CARMILLA (1872) – Joseph Sheridan Le Fanu

Autor: Joseph Sheridan Le Fanu
Título: Carmilla (Carmilla)
Editorial: Siruela
Año: 2015 (1872)
Páginas: 105
ISBN: 9788416465200
Valoración: ★★★★

 

Los seguidores habituales del blog ya sabéis que aquí tenemos una cierta debilidad por las historias clásicas de fantasmas. Y en especial para las de vampiros. Carmilla, del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu, uno de los clásicos del género vampírico, era sin embargo una de las lagunas más flagrantes que teníamos. Hasta hoy. De hecho, ya hace mucho tiempo que un ejemplar de este libro estaba instalado en mi pila de pendientes (seguro que quien me lo dejó ya ni se acuerda…), pero por A o por B, siempre iba retrasando su lectura. La publicación de la extraordinaria edición ilustrada por Ana Juan en la editorial Siruela y una visita a Gigamesh, sin embargo, fueron el estímulo definitivo que me faltaba para leerlo de una vez.

Carmilla tiene la fama de ser uno de los primeros cuentos de vampiros, y aquel que une indeleblemente el elemento terrorífico con el sensual. 25 años anterior al famoso Drácula de Stoker, algunos han querido relacionar buena parte de las peripecias del desgraciado Jonathan Harker en el castillo del conde con las tres vampiresas con las aventuras de Laura y Carmilla en este relato. ¿Erotismo? ¿Homosexualidad? Estamos a finales del siglo XIX y por mucha polvareda que pudiera levantar esta historia entonces, no la podemos abordar pensando encontrar escenas de un lesbianismo explícito ni nada parecido. Sí es cierto, sin embargo, que el autor se aproxima (con clase y refinamiento) al tema de la sexualidad femenina, convirtiéndola en parte intrínseca del juego vampírico de seducción.

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Carmilla es un relato corto. Un cuento, casi (idea que aparece reforzada en la edición de Siruela por las magníficas ilustraciones en blanco y negro). Nos cuenta en 1ª persona la historia de Laura, una chica joven y tierna que vive con su padre en un castillo en Estiria, en Austria. El temperamento hipersensible de la jovencita la hace proclive a la tristeza, más aún en aquellos páramos donde no hay nadie de su edad que pueda hacerle compañía. Un accidente fortuito, sin embargo, hará que ella y su padre acepten acoger durante un tiempo en su casa una misteriosa visitante: otra niña, de aproximadamente su edad, bellísima y encantadora. Carmilla.

A partir de aquí, y si no fuera un anacronismo, podríamos hablar sin tapujos de verdaderas interpretaciones freudianas en la obra, ya que el autor da mucha importancia a los procesos psicológicos de las dos chicas y al mundo de los sueños.

Mademoiselle De Lafontaine -en virtud de que su padre era alemán, y los alemanes tienen fama de psicólogos, metafísicos y un poco místicos- afirmaba que cuando la luna brillaba con luz tan intensa, es bien sabido que ello es signo de una actividad espiritual especialmente impetuosa.

Carmilla y Laura, Laura y Carmilla, parecen conectar extrañamente, como si ya hiciera mucho tiempo que se conocían. Es en este (re)conocimiento que asistimos a los momentos de máxima sensualidad. Los juegos, la admiración, el cariño… se hacen cada vez más ambiguos y a menudo parecen sobrepasar los límites de la amistad para adentrarse en terreno prohibido (por las convenciones). Sobre todo en el caso de Carmilla, mucho más activa en este ritual de seducción. No en vano es la auténtica depredadora (también sexual) de la pareja.

A veces, después de una hora de apatía, mi extraña y hermosa compañera me cogía la mano y la estrechaba una y otra vez con cariño, sonrojándose levemente; me miraba fijamente con ojos a la vez lánguidos y ardientes, y respiraba tan agitadamente que su vestido palpitaba con ella. Era como el ardor de un enamorado, y me avergonzaba. (…) -Deberás venir conmigo y amarme hasta la muerte; o quizá me odies, pero aun entonces tendrás que venir conmigo y ordiarme hasta la muerte y más allá; en mi naturaleza apática no existe la palabra indiferencia.

Es así, pues, como se establece (más sutilmente al comienzo del relato, de forma mucho más explícita hacia el final) una dependencia emocional entre las dos chicas, que no pasa desapercibida al resto de personajes, empezando por el padre de Laura, que no puede evitar fraguar un temor creciente por la naturaleza de aquella invitada, tan misteriosa.

De hecho, mientras una parte del relato se centra en la relación entre las dos chicas, paralelamente el autor nos hace partícipes de los actos sobrenaturales que tienen atemorizados a los habitantes de la región. Al parecer, una extraña epidemia se ha empezado a cobrar la salud, y posteriormente la vida, de algunas jovencitas de los alrededores. Para el lector moderno, los síntomas no serán ningún secreto: lividez, unos pinchazos en el cuello, sonambulismo… Cuando Laura empieza a sufrir los mismos síntomas, su padre decide ponerse manos a la obra.

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El relato resulta cautivador en buena parte del libro, si bien es cierto que quizás el desenlace sea algo abrupto. Cuando resulta que nos hemos habituado al estilo sugerente y a los misterios, el autor despacha el cuento con un exceso de datos empíricos y razones lógicas, más en la línea de la resolución de un caso de Sherlock Holmes que a lo que nos esperaríamos de una historia tan vaporosa y extraña como esta. A pesar de ello, sin embargo, que podría muy bien ser una apreciación únicamente personal, hay que recomendar muchísimo esta pequeña joya de la literatura universal. Y si puede ser en la edición ilustrada por Ana Juan (con las ilustraciones a un lado y el relato de Le Fanu al otro, no me he podido sustraer de la sensación que estaba degustando uno de los cuentos del mejor Tim Burton) mejor.

Carmilla es un relato exquisito, que prefigura una de las grandes características asociadas modernamente al tema del vampiro: el erotismo. Si El vampiro de Polidori unió para siempre el monstruo con la clase aristocrática (la sangre, siempre la sangre), la Carmilla de Le Fanu lo ha hecho un depredador sexual por los siglos de los siglos. En la misma época que Shelley huía con su amante Mary Godwin de la presión social inglesa y Byron esquivaba por los pelos el destino que la conservadora sociedad victoriana había dispensado a otros perversos como Oscar Wilde por irse a la cama con su propia hermana, Le Fanu recurría a la ficción para desafiar los convencionalismos y los tabúes sexuales, y demostrar que la fantasía, a veces, es la única manera de hacer frente a la realidad

No hagáis como yo. No retraséis su lectura.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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