Round #2: CAPITÁN TRUENO VS. CONAN

 

Título: El Capitán Trueno. Saga de Morgano
Guión: Víctor Mora
Dibujo: Miguel Ambrosio, “Ambrós”
Editorial: Bruguera
Año: 1956
ISBN: 978-84-666-5407-4
Valoración:★★★★
Título: Conan el Pícaro (Conan the Rogue)
Guión: Roy Thomas
Dibujo: John Buscema
Editorial: Editorial Planeta
Año: 1995 (1991)
ISBN: 8432715005537
Valoración: ★★★★

APERTURA: Combate entre Conan y El Capitán Trueno. Un bruto elemental y un noble elegante, un bárbaro hipermusculado frente a un civilizado cristiano, un cimerio queriendo vencer a un ampurdanés: ¿dudamos sobre quién ganará el combate? Ulises siempre vencerá al Cíclope, no nos engañemos, pero es cierto que la vida nos puede deparar muchas sorpresas y en este nuevo combate no podemos confiarnos. En todo caso, Conan ha sido un personaje que se ha movido por diversos medios con habilidad sorprendente, nació siendo relato y novela, se transformó en personaje de tebeo y se universalizó gracias al cine. El Capitán, más modesto -¿más sabio?- se ha movido de forma casi exclusiva por el mundo de las viñetas; y allí, no nos engañemos, pocos rivales le podrán plantar cara.

El héroe por antonomasia del tebeo hispánico es El Capitán Trueno; dignos competidores tiene, sin duda –Diego Valor, El Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín- pero no hay duda que la creación de Mora y Ambrós se convirtió en la obra más popular, la más imitada y la más perdurable. Fue la más popular por el verdadero fenómeno editorial que supuso, con centenares de miles de ejemplares vendidos cada semana, con nuevas revistas surgidas al calor de los cuadernillos, con diversos equipos artísticos que intentaron continuar y exprimir ese arrollador éxito. Fue la más imitada pues a su estela surgieron nuevas colecciones que copiaban el modelo de un tridente de héroes –El Capitán, Crispín y Goliath- enfrentados a mil aventuras, un esquema que copiaron El Jabato, El Cosaco Verde o, años después, El Corsario de Hierro, todas ellas escritas por el propio Mora. Ha sido la más perdurable porque, más allá de su popularidad en los años cincuenta y sesenta, las versiones a color de los años setenta supusieron un nuevo éxito al tiempo que la colección se iba reeditando de forma continuada y en diversos formatos hasta el nuevo siglo.

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La serie vio la luz, aparentemente, como un nuevo aunque previsible tebeo de aventuras medievales en el extraordinario mercado de los años cincuenta, la genuina edad de oro del tebeo español, pero lentamente se convirtió en una obra de enorme vitalidad donde la huella de Prince Valiant de Harold Foster se combinaba con el excepcional talento de sus dos creadores, dos artistas cargados de genio que fueron convirtiendo la colección en una frenética busca de la aventura por todas las tierras conocidas y aun por la sin conocer. Las historias fueron construidas para el rígido marco narrativo que suponía el cuadernillo de doce páginas de entrega semanal, pero lo que podía ser una limitación supo ser convertida por los autores en una virtud pues los diversos episodios se caracterizaban por su trazo ágil, vibrante y un ritmo narrativo absolutamente galopante. Todo era posible en una aventura desencadenada, mantenida con pulso firme viñeta a viñeta y donde la verosimilitud se subordinaba a la intensidad y exigencia de la aventura.

Víctor Mora, además de novelista y cuentista notable que desarrolló una sólida narrativa en catalán, es uno de los grandes del tebeo español, siendo el guionista de series legendarias como las ya mencionadas pero también de una amplia obra en los años setenta –especialmente para el mercado francés- que supuso captar muchos de los cambios que experimentaba el medio en años de transformaciones: Dani Futuro, Las Crónicas del Sin Nombre o Felina serían buenos ejemplos de ello.

