Artículo: La Mancha era una fiesta (2a parte)

La segunda parte no le va a la zaga a la primera, desde las identidades diversas del bachiller Sansón Carrasco –Caballero de los Espejos, del Bosque o de la Selva (2, XI-XII), o de la Blanca Luna (2, LXIV)- y de su escudero, el aldeano Tomé Cecial. O la aparición de aquellos que se dedican a vivir de la representación, la compañía de  actores (2, XI), o Maese Pedro, el mono y el retablo de Melisendra (2, XXV-XXVI), o incluso aquellos que trasladan los relieves de los Santos Caballeros (2, LVIII). Un ideal horaciano de vida retirada parece llevar don Diego de Miranda, el caballero del Verde Gabán, un caballero labrador y rico que se nos muestra como uno de los escasos personajes decorosos de toda la novela, y por eso quizás el más extravagante.

Todos los habitantes de un villorrio se disfrazan y equipan de guerreros para llevar a cabo la guerra del rebuzno contra un pueblo vecino (2, XXVII), existen justas  en Zaragoza y Barcelona, donde hidalgos pacíficos se visten de caballeros y participan en competiciones anacrónicas y donde en unas bodas campesinas como las de Camacho (2, XIX-XX) se llevan a cabo representaciones descomunales y los amantes despechados como Basilio son capaces de crear una fantasía trágica que se transforma en comedia. Si eso hacen los aldeanos, no es extraño encontrar  nobles que parecen solo vivir para la broma y la representación. Las aventuras en el palacio de los Duques, a partir del capítulo XXX encadenan un sinfín de mascaradas, cuchufletas y fiestas de disfraces que parecen no tener fin: Merlín, la condesa Trifaldi, Clavileño o Altisidora dominan una serie de episodios que van a culminar con el gobierno de Sancho en la ínsula; allí la vida es puro teatro, mentira convertida en verdad, pero también teatro dentro del teatro, como cuando en su ronda nocturna Sancho, gobernador, (2,XLIX) descubre a la hija de don Diego de la Llana vestido de hombre y a su hermano, vestido de mujer. O a su viejo amigo Ricote, morisco, disfrazado de peregrino alemán que vuelve a su tierra a buscar sus tesoros enterrados. La mascarada se impone, para la fiesta o para la supervivencia.

Escapados finalmente de ese mundo de locos que es el palacio de los Duques, don Quijote y Sancho se encontrarán a un grupo de pastores y pastoras (2, LVIII), gente principal y muchos hidalgos que han decidido ir al campo a vivir una Arcadia fingida y gozar del recitado de las églogas de Garcilaso. En el camino toparán con Roque Guinart, un bandolero de verdad, y ante este se presentará Claudia Jerónima (2, LX), una mujer desairada disfrazada de hombre que, por error y celos, matará a su enamorado.

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Ya en Barcelona, la fiesta continúa, y el ilustre caballero es acogido por Antonio Moreno (2, LXII), que dedica parte de su tiempo a montar complejas estructuras que tienen el único fin de propiciar engaños y situaciones cómicas; o conocerán la historia de Ana Félix, la hija de Ricote (2, LXIII), también disfrazada de hombre mientras su enamorado, Gaspar Gregorio, la espera en tierras argelinas disfrazado de mujer.

En el regreso hasta su aldea vivirán la resurrección de Altisidora (2, LXIX) y volverán a sufrir las teatrales bromas de los Duques, que

No estaban dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos (2, LXX).

No será extraño que don Quijote y Sancho quieran vivir, con tantos émulos de Salicio y Nemoroso como se han encontrado, una vida pastoril como Quijótiz y Pancino, idea que no desagrada ni al bachiller Sansón Carrasco ni al cura (2, LXXIII), o Sansonino y Curiambro, si atendemos a las propuestas planteadas.

Teatro por los caminos y las ventas, mascaradas encadenadas, disfraces constantes, travestismo desencadenado, pastores y caballeros, galeotes disfrazados de titiriteros, curas y barberos que se quieren vestir de mujer, damas que se muestran como princesas caballerescas, gente de alcurnia que vive una fantasía pastoril, bachilleres que se convierten en caballeros, moriscos que se disfrazan de peregrinos, pueblos enteros que se pertrechan para la guerra por un quitarme allá un rebuzno, enmascarados y embozados, disciplinantes y encamisados. La tragedia y el sainete, la broma y la amargura se entremezclan en una gran farsa que parece no tener fin. Don Quijote está loco, o lo parece, o lo finge; tanto da. En este mundo de carnaval parece ser uno de los más activos de la charada; pero solo uno más.

Sí, la Mancha era una fiesta que parecía no acabarse nunca.


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Joan Manuel Soldevilla

Joan Manuel Soldevilla

Catedrático de lengua y literatura españolas. Profesor en secundaria. Es autor, entre otros, de los ensayos Som i serem (tintinaires) y Àngel Puigmiquel. Una aventura gráfica.

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