Round #3: MAFALDA VS. CHARLIE BROWN

 

Título: 10 Años con Mafalda
Guión: Quino
Dibujo: Quino
Editorial: Ediciones de La Flor
Año: 2005 (1991)
ISBN: 9789505156757
Valoración: ★★★★
Título: Snoopy y Carlitos (Peanuts)
Guión: Charles M. Schulz
Dibujo:  Charles M. Schulz
Editorial: Editorial Planeta
Año: 2005
ISBN: 8467404760
Valoración: ★★★★★

APERTURA: Si agarrásemos un micro y saliéramos a la calle —por favor, señores de producción, yo vestido de CQC—  para pedir a los transeúntes que asociaran un personaje de cómic con un país, probablemente a Francia asociarían Astérix, a Bélgica Tintín, a España Mortadelo y Filemón. ¿Y a Argentina? No hay duda, apuesto mi recién adquirida réplica en miniatura de Aston Martin a que sería Mafalda: esa niña curiosa que nos hace reír, pensar, sonrojarnos… esa niñita cándida, tierna y por momentos tan madura que parece la delegada repipi de la clase.

Si bien es verdad que Quino ya llevaba unos años en el humor gráfico antes de Mafalda y que ha seguido dibujando viñetas fantásticas después de ella, es un hecho incontestable el peso de esta niña contestona como icono pop de la izquierda antibelicista, antiracista, antifascista y anticomunista del siglo XX. Pocos se atrevieron en los sesenta y setenta a criticar con la misma intensidad la política exterior yankee y los países comunistas —pienso también en Nicanor Parra—.

Pero ya sabéis cómo es el Biblionauta, quiere vernos al maestro Soldevilla y a mí peleándonos, como un Todopoderoso en las Secret Wars que presencia el combate para tratar de entender el alma humana. Y además no nos deja practicar la lucha libre, sino que nos hemos de ceñir a la reseña de un libro del personaje defendido. Por ello tengo en mis manos un ejemplar argentino de la antología titulada 10 años con Mafalda —editado por Ediciones de la Flor en el 91— en el que se pueden encontrar las más célebres viñetas de la archiconocida creación de Joaquín Salvador Lavado, AKA Quino —hijo de exiliados andaluces republicanos— con una estupenda entrevista, a cargo de Rodolfo Braceli, a modo de prólogo.

El origen de Mafalda nos lo explica el propio Quino en esta entrevista. Nos cuenta que recibió una oferta de una agencia publicitaria para crear una tira cómica en la que apareciera publicidad encubierta de la marca de electrodomésticos Mansfield. Las directrices que le habían dado eran que apareciera una familia tipo de la Argentina de los sesenta y que cuando la madre o los niños abrieran la nevera, apareciese el nombre de la marca de manera sutil  (vaya, como cuando en Los Serrano colocaban el cartón de leche Pascual en la mesa del desayuno). Fue ahí, en ese encargo, donde surgió el embrión de Mafalda. Los periódicos se negaron a comprar las historietas al ver el engaño publicitario que contenían y Quino se quedó sin trabajo. Esas viñetas, con algún pequeño retoque, acabaron apareciendo en el suplemento cómico de la revista Leoplán, dirigido por el también dibujante Miguel Brascó.

mafalda

La Mafalda que conocemos apareció en la revista Primera Plana en 1964, después en el diario El Mundo (el de Argentina, no el de Pedro J.) y posteriormente en la revista Siete días ilustrados. Hay que tener en cuenta que las revistas Primera Plana y Siete días ilustrados eran revistas serias, sesudas. Primera Plana imitaba a Le Monde o Times. El símil español sería Diario16. Pero el bombazo ocurrió cuando el señor Divinsky de Ediciones de la Flor le convenció para publicar las tiras cómicas de la niña argentina en un librito. La primera edición de cinco mil ejemplares se agotó en tan sólo dos días.