Ambrós fue uno de los ilustradores realistas de la factoría Bruguera que brilló de forma más singular gracias a su excepcional capacidad para dibujar las escenas de acción y trasladar el movimiento y el dinamismo al código bidimensional de las viñetas; sus obras más importantes se centran en sus colaboraciones con Mora, en los años cincuenta El Capitán Trueno y ya en los setenta El Corsario de Hierro.

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Es difícil seleccionar una trama dentro de la desenfrenada ficción que desencadena Mora en los cuadernos de Bruguera; normalmente cada núcleo narrativo duraba unos tres o cuatro cuadernillos semanales para, acto seguido, iniciar una nueva trama, normalmente en un escenario nuevo. Hemos seleccionado la que llamamos Saga de Morgano por su importancia en el universo truénico pues surge a continuación de que El Capitán conozca a la bella Sigrid de Thule y en ella nuestros héroes conocen al sabio Morgano, quien les va a regalar un globo aerostático que les permitirá viajes por medio mundo. El contenido conserva todos los atributos de lo mejor de la serie: acción desenfrenada, equilibrio entre tensión narrativa y buenas dosis de humor, vitalismo moral y gráfico, dibujo vibrante, de trazo exquisito, simplificado en los fondos pero con una prodigiosa capacidad para captar  la gestualidad de los personajes y sus movimientos y sólido código ético de los héroes, siempre regidos por un anhelo de justicia social y de lucha contra la tiranía. Y cuando acaba la saga, los lectores deben abrocharse los cinturones pues se avecinan aventuras contra enanos sarracenos que vuelan en águilas adiestradas, revueltas para enfrentarse a mandarines siniestros, una lucha sin cuartel contra el mismísimo Gengis Khan, combates contra manadas de yetis enfrentamientos contra bellas mujeres pirata, luchas contra perversos faraones, descubrimientos de civilizaciones perdidas en el corazón del África negra… No hay duda: el Capitán, junto a Goliath y Crispín, es invencible.

Solo queda imaginar al bueno de Goliath, Cascanueces, con su garrote Toma-Toma, enfrentándose al Bárbaro y, en vez de su célebre “por el gran Batracio Verde”, diciendo “¡Cimerios a mí!” Tiembla, Conan.

© Joan Manuel Soldevilla


Conan no nació en el cómic. Su creador es un narrador de literatura barata, Robert E. Howard, quien aparece en la nómina del llamado Círculo de Lovecraft —de quien fue amigo— junto con otros ilustres de la subcultura yankee como Clark Ashton Smith.

Aunque tocó muchos de los palos de la literatura pulp, Howard ostenta el ampuloso cinturón de creador del género de espada y brujería.

Dicho género, del que Conan y el Rey Kull son dos de sus máximos exponentes, recoge toda la tradición de la épica: desde los mitos y las odas grecolatinas, pasando por la épica medieval, los libros de caballerías, el exotismo y la aventura de la novela bizantina, y el escapismo a lugares lejanos o fantásticos del Romanticismo —pienso en Walter Scott— o el Modernismo.

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Por el contrario, Conan se avanza a la alta fantasía de El señor de los anillos —Howard murió un año antes de la publicación de El Hobbit—. Siempre se reconoce la labor de haber cartografiado La Tierra Media a Tolkien. Sin quitarle mérito al creador de El Simaríllion, Robert E. Howard ya lo había hecho antes con su mundo imaginario de la Era Hiboria —comprendida entre el hundimiento de Atlantis y la formación de las placas continentales actuales— en la que discurren las aventuras de Conan.

El escritor texano sólo publicó una novela con Conan como protagonista: La hora del dragón. Dicha novela y otros quince relatos protagonizados por el cimmerio se publicaron en su totalidad en la revista Weird tales, exponente de la cultura underground y pulp de los años 30, o lo que es lo mismo, de los relatos de terror, magia, westerns, ciencia ficción…

Desgraciadamente Howard se suicidó en 1936 a los treinta años de edad. Otros escritores recogieron su universo y continuaron escribiendo novelas y relatos sobre Conan, Solomon Kane o el Rey Kull —los tres tuvieron su serie en Marvel—.

