EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA (1936) – H. P. Lovecraft

Autor: Howard Phillips Lovecraft
Título: En las montañas de la locura (At the Mountains of Madness)
Editorial: Valdemar
Editor: Juan Antonio Molina Foix
Año: 2007 (1936)
Páginas: 120 [dentro Narrativa Completa, vol 2, p. 365 a 485]
ISBN: 9788477025870
Valoración: ★★★★

 

El pasado mes de enero me propuse leer la maravillosa edición anotada de la Narrativa completa de Lovecraft, hecha por la editorial Valdemar, y reseñar cada mes uno de los relatos más populares. Doce meses más tarde, puedo decir que la misión ha sido cumplida. Tras el de hoy, la mayoría de los relatos más conocidos que, de una u otra forma, tienen que ver con aquellos mitos de Cthulhu inventados por Lovecraft, habrán sido analizados en este espacio. Un hito que me llena de orgullo y satisfacción personal, y que deseo que haya gustado a los lectores que de vez en cuando visitan la nave del Biblionauta.

Hoy, pues, es un día especial. El final de un proyecto, de un viaje que ha durado casi una vuelta al sol. Por eso he querido también acabar con uno de los títulos más especiales del autor, En las montañas de la locura. Esta narración contiene algunas singularidades, respecto al resto de obras de Lovecraft. Adecuada, pues, a un día como este.

En primer lugar, se trata de uno de los relatos más largos de su narrativa y de la única novela que escribió. Por eso apareció originalmente publicada en tres entregas en Astounding Stories, a lo largo de 1936. Algunos la han querido considerar una especie de secuela de Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1838) de Poe, pero no parece que sea exactamente así. Es sabida la admiración que el de Providence profesaba por su compatriota, pero las referencias que aparecen aquí a Poe y la mención al grito “Tekeli-le” (que sale en el relato mencionado del de Boston), seguramente deberían interpretarse más bien como un sentido homenaje.

En En las montañas de la locura Lovecraft nos narra en uno de sus acostumbrados flashback, la expedición de un grupo de científicos de la Universidad de Miskatonic a la Antártida. Al parecer, aquellas latitudes fascinaban Lovecraft, que odiaba las bajas temperaturas, y le debían parecer el lugar más adecuado del mundo para situar uno de sus relatos de terror más brutales.

La novela recoge en su inicio buena parte de las informaciones llevadas por las diferentes exploraciones científicas que se habían aventurado a ir allí (Byrd, Scoresby, Amundsen). A medida que el relato avanza y que los expedicionarios van descubriendo extraños restos arqueológicos que los remiten a los mitos que conocen consignados en libros como el Necronomicon (custodiado en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic), el autor bascula su interés de la profusión en los aspectos más técnicos de la expedición a la etnografía, la geología y la arqueología, terrenos en los que Lovecraft estaba interesado y se informaba.

Los relieves que encontrarán los supervivientes grabados en las paredes de aquel lugar de espanto son una detalladísima crónica de la historia de nuestro mundo, o de la prehistoria sería más correcto decir. Las eras geológicas anteriores a las consignadas en los libros, aquellas que son un misterio para los científicos que se retrotraen al origen de la creación del propio planeta, son el escenario de la ficción lovecraftiana, los de la aparición de los Antiguos y la prole de Cthulhu. Lovecraft nunca había sido tan claro como en este relato sobre el origen de estas especies ni nos había proporcionado tanta información. Y de los shoggoths y de los mi-go y de las ciudades perdidas y… Cualquiera que esté interesado en los secretos de la prehistoria de nuestro mundo (según los mitos de Lovecraft) no puede dejar de leer este relato.

Era curioso observar en las batallas representadas que tanto los seres de la freza de Cthulhu como los mi-go eran de una materia mucho más ajena a la que conocemos que la sustancia de los Antiguos. Eran capaces de transformaciones y reintegraciones imposibles para sus adversarios, y por tanto parecían provenir originalmente de abismos aún más remotos del espacio cósmico. Los Antiguos, salvo su anormal dureza y sus peculiares propiedades vitales, eran estrictamente materiales, y debieron de tener su origen absoluto dentro del continuo espacio-tiempo conocido; mientras que las fuentes primeras de esos otros seres sólo pueden sugerirse en voz baja.

Más allá de estos medios destinados a otorgar verosimilitud a la historia, Lovecraft también destaca por la ambientación. Resulta espectacular con la lentitud que nos va ofreciendo los detalles, que nos hace entrar en el mundo de espanto que acaban de descubrir sus exploradores. Sin duda, todo ello tiene que ver con la curiosidad, que a menudo se convierte en el motor de los relatos del Abuelo: aquella curiosidad tan humana que es la que lleva unos científicos a jugarse la vida en aquel desierto helado; la curiosidad que mueve los ojos y la mano del lector a seguir avanzando, también, a pesar de tener el corazón en un puño y la lengua pegada al paladar. ¿Una paradoja? Evidentemente. Lovecraft es (leer a Lovecraft es) un desafío a la razón.

Realmente todo lo de los mensajes de radiotelegrafía es un recurso muy cinematográfico y que tiene que ver con aquella calidad que atribuía Jorge Luis Borges al de Providence, de esconder al monstruo, de mantenerlo encerrado en el armario y jugar con el terror de la simple anunciación. Siempre es mucho peor lo que no se ve. Ahora bien, hay que advertir que toda esta contención, en aras de un mayor dramatismo, acaba estallando en un auténtico baño de sangre, como pocas veces hemos podido leer en este autor.

Por eso mismo, a causa de estos aspectos tan modernos, sorprende saber que esta obra no ha sido nunca llevada al cine (aunque resulta evidente para cualquier amante al género las influencias que ha ejercido sobre filmes de culto como Alien, de Ridley Scott o La cosa, de John Carpenter, entre otros). Pero no todo está perdido: algunas noticias apuntan a que Guillermo del Toro está trabajando en ella. Cuesta imaginar un candidato mejor que él para esta tarea.

En las Montañas de la locura pone luz a muchas de las tinieblas de los Mitos que hemos ido leyendo a tientas hasta ahora. Al terminar de leerlo, hemos accedido a un nuevo grado de comprensión del Todo lovecraftiano. Ha sido precisamente por eso que he decidido dejar este relato para el final, porque ahora, sabiendo lo que sabemos de toda aquella civilización anterior a nosotros y a nuestra historia, no me puedo imaginar nada mejor que empezar a leer de nuevo todos y cada uno de los relatos de la narrativa de Lovecraft, otra vez, sí, pero ahora a la luz de estos nuevos conocimientos. De esta verdad revelada.

El terror de Lovecraft no tiene forma, ni final. No se acaba nunca.

¡Estáis invitados, pues, a recomenzar!

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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