LOS BOSQUES IMANTADOS (2016) – Juan Vico

Autor: Juan Vico
Título: Los bosques imantados
Editorial: Seix Barral
Año: 2016
Páginas: 220
ISBN: 9788432227400
Valoración: ★★★

 

Los bosques imantados, del escritor badalonés Juan Vico, arranca con fuerza. Nos situamos en el año 1870, en Francia. Víctor Blum, periodista de un importante diario parisino, viaja en una diligencia hacia el bosque de Samiel, en Saint-Boffon, donde como cada año por estas fechas un grupo de magos, médiums, fanáticos y curiosos del ocultismo se reúnen para invocar las fuerzas curativas del bosque. Durante el largo trayecto, se inicia una animada discusión entre Blum y su compañero de viaje a propósito de las extravagantes teorías de Franz Anton Mesmer y el intento de combinar ciertas doctrinas astrológicas y médicas (Paracelso, Helmut) con las nuevas experiencias con la electricidad y el magnetismo. Es el mesmerismo. Un excelente capítulo introductorio que, como quien no quiere la cosa, nos ha puesto al corriente del fondo teórico (seguramente desconocido de la mayoría de lectores) sobre el que se construye la trama argumental del libro.

Además, ese año tendrán lugar dos hechos que revestirán el acto de una significación especial: en primer lugar, está previsto que la celebración coincida con un fenómeno único, un eclipse lunar. Y en segundo, Locusto, un famosísimo mago alquimista, parece que ha prometido presentarse. Debido a todas estas coincidencias, pues, varios medios de la capital han decidido enviar a la pequeña localidad sus reporteros para cubrir el acto. Como es el caso del propio Blum.

Ahora bien, la intención de Blum no es únicamente la de jugar un papel pasivo en todo el asunto, consignar los hechos para su diario y nada más, sino que parece estar animado de un particular espíritu racionalista que moverá a intentar desenmascarar lo que él considera un charlatán y un hábil estafador. Uno de los pilares sobre los que pivotará la novela, pues, será la confrontación entre estos dos puntos de vista: el supersticioso, encarnado en la enigmática figura de Locusto y sus acólitos, y el racionalista, defendido por Víctor Blum y sus compañeros periodistas. Cabe decir que el planteamiento resulta tremendamente estimulante. La disposición de las piezas sobre el tablero hacía pensar en una trama entretenida y llena de matices, donde Blum tuviera que pelearse con el acérrimo fanatismo de los seguidores del mago, poniendo en peligro su propia integridad si era necesario. Y no sólo eso, Vico pone en juego hábilmente otro contrincante para el cientifismo desinteresado de los hombres de ciudad: la gente del pequeño pueblo de Saint-Boffon, que viven una fe mesmérica más que interesada y ven en el fenómeno y la masa de creyentes que cada año vienen al bosque una buena fuente de ingresos.

Henrik Ibsen, el genial dramaturgo noruego, ya había ensayado en su archiconocida Un enemigo del pueblo (1882) un caso similar: El doctor Thomas Stockmann denunciaba que las aguas del balneario de un pueblo, su fuente principal de ingresos, representaban un riesgo para la salud de las personas, de tal manera que estallaba un conflicto entre los intereses económicos y los sanitarios. De las múltiples lecturas que se pueden hacer de esta obra, algunas de total actualidad, hay evidentemente la que contrapone el racionalismo del hombre de ciencia al interés económico (y hasta cierto punto a la superstición) de la gente del pueblo. Además, la demagogia política, el papel de los medios de comunicación y la manipulación de la opinión pública son temas que, en mayor o menor medida, trambé podemos encontrar en Los bosques imantados.

El catalizador de la acción en la novela es el sacrilegio de una iglesia y el asesinato de uno de los reporteros. Ambos hechos aportan el punto justo de misterio que hacía falta, en un momento en que el lector impaciente ya podía empezar a preguntarse hacia dónde iba el relato. Entonces, nos alejamos de una historia con toques fantásticos y nos acercamos a una típica novela de detectives ambientada en el siglo XIX. Inevitablemente, resuenan ecos del ínclito Sherlock Holmes en estas escenas, pero después de unos capítulos de una cierta inacción, centrados en disquisiciones algo eruditas sobre los fenómenos del bosque o la vida de las personas del pueblo, el lector abrazará con interés la idea de que empiecen a pasar cosas. La combinación de todo ello, sin embargo, se queda a medias. En vez de perseguir a los culpables de la profanación o el asesinato, Víctor parece más interesado en descubrir quién ha conocido realmente el misterioso Locusto, y si realmente hay que esperar su visita al bosque la noche del eclipse o no. Además, alguna trama paralela tiene el inconveniente de apartar la atención de lo que debería ser realmente central en el libro: el bosque.

El autor parece que se olvide del bosque más de lo conveniente, cuando en realidad debería haber sido el auténtico protagonista. Tarda demasiado Víctor en poner los pies en él, y la descripción que se hace carece de misterio. No parece posible que en aquel lugar tengan que pasar muchas maravillas. Vico se ha ocupado tanto de mostrarnos la cara científica del asunto, que el aspecto más fantasioso ha sido desatendido. En ningún momento parece posible imaginar que Víctor Blum esté equivocado, que pueda haber lugar para una sorpresa, para la magia, y eso le resta emoción. Conan Doyle entendió en El perro de los Baskerville (1902) de las posibilidades que ofrecía enfrentar el máximo representante de la lógica deductiva a un enemigo sobrenatural, y terminó haciendo dudar a todos (también al hiperracionalista Holmes) de sus propias convicciones, gracias a una ambientación sugerente y llena de misterio hasta el final.

Precisamente el final es uno de los momentos más controvertidos de nuestra novela. La obra va tejiendo, de forma irregular, una cierta tensión dramática, unas expectativas, que sin duda el lector espera que tengan una feliz resolución al final del libro. Pues bien, el desenlace es ciertamente sorprendente, pero no en la medida que se espera. De hecho, algunos han hablado de anticlímax. No está mal visto. Víctor Blum lee a lo largo de la novela el libro de Julio Verne Viaje a la luna, libro que acaba con una falsa resolución. ¿Una advertencia al lector, tal vez? En cualquier caso, debo confesar que no ha sido muy de mi agrado. La gracia de las novelas de misterio es que al final el lector tenga la impresión de que había tenido la resolución del caso al alcance de la mano, que sólo tenía que haber unido los puntos hábilmente y eso le habría conducido al esclarecimiento de todo. Pero no es el caso de Los bosques imantados, donde la resolución es demasiado compleja, inesperada y fortuita.

Quizás se deba a que no es una novela de misterio, strictu sensu. Ni tampoco es, evidentemente, una novela de terror. Ni fantástica. ¿A qué género debemos adscribirla, entonces? La indefinición, en más de un aspecto, personalmente pienso que ha jugado en contra de esta novela. Es posible, sin embargo, que la sensación agridulce del final se deba simplemente a que esperaba demasiado del libro, tras la magnífica apertura. El maravilloso título, ya de por sí, había tenido en mí un efecto magnético y las primeras páginas, si era posible, habían ocasionado que las expectativas fueran aún más altas. Me había atrapado, vaya. Pero la sensación, a medida que avanzaba en la lectura, ha sido que el efecto estimulante se diluía y que las tramas no discurrían por los lugares más adecuados. A la larga, ni siquiera la prosa elegante de Vico, sin duda uno de los puntos fuertes de la novela, ha sido suficiente para mantener la tensión. En definitiva, se constata poco a poco que no será una novela excelente y que nos tendremos que conformar, en el mejor de los casos, con una buena novela.

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Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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