HISTORIA DEL NECRONOMICÓN (1938) – H. P. Lovecraft

Autor: H: P. Lovecraft
Título: Historia del Necronomicón (History of the Necronomicon)
Editorial: Valdemar
Editor: Juan Antonio Molina Foix
Año: 2007 (1938)
Páginas: 3 [dentro Narrativa Completa, vol 2, p. 227-229]
ISBN: 9788477025870
Valoración: ★★★★★

 

El Necronomicón pasa por ser un volumen blasfemo de conocimientos prohibidos escrito en Damasco alrededor del año 730 dC, obra del árabe loco Abdul Al-Hazred. Originalmente habría llevado el título de Al Azif (“ruido”, siendo azif la palabra utilizada por los árabes para describir el sonido nocturno supuestamente producido por el aullido de los demonios), y habría sido traducido al griego, secretamente, en el año 950 dC. Habría sido en ese momento que habría tomado el título con el que lo conocemos nosotros: Necronomicón, o libro de los muertos.

Según H.P. Lovecraft, que es quien más se ha referido a él en sus escritos, el Necronomicón es un libro de saberes arcanos y magia ritual, la sola lectura del cual ya provocaba la locura y la muerte de quien lo leía. En el libro se pueden encontrar fórmulas olvidadas que permiten poner en contacto con seres sobrenaturales, rituales para resucitar a los muertos, conjuros para poder viajar a otras dimensiones, etc. La atracción de su materia habría provocado una rápida difusión entre los hombres de ciencia y los filósofos de la edad media. Sin embargo, los terribles sucesos que rodearon al libro llevaron a la Iglesia Católica a condenarlo hacia el año 1050. Después de su condena, sólo se supo de él furtivamente, hasta que en el año 1228, un hombre, Olaus Wormius, lo habría traducido al latín. Este texto latino (según la versión de Lovecraft) habría sido impreso dos veces: primero en Alemania, durante el siglo XV, y luego en España, durante el XVII. Si bien los originales árabe y griego figuran como desaparecidos, a lo largo del último siglo se han sucedido las noticias sobre las copias del Necronomicón a prácticamente todos los rincones del mundo: desde el British Museum, hasta la Bibliothèque Nationale de París, pasando por la biblioteca Windener de Harvard, la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires o, incluso, en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham.

Obviamente, el libro es ficticio, como ficticia es la universidad de Miskatonic, en la localidad de Arkham, fantástica e inexistente en los mapas reales, pero muy presente en los mitos lovecraftianos de Cthulhu, donde tantas veces se menciona nuestro libro. Lovecraft, en su afán de construir un pasado mitológico que diera validez a sus relatos de Cthulhu, llevó a cabo un excelente engaño, como él mismo confiesa a uno de sus colegas:

El nombre de Necronomicó se me ocurrió durante un sueño, aunque la etimología es perfectamente válida.

La ficción supera esta vez la realidad, aunque quizás lo más acertado sería decir que ficción y realidad se abrazan como se abrazan el mar y el cielo en el horizonte, justo en ese punto donde no se puede distinguir donde termina el uno y empieza el otro.

Después de escribirlo, Lovecraft envió la Historia del Necronomicón a su grupo de colegas habitual, en 1927. El maestro, sin embargo, no tenía ninguna intención de publicarlo y, de hecho, el libro nunca fue publicado en vida de él. Sólo se editaron unos ochenta ejemplares en 1938 (un año después de su muerte) como homenaje póstumo. El invento de Lovecraft, sin embargo, fructificó y en los años a venir aparecieron multitud de comentarios sobre el Necronomicón, así como de otros “Necronomicones”, que aparecieron con este mismo título y que se desplegaron en libros enteros. De esta manera, la semilla del desconcierto en torno a este libro misterioso fructificó y aquello que sólo habitaba en la imaginación de un (o varios) a partir de ese instante tomó existencia real: aparecieron originales de la obra de Al Hazred en catálogos de libros de anticuarios (algunos ingenuos incluso pensaron que compraban un original del Necronomicón, cuando en realidad eran objeto de una malévola estafa), prestigiosos autores firmaron reseñas en conocidas publicaciones haciéndose eco de él, su título apareció en fichas bibliográficas, etc. Se cuenta que Jorge Luis Borges precisamente fue el responsable de haber inventado una ficha del Necronomicón en la Biblioteca Nacional de Argentina, y que en la biblioteca de Santander, en Cantabria, también figuraba una versión latina de nuestro libro.

La autoría de los textos ha sido uno de los principales dolores de cabeza de las obras literarias a lo largo de los siglos. Los apócrifos, es decir, los libros o autores inventados, son un recurso utilizado ampliamente en la literatura (Edgar Allan Poe o el propio Borges son un buen ejemplo), y ya desde el siglo XV, con obras como el Tirante el Blanco, o durante el XVI, con otros como el Lazarillo de Tormes o el Guzmán de Alfarache, muchas historias planteaban interrogantes importantes en torno a su veracidad o autoría. Al respecto, una de las invenciones más originales de Cervantes en su Quijote fue, precisamente, el de atribuir la autoría a un tal Cide Hamete Benengeli, autor de origen árabe. Martín de Riquer, en su impresionante estudio de la obra quijotesca, lo ve así:

La ficción se interfiere perfectamente en la realidad: los entes creados por el ingenio de Cervantes hablan como seres reales de su historia escrita e impresa.

En el juego de Cervantes, el ficticio era el autor, no la novela. En el de Lovecraft, se remacha un poco más el clavo: autor y novela lo son. Leemos que dice Robert M. Price:

Los horrores del Necronomicón nos estremecen precisamente porque no se revelan. Sólo pueden ser eficaces y estar presentes en su ausencia.

Al Hazred (apodo que el propio Lovecraft se puso de niño, inspirado por la lectura de Las mil y una noches y que podría venir de la expresión “all has read”, lo he leído todo) no ha existido nunca, ni ha existido nunca ningún libro titulado Necronomicón. Y a pesar de ello, nunca en la historia de la literatura un autor apócrifo y un libro que nunca ha sido escrito (y que por lo tanto nunca nadie ha podido leer) habían hecho correr tantos ríos de tinta. ¿O es que acaso debemos pensar que sí existe? Ya se sabe que el mayor éxito del diablo es, precisamente, haber conseguido hacernos creer que no existe…


Publicado originalmente en la revista Mírame en junio de 2007 en la sección Historias del guardián de la cripta.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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