Diez años estuvo Quino dibujándola hasta que se cansó de ella. En la entrevista repite un par de veces que no reniega de Mafalda, pero entre líneas se pulsa la misma mala leche que aparecía en el rostro de Sabater Pi cuando algún avispado periodista le recordaba que su mayor logro había sido el de encontrar al gorila blanco. Se intuye, creo yo, el rechazo de quien se ve eclipsado por su propia creación. Quino afirma no echar de menos a Mafalda debido al excesivo trabajo que le comportaba. Asegura en la entrevista que

Si Mafalda quiere vivir, allá ella. Yo también quiero vivir y en eso estoy.

Las tiras de Mafalda concluyen con un toque de humor, de reflexión, incluso de ironía cándida. El gancho, ese final que descoloca, Quino lo consigue por diferentes procedimientos. El principal es el de enfrentar a una niña de una ética incorruptible (sí, vale, y a veces un poco repelente) frente a los convencionalismos, las contradicciones, las maldades o las miserias —según lo ácido que estuviera aquel día— del género humano en general y de los adultos en particular. Mítica es la tira en la que señalando la porra de un policía le dice a Miguelito:

Este es el palito de abollar ideologías.

O la tira de una única viñeta que Quino publicó el día después del golpe de estado en el que Mafalda, con una profunda tristeza y desilusión en la cara dice:

mafalda dia després del cop d'estat militar

En las primeras tiras Mafalda aparecerá acompañada tan sólo de su padre. Un hombre íntegro y un pelín desastre que representa al padre de familia de clase media argentina de la época. Será suficiente al principio para contraponer el comportamiento adulto con la mirada ingenua de la niña que cree y cumple a pies juntillas las directrices morales que le enseñan los mayores. A medida que el tema se va agotando Quino irá introduciendo poco a poco al resto de personajes; desde su madre hasta su última creación en el universo Mafalda: Libertad —mi personaje favorito—.

Mafalda i Libertad

La aparición de las viñetas en la antología 10 años con Mafalda no es cronológica. Las tiras cómicas se aglutinan en diferentes apartados temáticos: La familia. La calle. El colegio. Así va el mundo. Mafalda y la sopa. De vacaciones. T.V. Guille. Susanita. Felipe. Manolito. Miguelito y, por último, Libertad.

En tiras de tres o cuatro viñetas, Quino nos hará reír, pero también —si el día es lluvioso o estamos algo blanditos— nos pellizcará en la boca del estómago, nos dará un tironcito en el corazón, o nos  agitará la conciencia por nuestra inacción.

¿Peanuts? Sí, claro, Mafalda debe mucho a Charlie Brown. Tantas son las similitudes que Quino debe a Schulz que hasta  el propio dibujante argentino reconoce la influencia del norteamericano en su Mafalda. Los dos son tebeos protagonizados por niños pero son para un público adulto. Las dos series sirven para criticar convenciones adultas desde la mirada infantil. Algo así como cuando el colega de Orson Welles en Ciudadano Kane se emborracha para echarle en cara cuatro verdades, aunque me da bastante rabia el proverbio que reza aquello de que: “Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”. No es cierto. Tengo un… amigo que afirma que una copichuela de más le ha ayudado a mentir, casi compulsivamente y sin pestañear —bueno, corrijo, en realidad es sólo un conocido—. Dice este pájaro que con ayuda de vapores etílicos ha conseguido engañar a mujeres bellas, porteros, dealers, mánagers, editores, profesores e incluso a respetables agentes de la autoridad —exagero, quizá es menos tal vez. Sí, eso, es tan sólo un tipo que me suena de vista—.

