La vendedora de cerillas”, con su final tan triste, siempre nos deja una sensación amarga. ¿Cómo puede acabar un cuento de Navidad con la muerte de una niña, por mucho que así consiga llegar a la gloria divina, donde la espera su abuela muerta? La paz y la calidez que finalmente confortan al personaje nos parecen, como mínimo, poco tangibles. En cuanto a “El gigante egoísta”, mucho más amable, tal vez nos resulta innecesaria la presencia del Niño Jesús como personaje, si consideramos que el relato habría funcionado igual de bien si el pequeño que ablanda el corazón del gigante hubiera sido un niño cualquiera, tierno e inocente. Del cuento de Hoffmann, es posible que nos aturda un poco la complicada historia de Marie Stahlbaum, del cascanueces, del padrino Drosselmeyer y del Rey de los Ratones y que lo que más recordemos de todo ello sean los compases de la melodía de Chaikovski, que resuenan en nuestra cabeza mucho más claramente que las palabras del relato.

De todas formas, y aunque estos sean, quizás, los clásicos navideños por excelencia, son solo una pequeña muestra de los relatos que nos cuentan historias de esta época del año. Desde Clarín hasta Paul Auster, desde Guy de Maupassant hasta Truman Capote pasando por Chéjov, Enric Valor, Oscar Wilde, Emilia Pardo Bazán, Calders, Scott Fitzgerald, Dostoievski, Monzó o Rubén Darío, muchos son los autores que se han sentido atraídos por esta materia narrativa; incluso escritores de literatura fantástica o ciencia ficción como Tolkien -con Las cartas de Papá Noel– o Ray Bradbury -con “Cuento de Navidad”- han puesto su granito de arena para aumentar ese fondo de historias de Navidad.

¿Qué tienen, pues, estas fechas, que resultan tan atractivas como materia literaria? No podemos negar que la tradición cristiana se sitúa en el centro de nuestra concepción vital y de nuestro ser-en-el-mundo; aceptamos con agrado, nos es indiferente o negamos con contundencia el dogma, pero siempre lo tenemos en cuenta porque es un elemento de sustrato en nuestro sistema de valores ético y moral. Por eso este momento tan trascendente de la tradición no pasa desapercibido, narrativamente hablando, aunque cada autor lo enfoque y lo trate a su conveniencia, según su temperamento, creencias o disposición.

Si en los relatos de Dickens o de Wilde Mr. Scrooge y el gigante se redimen y deciden cambiar, conmovidos el uno por la visión de la soledad extrema a la que le llevará su egoísmo y el otro por la ternura que le despierta un niño indefenso e hijo de Dios -la intervención divina también es el elemento salvífico imprescindible en otros cuentos, como el de Enric Valor o el de Guy de Maupassant-, hay autores que han dado tratamientos diferentes a la materia navideña.

Otra visión del “Cuento de Navidad”. La película de Richard Donner “Los fantasmas atacan al jefe” (1988).

Truman Capote y Paul Auster se decantan por recrear las Fiestas a través de anécdotas de interés humano. Mientras que Capote, en sus dos soberbios cuentos “Un recuerdo de Navidad” y “Una Navidad” nos cuenta, de manera sublime, con una sutileza envidiable, algunos recuerdos de su infancia -cuando vivía temporalmente con unos parientes de su madre en Alabama o cuando visitó a su padre, al que veía poco, en Nueva Orleans-, Auster, en el “Cuento de Navidad de Auggie Wren”, nos relata la sencilla y a la vez extraordinaria historia de un hombre que, al devolver una cartera perdida, se ve envuelto en un malentendido que no se anima a aclarar y que lo llevará a compartir la Navidad con una mujer vieja y ciega a quien no conoce.

Una visión más pesimista de lo que puede representar esta celebración según con qué espíritu se viva, la podemos encontrar en el cuento -o artículo- de Mariano José de Larra “La Nochebuena de 1836” o en el relato de Chéjov, “Vanka”. En el primero, la visión desesperanzada del autor empapa el texto de una desolación sin concesiones, que se hace más cruenta por las fechas supuestamente felices en que se escribe y que terminará con el suicidio de Larra, un mes y medio después. En el segundo, el relato del pobre huérfano ruso que desea reingresar en el dulce mundo de una niñez que ha tenido que abandonar prematuramente, nos encoge el corazón, sobre todo por lo que no explica: que los anhelos del pequeño por volver a la calidez de un universo seguro y tibio son solo ilusiones vanas. No hace falta que lo diga el autor de forma explícita, el lector lo sabe y el corazón se le hiela, aunque se trate de un cuento de Navidad.

Un punto de vista algo menos duro, o al menos no tan trágico y desesperado, quizá porque nos hace sonreír irónicamente, es el planteamiento que nos proponen Pere Calders, Quim Monzó o Clarín, en sus respectivos cuentos “Noche de paz y felices fiestas” (uno de los varios que dedicó Calders a esta temática), “La vendedora de cerillas” de Monzó, incluido en la recopilación Tres Navidades y “El rey Baltasar”, de Leopoldo Alas.

El primer relato nos narra cuán absurda puede llegar a ser una normativa municipal abusiva e inoperante, que intenta regularlo todo, incluso la costumbre de montar el Belén en una casa particular: después de los mil obstáculos burocráticos que el empleado del Ayuntamiento objeta, el pobre protagonista opta por renunciar a montar pesebre, pastorcillos y Reyes Magos. Monzó, en cambio, en el relato homónimo al de Andersen, recrea, en un ejercicio metaliterario, la misma historia que el escritor danés, pero dota al personaje de conciencia de ser lo que es, una protagonista de relato de Navidad, lo que la lleva a cuestionarse su papel y a intentar escapar inútilmente de su destino; el relato resulta tan triste, aunque por motivos diferentes, como el original. Clarín, por su parte, en el relato “El rey Baltasar”, nos plantea con crueldad afilada una historia para la noche de Reyes, donde un personaje honesto, que por una vez en la vida y para hacer feliz a su hijo pequeño en esta velada tan especial decide saltarse las normas, es denunciado y castigado de una manera ejemplar por un sistema que, a pesar de ser corrupto, no puede perdonarle el más mínimo tropiezo.

Vemos pues que, si nos apetece leer alguna pieza navideña en estos días de comidas copiosas y de reuniones familiares excesivas, en estas jornadas de buenos propósitos que se estrellan con crudeza contra una realidad más puntiaguda y menos armoniosa de lo que quisiéramos, las posibilidades de escoger lectura son amplias y variadas. Dulces como el turrón de chocolate, difíciles de asimilar como un exceso de asado, irónicas como la sacarina en el café después de bombones y mazapanes o con el sabor amargo de la hiel.

Exactamente como la Navidad, si nos paramos a pensar un poco.

M. Mercè Cuartiella

M. Mercè Cuartiella

Licenciada en Filología. Trabaja en el campo de la gestión cultural. Autora de Germans, gairebé bessons (Premio Llibreter 2012), L'afer marsellès y Gent que tu coneixes (premio Mercè Rodoreda 2014).

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