EL FIN DE LA ETERNIDAD (1956) – Isaac Asimov

Autor: Isaac Asimov
Título: El fin de la Eternidad (The End of Eternity)
Editorial: La Factoría de Ideas
Año: 1956
Pàginas: 320
ISBN: 9788488966926
Valoración: ★★★★★

 

Siempre es un acierto leer Asimov, porque es de los pocos autores que no decepciona (por algo será que con Robert A. Heinlein y Arthur C. Clarke es considerado uno de los Tres Grandes de la ciencia ficción de todos los tiempos). En este caso, tampoco. El fin de la Eternidad, uno de sus títulos mayores, conjuntamente con la saga original de La Fundación, Los propios Dioses (1972) o los relatos sobre robots, es su personal aportación al tema de los viajes en el tiempo. Ahora bien, cualquier analogía entre esta novela y La máquina del tiempo (1895) de Wells, tal como leemos en el reclamo de la portada, es una simple anécdota. Así es también como debemos entender la mención que hace Asimov en el mismo libro. El fin de la Eternidad es una obra inmensa, complejísima y de una vastedad de miras mucho mayor. Intentar comparar esta novela con la de Wells sería tan absurdo como una carrera entre un carro de caballos y un DeLorean.

La novela de Asimov transcurre en un futuro en el que paralelamente a la historia de la Humanidad existe la Eternidad, una organización nacida en el siglo XXVII con el propósito de manipular interesadamente la Historia. Lo que pretende la Eternidad es inducir pequeños cambios en el curso de la Historia para que de manera imperceptible, a muchos y muchos siglos vista, terminen ocasionando efectos enormes y beneficiosos para nuestra raza. Una especie de macroefecto mariposa en el tiempo, vaya. Los encargados de llevar a cabo estas alteraciones temporales son los Eternos. La Eternidad se traslada adelante y atrás en el tiempo a voluntad reclutando de diferentes siglos los mejores candidatos para convertirse en crononautas. La única restricción son los siglos comprendidos entre el 70.000 y el 150.000, los denominados Siglos Oscuros, a los que por alguna extraña razón que se acabará convirtiendo en crucial para la trama de la novela, los Eternos no pueden desplazarse .

Se trabaja para planear todos los detalles de todos los Tiempos desde el principio de la Eternidad hasta aquel donde la Tierra está vacía, y se intenta planear todas las posibilidades infinitas de todos los podría-haber-sido, y se elige un podría-haber-sido que es mejor que lo que es y se decide en qué punto del Tiempo se puede hacer un cambio minúsculo para obtener un nuevo es.

De este modo, la sociedad futura se estructurará en temporales (aquellos humanos que viven en el tiempo) y Eternos (los que viven al margen). No resulta fácil llegar a ser un Eterno en este futuro tan jerarquizado que nos plantea el autor, y existe un largo y pesado camino para llegar a ello: observador, técnico, computador… Andrew Harlan, nuestro protagonista, es un ejecutor. Es decir, es el encargado de decidir qué alteraciones hay que producir en un tiempo determinado para conseguir el efecto deseado. Los primeros capítulos quizá resulten un poco pesados, ya que el autor ha de dedicarlos a familiarizarnos rápidamente con esta compleja realidad atemporal en la que vive Harlan, así como a describirnos como es, o se espera que sea, un ejecutor: poco menos que un verdadero hombre-máquina, desapasionado, frío, puramente analítico.

Quizás sea sólo cosa mía, pero estas primeras páginas y el compartimento estanco que supone este mundo, me han hecho pensar más en Philip K. Dick (por ejemplo el de Ubik) que en lo que conocía de Asimov. Ahora bien, todo empieza a cambiar a partir del momento que Harlan acepta una heterodoxa misión de la mano de su mentor, Twissell, y se enamora de Noÿs Lambert. Cabe destacar la modernidad con que Asimov se plantea a mediados del siglo XX el tema de las relaciones sexuales y sentimentales en el futuro, donde ya prevé para la mujer un papel muy diferente al de su momento actual. ¡A esto también se llama poder de anticipación! En efecto, El fin de la Eternidad es una historia de amor a través del tiempo donde hay lugar para los celos, las dudas, la pasión… pero es mucho más que eso. De hecho, la propia idea del amor queda bastante desmitificada a medida que vamos leyendo la novela y entrando en los giros y contragiros que nos van haciendo cambiar de punto de vista a cada capítulo que pasa. Asimov disfruta haciéndonos dudar de todo y subvirtiendo el orden de los factores que nos expone. Si la pasión por las matemáticas, la lógica y los problemas lo llevan a tejer paradojas extraordinarias, también le sirven para poner a prueba sus tesis, como en las leyes de la robótica o la causalidad.

Qué pena, el ahora no dura, ni siquiera en la Eternidad, ¿eh, Harlan?

En medio de la fría tecnología y los datos arrolladores, en Asimov aparece siempre el elemento humano. Asistimos entonces a cambios radicales en la personalidad de nuestro protagonista, que ve alterada su vida y sus prioridades por culpa de este sentimiento inexperimentado, hasta el punto de que se planteará sacrificar la propia Eternidad para conseguir vivir (aunque sea sólo durante un instante) este amor. Harlan abjura de sus principios y se da cuenta que los Eternos en realidad sólo juegan a ser dioses; escogen qué pasa, quién vive y quién muere movidos por el prejuicio vanidoso que saben lo que se hacen, porque pueden ver el futuro. Pero no es así. En Asimov la idea de Dios suele ser siempre una gran ausencia, un vacío, pero eso no quiere decir que no haya siempre alguien dispuesto a enfrentarnos a nuestra arrogancia como especie.

Al final, es precisamente de eso que nos habla la novela: de nosotros. De la especie humana. Cegada en la carrera por ganarse el tiempo y alterarlo para su seguridad, ha parado la evolución. Ha olvidado la carrera para ganar el espacio. Como Trantor, el peligro es más grave cuando menos aparente es. Si la decadencia de aquella ciudad se encontraba precisamente larvada en su momento de máximo esplendor, también en esta radical seguridad en que viven los humanos se encuentra el principio que los llevará a su extinción. Los lectores de la saga de las Fundaciones seguro que a estas alturas ya habrán notado las semejanzas entre la tesis de la manipulación de la historia que expone Asimov aquí y las que ponía allí en boca del psicohistoriador Hari Seldon. No desvelamos nada crucial para la historia de este relato si decimos que, efectivamente, el vínculo entre esta novela y el origen de las Fundaciones no es puramente casual, como queda patente con la referencia, al final del libro, al futuro Imperio Galáctico.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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