Si me centro de nuevo en la primera parte del refrán —salgo de este jardín— y pienso en la exagerada fama de la inmaculada sinceridad pueril, me viene a la cabeza la imagen de un querubín con la boca embadurnada de chocolate asegurando que a él jamás se la habría ocurrido siquiera acercarse al bote de Nocilla. O diciéndole a la sita Marina que los deberes se los ha comido su perro. O que la calificación de MD en dibujo significa “Muy Dibujante” —si no entiendes la broma es que eres muy joven y si la entiendes… carpe diem—. No, los niños siempre dicen la verdad, claro. Ellos no mienten… apenas…

Charlie Brown es un perdedor, y Mafalda algo repelente. Con esta pequeña descripción deberíamos decantarnos siempre por el loser, pero hablemos de ética y estética (sí, lo sé: no podré defender las mallas de Peter Parker…). Desde un punto de vista extremadamente antiepistemológico, caprichoso, infantil y estúpido: lo confieso, Snoopy me echa para atrás. Demasiados prejuicios. Snoopy me transporta a mi adolescencia de los 90 en la que asociadas al perro aparecían pijillas de pelo lacio, con pendientes de perla, polos Lacoste y jerséis Privata; con pegatinas de Snoopy en el chasis de la Scoopy 50cc; con recortes de Woodstock en sus carpetas de Superpop; luciendo camisetas de Charlie Brown en primera fila de los conciertos de Hombres G… Ya sé, ya sé: eran sólo consumidores de merchandising y no lectores del maestro Schulz. Por el contrario en toda casa progre de los ochenta había un cómic de Mafalda y un disco de Silvio Rodríguez o de Jimi Hendrix. Si he de elegir entre la pose de marcas caras de adolescentes que se creen valquirias y aquellos hippies que cantaban “libertad sin ira libertad” decididamente me quedo con Mafalda y sus lectores.

Tal vez me equivoco por no acercarme más a Peanuts. Tal vez me pierdo una piedra de toque incontestable. ¿Chi lo sa? A lo mejor los discos de los Hombres G también son buenísimos. Nunca lo sabré.

© Jordi Casals


Un enfrentamiento entre Mafalda y Charlie Brown puede parecer igualado; los dos son americanos, llegaron a nuestro país en épocas similares -finales de los años sesenta-, los protagonistas son unos niños acompañados de su pandilla, ambas series han tenido un éxito popular espectacular, han generado adaptaciones en dibujos animados y un amplio merchandising. Pero solo puede parecer igualado. Peanuts -Cacahuetes-, el nombre original de la serie norteamericana, es la más importante tira de prensa nunca publicada en el mundo, un verdadero fenómeno sociológico universal que de forma ininterrumpida a lo largo de 50 años -de 1950 a 2000- cambió la forma de entender la historieta. A su lado, la simpática Mafalda es solo una muy buena serie, una propuesta honesta heredera de las aportaciones geniales de Charlie Brown y sus amigos.

colla
Alrededor de Peanuts hay un montón de malentendidos. Demasiados. Algunos son culpa de los lectores, otros de los editores, no pocos del autor. Podríamos empezar hablando de la publicación desordenada y caótica de la serie que hemos sufrido en el país a lo largo de decenios. O del título, que en España y en Cataluña ha ido variando a gusto del editor. Cuando se publica en catalán, en una iniciativa magnífica de Edicions 62, se hizo agrupando las tiras en diferentes volúmenes y con títulos como És diumenge, Charlie Brown, o No ens fallis, Charlie Brown. Esto ocurría en el año 1962, y los libros -quizás por primera vez en la historia de los cómics del país- no iban dirigidos a un público infantil sino adulto. A principios de los setenta, Buru Lan comenzó a publicar la serie en castellano pensando más en un público infantil con el título Carlitos. Y poco después, a medida que Snoopy empieza a convertirse en el perro más famoso de la historieta –¡desbancando al pobre Milú! -, los editores empiezan a hablar de la colección como Snoopy, Carlitos y Snoopy, o Snoopy y Carlitos. ¡Y más madera!

