ICTIANDRO (1928) – Alexandr R. Beliaev

Autor: Alexander R. Beliaev
Título: Ictiandro (Александр Беляев) [1]
Editorial: Raduga
Año: 1989
Páginas: 189
ISBN: 978-5-05-002123-6
Valoración: ★★★★

 

Alexander Románovich Beliaev es uno de esos autores de ciencia ficción que todavía quedan bastante desconocidos en nuestro país, aunque algunos de sus relatos han aparecido en alguna antología. Beliaev no tuvo una vida fácil -fràgil de salud como era- y la literatura de evasión fue su manera de huir de la realidad que la rodeaba.

Hijo de un clérigo ortodoxo, Beliaev nació en 1884 en Smolensk. Su padre le hizo estudiar en un seminario para que continuara la tradición eclesiástica de la familia, pero el joven pronto abrazó el ateísmo. Dejó los estudios en el seminario y se dedicó a la jurisprudencia, al teatro y a la música. Hasta los treinta y cinco años Beliaev llevó una vida ciertamente cómoda y feliz, pero la tuberculosis le atacó con fuerza a esa edad y nunca más fue el mismo. Prácticamente paralítico y teniendo que pasar largas temporadas en sanatorios de Crimea y el sur de Rusia, se aficionó a la literatura de ciencia ficción -que hasta entonces casi ni conocía- y estas lecturas tardías de Verne o Wells fueron las que influyeron en su obra literaria. En este sentido incluso en 1934 se encontró personalmente con H.G. Wells cuando éste visitó Leningrado. Sus relatos El último habitante de la Atlántida (1925), El Hombre-anfibio o Ictiandro (1928) -del que hablaremos a continuación- o El laboratorio de Dowell (1938) son una buena muestra de su talento como escritor del género.

Habiendo perdido una hija debido a la meningitis y prácticamente sin poder moverse de la silla debido a su enfermedad, la escritura fue para él su salvación. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial cortó de golpe su carrera. Murió de frío y de hambre a principios de 1942 debido al terrible asedio alemán en la ciudad de Leningrado.

El Hombre-anfibio o Ictiandro fue publicado en 1928. Una de las particularidades de esta obra es que -a diferencia del resto de relatos de ciencia ficción soviéticos de aquella época- la acción no se sitúa en territorio soviético sino en un país tan lejano como Argentina. Ignoramos qué motivos indujeron Beliaev a hacer esta elección, pero esto no fue impedimento para que el autor introdujera dentro del relato conceptos del materialismo científico marxista, como todo buen escritor soviético tenía que hacer si quería ver sus textos publicados. En el caso de El Hombre-anfibio, este aspecto ideológico está presente en los experimentos científicos para mejorar las condiciones de vida humanas (se suponía que el racionalismo marxista aplicado a la ciencia crearía una especie de Hombre Nuevo).

En las costas argentinas aparece un ser extraño, un humano que habita bajo el agua y que ataca los pescadores y los cazadores de perlas. Un capitán -Pedro Zurita- quiere capturar ese “diablo marino” para utilizarlo en la recolección de perlas. En la búsqueda del ser se descubre que de noche se esconde en una cueva submarina que conduce bajo la casa de un tal doctor Salvator. El “diablo marino” resulta ser Ictiandro (palabra compuesta del griego “pescado” y “hombre”), un indio que fue adoptado por Salvator cuando era pequeño y estaba gravemente enfermo de los pulmones. El doctor -para salvarlo- le implantó unas branquias de tiburón pero esto condicionó la criatura, que desde entonces tuvo que pasar mucho tiempo cada día en el agua. Cuando estaba en el suelo habitaba en el subterráneo del doctor Salvator, donde éste hacía experimentos con animales (aquí Beliaev bebe directamente de La isla del Doctor Moreau de H.G. Wells) no con una finalidad maléfica sino para encontrar remedios y mejorar las condiciones de vida de la población indígena del país.

El capitán Zurita logra capturar a Ictiandro y el doctor Salvator es denunciado a las autoridades por haber experimentado con un ser humano. Al mismo tiempo, el obispo local pide que Ictiandro sea ejecutado como manifestación diabólica que parece ser (el ateísmo de Beliaev y las campañas antirreligiosas del comunismo soviético aparecen aquí denunciando el fanatismo religioso). Salvator, antes de ser encarcelado, envía Ictiandro a una isla donde puede estar protegido.

Beliaev nos plantea pues el problema de la ética de los experimentos con seres humanos. ¿Es lícito realizarlos? La respuesta del escritor es clara: si sirven para mejorar las condiciones humanas, sí. Ésto, que hoy nos parece muy reprobable, no lo era para los utopistas comunistas de principios del siglo XX.


[1] Tengo que agradecer al amigo y rusófilo Oriol Ribas que me haya permitido adaptar una entrada de su blog Rússia al cor para confeccionar estas reseñas especiales para El Biblionauta.

Oriol Ribas

Oriol Ribas

Rusófilo. Estudioso de la Historia y la Filología Eslava. También escribe en @Historieseuropa.

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