La primera serie de cómic del personaje de Howard fue Conan el Bárbaro, que apareció en 1970. En 1974 aparece una segunda serie, La espada salvaje de Conan. Barry Windsor Smith fue el primero que lo dibujó. El trabajo de Barry Smith es de un nivel altísimo y pasará a la historia por haber diseñado al futuro Rey de Aquilonia. Pero si he de elegir un dúo de guionista y dibujante para Conan, me quedo sin duda con el tándem formado por Roy Thomas y John Buscema.

No hay aquí espacio suficiente para desarrollar los motivos que propiciaron la marcha de Jack Kirby de Marvel. En pocas palabras, cuando el bueno de Jack se cansó de ser ninguneado por la Marvel y por la prensa, cuando se hartó de que todo el mérito se lo llevara Stan Lee, Kirby se fue a D.C. Recayó entonces sobre John Buscema la enorme responsabilidad de convertirse en su relevo.

Para remarcar la importancia —y el maestrazgo— del estilo de Kirby durante los años sesenta citaré al dibujante Don Heck, quien confiesa en el libro Kirby, el rey de los cómics de Mark Evanier:

Stan Lee quería que Kirby fuera Kirby, que Ditko fuera Ditko… y que todos los demás fuéramos Kirby.

Ese fue el tremendo reto, el guante que Big John Buscema tuvo que recoger y que superó con creces. Durante sus años de dibujante secundario en Marvel había aprendido a plasmar descomunales envergaduras musculares, vistas desde perspectivas imposibles, a las que daba además una tremenda sensación de movimiento veloz.

Buscema proporcionará con el lápiz gran majestuosidad a los dioses, vileza a los pusilánimes y humanidad a los androides o heraldos cósmicos.

Además de Conan dibujaría también Los 4 fantásticos, Hulk, Estela Plateada, Thor, Spider-man o Lobezno.

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Si Buscema vino a ser el substituto de Kirby, algo parecido ocurrió con Roy Thomas, quien durante los setenta desempeñó el papel de guionista y coordinador que Stan Lee le delegó cuando su cariz de hombre público y hombre-marca de Marvel no le permitía dedicar tanto tiempo a la escritura. Guionizó series como Nick Fury, Doctor Extraño, X-men, Spiderman, Thor o Los Defensores para Marvel y Wonder Woman, JLA para DC.

Thomas y Buscema trabajaron mucho y bien por separado, asegurándose un nombre importante en la historia del cómic book. Juntos firmaron algunos de los mejores números de Los Vengadores — crearon a Visión— y por supuesto un sinfín de historias sobre Conan.

La novela gráfica que he elegido reseñar es Conan, el pícaro, autoría de este par de cracks. En ella, un Conan borracho ha recibido una paliza en Forth Gori y presa de la resaca presencia como una jovenzuela le roba la bolsa. Al verse arruinado, Conan salva de un atentado a Karsu Khan, señor de Khawarizm a quien como recompensa le pide que le emplee como guardaespaldas. De este modo Conan se verá envuelto en una conspiración palaciega que pretende derrocar tanto al señor de Khawarizm como al de Forth Gori.

Veremos a Conan en combates a muerte con poderosos guerreros, con un gladiador en un circo, con un reptil gigante que recuerda a un dinosaurio del mundo perdido. El cimmerio se enfrentará a un monstruo que como Titono —aquel pobre Troyano a quien Zeus otorgó la vida eterna pero no la eterna juventud — disfruta de su inmortalidad pero ha perdido su cuerpo humano. Le veremos navegar por un pantano. Obtener los favores de una princesa tan inmensamente perversa como bella y sensual. Le veremos escapar de una legión de criaturas despojadas de sus almas, que vagan por pantanos cubiertos de moho y musgo, una legión a medio camino entre zombis y la Cosa del pantano.