Esta primera confusión sobre el nombre de la serie ya ha apuntado un segundo error, mucho más grave: considerar la serie como una publicación dirigida al público infantil. La obra de Schulz está protagonizada por niños, pero no es una serie para niños, sino radicalmente adulta, más bien dura, inteligente e intelectual, que profundiza con firmeza sobre conceptos como la soledad, la comunicación, la imposibilidad de conjugar fantasías y realidad, el sentido de la vida o la asunción de la frustración. Realidades que el niño experimenta y aprende de manera a menudo dolorosa y vivencial, pero alrededor de las cuales aún no puede reflexionar; y eso es lo que nos proponen las tiras, situar en el ámbito virginal de la infancia las grandes dudas y las monumentales incertidumbres de nuestro vivir desde el mundo adulto. No es, pues, una serie para los niños; aunque es cierto que en las magníficas adaptaciones en dibujos animados dirigidas por Bill Melendez se subrayaba una lectura más bien tierna y sencilla del universo de Schulz, las tiras de cómic nunca fueron pensadas para lectores infantiles, aunque muchas ediciones hechas en el país las dirigieron inequívocamente hacia este público.

tira

El tercer malentendido tiene una doble vía y un culpable, que es el propio Schulz. El dibujante estadounidense autorizó desde un buen principio el merchandising con las imágenes sus personajes; la jugada le salió redonda, porque le hizo rico, pero el coste no fue pequeño ya que convirtió sus héroes en objetos de consumo, elementos de decoración que salían estampados en camisetas, tazas, calcetines y todo lo que queramos imaginar. Esta popularización y masificación convertía su obra en simple imagen, un referente gráfico destinado a dotar de una cierta identidad una amplia diversidad de productos y que alejaba el gran público de la densidad conceptual de la serie. Pero la cosa fue a peor, por lo menos en nuestro país; un determinado sector de la sociedad, el joven y acomodado de los años ochenta, convirtió Snoopy en su icono particular, casi en una seña de identidad del mundo pijo, con lo que un muy numeroso grupo de posibles lectores comenzó a alejarse de la serie porque la consideraba representativa de un mundo que rechazaba.

first CharlieEl mundo de Charlie Brown es un mundo duro, muy duro. Charles Schulz construyó un universo minimalista, reducido a unos pocos personajes dibujados con un trazo elemental que tenían unos rasgos de carácter claramente definidos y que se movían en un universo donde sólo descubríamos unos escasos referentes reales, unas vallas, una matorrales de hierba, una caseta de perro y poco más. Pero a partir de esta simplificación que era en realidad una esencialización, el autor supo condensar todas las contradicciones, miedos, limitaciones, esperanzas y frustraciones del individuo contemporáneo. El mundo de Charlie Brown es un mundo triste, muy triste, donde la felicidad parece siempre un proyecto inaccesible, un imposible, un mundo donde siempre se fracasa y donde, sin embargo, siempre existe el coraje para volver a intentar derrotar al Barón Rojo o conseguir una jugada digna en un partido de béisbol. Peanuts no es una serie para niños -a no ser que queramos criar niños depresivos y solitarios- y la relectura cronológica de las tiras –finalmente, desde 2005, una buena edición en el país de este clásico- nos ha descubierto una de las grandes creaciones del siglo XX.

CIERRE: Mafalda, simpática y rebelde, representativa de los movimientos contestatarios de los años sesenta y setenta es un testimonio de una época, una niña invencible que reflexiona con el espíritu del 68; con simpatía y lucidez, ella adoctrina desde una ideología respetable. Charlie Browm sólo nos hace pensar sobre nuestras contradicciones más ontológicas.

© Joan Manuel Soldevilla


XXX_8804_1312828377_1RIIIIING! Esta vez, Solde ha atacado sin contemplaciones, consciente de que necesita una victoria para no perder sus posibilidades. Jordi, sin embargo, sin estas urgencias, no se ha guardado nada y ha respondido con las ganas acostumbradas. Dos púgiles de altura en un combate inigualable. Pero al fin, todo se limita a lo de siempre: ¿quién creen ustedes que ha sido el ganador de este tercer asalto?

  • Charlie Brown (56%, 5 Votes)
  • Mafalda (44%, 4 Votes)

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J.M. Soldevilla y Jordi Casals

J.M. Soldevilla y Jordi Casals

Autores de nuestra sección fija “Soldevilla vs Casals”, en la que periódicamente enfrentan en un combate imposible lleno de conocimientos y entretenimiento dos de sus cómics favoritos.

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