EL PERFUME (1985) – Patrick Süskind

Autor: Patrick Süskind
Título: El perfume (Das Parfum)
Editorial: Booket
Año: 2016 (1985)
Páginas: 320
ISBN: 9788432229268
Valoración: ★★★★

 

El éxito de la adaptación cinematográfica de la mejor novela de Patrick Süskind, El perfume. Historia de un asesino (Tom Tykwer, 2006), ha hecho interesar a mucha gente por el original en papel. Realmente, sin embargo, la fidelidad de la versión en celuloide es tan grande esta vez que, aquellos lectores curiosos y ávidos de novedades, quedarán bastante decepcionados, ya que película y novela parecen paridos por la misma madre. Eso sí: la pluma del alemán -irònica, culta, sublime- resulta muy lejana de la voz en off del cine, y la naturaleza reflexiva de la novela no termina de trascender en la pantalla. Y es que por encima de todo El perfume es una extraordinaria muestra de lo que podríamos denominar “naturalismo irónico”, una ácida y desengañada visión del hombre y la sociedad, de las relaciones entre los hombres y de las relaciones de los hombres consigo mismos y, por encima de todo, un análisis de cómo nuestro carácter evoluciona condicionado por nuestras características físicas y psíquicas.

En nuestra cultura occidental, siempre se ha considerado el olfato como un sentido de segunda categoría, con el gusto y el tacto. En la Edad Media, en los tratados de moral, tradicionalmente se dedicaba al olfato un espacio más reducido que a los otros sentidos. El monje gerundense Francesc Eiximenis, sin embargo, podría representar una excepción a la regla. Leemos en uno de sus libros que dice sobre los perfumes:

Hay algunas cosas que, cuando son sentidas por personas reverentes, no dan buena presunción en el que las lleva, así como el mosquete, la civeta, la elgalia y el agua-ros (…) Está mal en mujeres honestas, y aún más en religiosas; y no es posible que sean ellas de las mejores, aquellas que usan de estas cosas, ya que antiguamente sólo solían usarlas mujeres viles y mundanas.

Son comprensibles los aspavientos del monje, ya que, bien mirado, antes que el tacto tiene lugar el olfato. La seducción que despliega el olor es inigualable: se instala en nosotros y su poder perdura en nuestra memoria. En pleno siglo XVIII, en París -comienza Patrick Süskind- nació en el lugar más maloliente de todo el reino, es decir, en el antiguo Cimitière des Innocents actualmente reconvertido en mercado de comestibles,

Uno de los hombres más geniales y abominables de una época en la que menudearon las figuras geniales y abominables.

El perfume es la parábola de un hombre que al nacer no olía a nada, pero que en cambio era capaz de percibir y diferenciar cualquier olor que se le pusiera al alcance de la nariz. Su extraña naturaleza lo convierte en un marginado, en un repudiado social. Nadie sabe exactamente por qué, pero desde su madre hasta todos los que tienen alguna relación con él lo odian de manera mortal.

No hace el olor que hacen todos los seres humanos.

Por otra parte, sin embargo, su extraordinaria capacidad olfativa le permite abrirse paso en un gremio que entonces estaba en boga: el de los perfumeros.

Durante aquellos años, los alrededores del Sena y París entero apestaban de manera extraordinaria, y ni siquiera el rey Luis XV podía conseguir librarse del mal olor. Los nobles, por otra parte, todavía no tenían una costumbre higiénica generalizada, y apenas si se lavaban con agua un par de veces al año, por prescripción médica. Así pues, los servicios de un buen perfumero, que hiciera soportable las fiestas en palacio y ocultara el hedor de los efluvios corporales, eran más necesarios que nunca.

Jean Baptiste no tiene dificultades en entrar a trabajar para uno de los más famosos perfumeros de la ciudad, pero su motivación no es ni económica ni social; él pretende algo más personal con ese trabajo. Harto de los olores del mundo, que ya tiene más que conocidas, Jean Baptiste ha descubierto un olor fascinante que le obsesiona: un día, caminando por las calles de París, en medio del habitual corolario de olores fétidos, distinguió un olor nunca sentido. Lo persiguió durante un rato, hasta que al fin lo identificó: era una bella adolescente. Fuera de sí, quiso poseer ese olor, pero acabó por marchitarlo. Cuando se dio cuenta, el cuerpo de ella yacía entre sus dedos. Trágicamente, resultó que para construir su sueño Grenouille se veía obligado a destruir cualquier cosa bella.

Quien domina los olores domina el corazón de los hombres.

Por eso Grenouille quiere crear un perfume sobrehumano, capaz de encantar a quien lo oliera. Aunque no es una labor sencilla: deberá extraer ese olor de personas extremadamente raras, personas que inspiran amor. En el mundo de los olores no hay nada imposible para Grenouille, y a cuenta de la vida de muchas chicas, consigue su objetivo. Lo comprueba al cambiar los sentimientos de miles de personas en la plaza del patíbulo el día de su ejecución. Pero entonces Grenouille, que ha conseguido la fórmula para que los hombres que antes lo despreciaban ahora le quieran, es invadido por una enorme repugnancia hacia la humanidad:

Lo que siempre había querido, que los demás le amaran, le había resultado insoportable en el momento de su triunfo, porque él no los quería, los aborrecía. Y supo de repente que él nunca encontraría satisfacción en el amor, sino en el odio, en odiar y ser odiado 

Estas palabras, correspondientes a la muerte del monje Servulus y consignadas en los Diálogos de San Gregorio, parecen hechas casi expresamente para el final de nuestra novela:

Mientras yacía escuchando en su interior la divina armonía, su alma devota dejó esta vida mortal; en ese instante, todos los persentes notaron un olor muy dulce y delicioso.

Efectivamente, Grenouille, que ha convertido su triunfo en desesperación, se baña literalmente en su perfume y termina en medio de un grupo de deshechos humanos justo allí donde había empezado todo, en el Cimitière des Innocents. Imbuido de su milagrosa fragancia, Grenouille desaparece irónicamente enmedio de un acto de amor, devorado por aquellos que por primera vez en su vida habían hecho algo por amor. Casi podríamos decir que “en olor de santidad”, si no fuera porque sabemos que Jean Baptiste tiene más de demonio que de Santo. No podemos dejar de recordar aquellas palabras de Umberto Ecco al final de El nombre de la rosa y que podríamos traducir por algo parecido a esto: “Al final, todo lo que queda de la rosa es sólo su nombre”.


(*) Publicado originalmente en la revista Míra’m en febrero de 2007 en la sección Històries del guardià de la cripta.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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