EL FANTASMA DE LA ÓPERA (1910) – Gaston Leroux

Autor: Gaston Leroux
Título: El fantasma de la Ópera (Le Fantôme de l’Opéra)
Editorial: Tusquets
Año: 1998 (1910)
Páginas: 328
ISBN: 9788483106068
Valoración: ★★★★★

 

George du Maurier fue, aparte de un conocido ilustrador, el autor de Trilby (1894), considerada el primer best seller de la época moderna. La novela cuenta la historia de la bella Trilby O’Ferrall, modista y musa de unos pintores ingleses del siglo XIX, y de cómo se convirtió en la mejor cantante del mundo después de ser hipnotizada por el malvado músico Svengali. Parece que du Maurier había ofrecido el argumento de esta historia a su amigo Henry James (al que había ilustrado alguna de sus obras), pero que James la había rechazado. Sin duda, du Maurier tuvo que agradecer en el futuro esta decisión y, sin duda también, Henry James se debió arrepentir más de una vez al comprobar el enorme éxito de público y de crítica que tuvo la obra de su colega.

Tenemos constancia de las palabras de du Maurier una vez terminada su novela:

Desde el momento en que se me ocurrió el nombre de Trilby comprendí su capital importancia. Me debí de sentir tan feliz como Thackeray cuando se le apareció el título de Vanity Fair.

La “trilbymania” duraría todavía muchos años, después de la aparición de la novela. Al menos hasta 1911, año en que Gaston Leroux la usaría como fuente para su archifamosa El fantasma de la ópera. La relación entre la bella, ingenua y extraordinaria Trilby y el perverso, repugnante y genial músico Svengali, que la convierte gracias a la hipnosis en la mejor cantante de ópera del mundo, son el caldo de cultivo a partir del cual Leroux construye los personajes centrales de su novela: Erik, el Fantasma (esa especie de Ángel de la Música) y la joven diva de la Ópera parisina Christine Daaé. También aquí el Fantasma, como Svengali en la obra de du Maurier, usa sus malas artes (en el umbral de lo que es la brujería y la magia negra) para ensalzar la bella e ingenua Christine a costa de la hasta entonces “prima donna” Carlotta, que cae en una extraña (y oportuna) enfermedad, que la imposibilita para actuar.

Pero Leroux teje una sugerente biografía para su oscuro protagonista que va mucho más allá del Svengali de du Maurier. Aparte de los rasgos más conocidos para todos (aquellos que el cine se ha encargado de inmortalizar y trivializar a través de sus numerosas adaptaciones: la deformidad del rostro del Fantasma, oculto tras una máscara; su hogar, los subterráneos de la Ópera parisina, etc.), Leroux nos cuenta en su novela que Erik, el nombre que hay detrás del mito, nació en una pequeña ciudad de Rouen, de donde huyó muy pequeño debido al horror que su rostro deformado provocaba a sus padres.

¿Por qué lo hizo Dios tan feo?

De ahí fue a parar a una feria de monstruos (de freaks, diríamos hoy), donde fue expuesto vergonzosamente como lo sería El hombre elefante de David Lynch, con el reclamo de “el cadáver humano”, debido a su cara de calavera. Afortunadamente, consiguió escapar, y entonces comenzó una serie de viajes que lo llevaron por todo el mundo, donde consiguió una gran pericia acrobática y musical. Igualmente, se convirtió en un experto ventrílocuo. Por otra parte, su vertiente más oscura también nos es relatada cuando se nos cuenta que fue asesino personal del Sha de Persia, para el que construyó sofisticadas trampas e instrumentos de tortura.

En París, Erik usó todas estas habilidades para construir la Ópera Garnier, debajo de la cual consiguió de ocultar un auténtico intrincado de pasillos laberínticos que constituyeron su hogar. Allí tenía pensado de ocultarse a la mirada de todos:

Soñó hacerse una mansión desconocida para el resto del mundo y que la ocultaría para siempre a la mirada de los hombres.

Pero su debilidad por la música lo llevó a visitar a menudo la Ópera, caracterizado como un fantasma y oculto tras una máscara. Usando la violencia y el chantaje conseguía todo lo que se proponía, y no vacilaba en eliminar los que se le ponían delante. Su conocimiento de todos los rincones del edificio pronto lo convirtió en un mito entre los empleados de la Ópera, que vivían aterrorizados por el misterioso inquilino que ocupaba, sin dejarse ver de nadie, el palco número 5, siempre reservado.

La ambivalencia del fantasma (bueno, sensible, a la vez que cruel y malvado) la acerca irremisiblemente al monstruo de Frankenstein, de Mary Shelley: su deformidad física, compensada por una sensibilidad superior; la incomprensión que su aspecto provoca en los demás; la maldad como un ingrediente adquirido a través de las humillaciones y vejaciones infligidas por la sociedad, etc. Pero las semejanzas no terminan aquí: tanto el monstruo de Mary Shelley como el Fantasma de Leroux conocen el amor a través de Goethe, el gran romántico alemán. Así, mientras el solitario monstruo de Frankenstein saborea Las desventuras del joven Werther, la gran tragedia romántica del maestro de Hesse, Erik, el Fantasma, descubre el amor literalmente en la figura de la hermosa y maravillosa Christine Daaé, que interpreta el papel de Margueritte en la representación del Fausto de Gounod (ópera inspirada en el mastodóntico poema homónimo de Goethe).

El triángulo amoroso formado por el Fantasma, Christine y Raoul, el verdadero amor de juventud de la diva, irá entretejiendo paulatinamente el argumento de la obra, una especie de in crescendo musical que nos llevará hasta el final, espléndido, trágico y grandioso, como sólo puede ser el final de las mejores óperas. Así pues, asistiremos con el ánimo dividido a cómo el amor se revela al final como la única arma capaz de vencer al invencible Fantasma. Erik abandona este mundo habiendo dejado un camino de sangre y destrucción, pero también de genialidad.

¿Se le ha de compadecer? ¿Se le ha de maldecir? No pedía nada más que ser un hombre como los demás.

Las palabras del narrador-espectador resultan de una gran elocuencia, quizás excesiva. Erik fue otro de esos héroes desarraigados e incomprendidos hijos de la pluma de los últimos románticos europeos. El resultado de sus particulares circunstancias vitales y físicas. Seguramente habría deseado ser como todos los demás, pero no lo fue. Erik fue único, extraordinario. Incluso después de muerto, cuando no quedaba de él más que un puñado de huesos polvorientos, el autor se resiste a tratarlo como un cualquiera:

No es un esqueleto normal y corriente.


Publicado originalmente en catalán en la revista Míra’m en abril de 2007 en la sección Històries del guardià de la cripta.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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