Le veremos borracho y sobrio. Soez y caballeroso, chulo y educado, cretino e inteligente y sobre todo egocéntrico. Porque Conan es un antihéroe, un superviviente en una era terriblemente cruel en la que se empala, se tortura y se venden esclavas sexuales. En esta novela gráfica Conan podría hacer suya aquella gran frase de Harry, el Sucio:

No tengo prejuicios. Odio a todo el mundo por igual. 

No cabe más acción en estas poco más de sesenta páginas. No cabe más trama, más engaño, más miseria, más erotismo. Conan, el pícaro es una fantástica historia sin ganas de moralizar. Es entretenimiento y escapismo de la rutina en estado puro.  Y por supuesto, sin un obvio final feliz.

¿Las dos pelis de Swarchzenegger? Bueno, pero que sepan que John Buscema dibujó también sendas adaptaciones de las películas al cómic.

¿Y la última película? ¿La del 2011? No sé, no la he visto. No me atrevo. (Como tampoco me he atrevido con la de El Capitán Trueno).

Sí, ya sé. Conan no es bueno. No es el ideal de yerno. Ha sido pirata, ladrón, renegado, usurpador, conquistador, (también será rey)… Y sí, ya sé que de niños todos íbamos con los buenos —esos buenos muy buenos que luchaban contra los malos muy malos— hasta que, llegada una cierta edad, nos damos cuenta de que en todo humano reside un reverso tenebroso, que entre el blanco y el negro hay una extensa escala de grises y que —qué duda cabe— no hay una verdad única.

Dicho de otro modo: cuándo de niños jugábamos a La Guerra de las Galaxias todos queríamos ser Luke Skywalker —en el patio de mi cole había un inadaptado  que quería ser Chewacca (ni que decir tiene que acabó siendo mi mejor amigo)—. Queríamos ser Luke, digo, hasta que un buen día —en la adolescencia— nos dimos cuenta de que Skywalker era un panoli y quién realmente nos quitaba el sueño era Darth Vader.

Si escaneáramos la moral de Conan probablemente encontraríamos más sombras que luces. ¿Y? No queremos lecciones de moralidad, queremos una buena dosis de escapismo, de aventuras, de combates a espada y dejarnos seducir por mujeres increíbles vestidas con sus trajes de cazadora.

Espadas. Monstruos. Tronos… Por cierto, también aparece en Conan, el Pícaro un enano, hermano del señor de Forth Gori, que conspirando intenta usurparle el trono a su hermano… ¿les recuerda esto vagamente a algo?

CIERRE: El combate entre Conan y el Capitán Trueno es un combate desigual. El Capitán Trueno representa ese buenismo, esa conducta irreprochable, esa ética impoluta, esa integridad brutal de algunos héroes que, de buenos, se me hacen tremendamente aburridos. Señores y señoras, sincérense. Si han de elegir entre Goku o Vegetta, entre John Wayne o Clint Eastwood, entre el Capitán América o Magneto, entre Iniesta o Stoichkov… sean valientes y mójense: ¿con quién se quedan?

Por supuesto que admiro y respeto el trabajo de Víctor Mora y los fantásticos dibujos de Ambrós, pero sin duda me seduce mucho más el personaje de Robert Ervin Howard, sobre todo cuando quien lo dibuja es uno de los grandes lápices de todos los tiempos: John Buscema.

© Jordi Casals


XXX_8804_1312828377_1RIIIIING! Las armas chorrean sangre y los escudos están hechos trizas. Igualadísimo asalto, sin duda, otra vez. Tanto Jordi como Solde caminan como pueden hacia su rincón del ring. Han recibido duro, pero ambos aguantan. Saben, sin embargo, que al fin sólo podrá quedar uno. Ahora les toca escoger a ustedes: en su opinión, ¿quién creen que ha ganado este asalto?

  • Conan (69%, 9 Votes)
  • Capitán Trueno (31%, 4 Votes)

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J.M. Soldevilla y Jordi Casals

J.M. Soldevilla y Jordi Casals

Autores de nuestra sección fija “Soldevilla vs Casals”, en la que periódicamente enfrentan en un combate imposible lleno de conocimientos y entretenimiento dos de sus cómics favoritos.

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