LA MÁQUINA DEL TIEMPO (1895) – H.G. Wells

Autor: H. G. Wells
Título: La máquina del tiempo (Time Machine)
Editorial: Sportula
Año: 2015 (1895)
Páginas: 130
ISBN: 9788415988762
Valoración: ★★★★★

 

De vez en cuando, me gusta alejarme de las novedades editoriales y (re)leer algún clásico de ciencia ficción, fantasía o terror. Siempre me llevo sorpresas. Como con La máquina del tiempo, tal vez la mejor novela de H.G. Wells. Los viajes en el tiempo siempre han fascinado al Hombre. Fue a finales del siglo XIX que la posibilidad de trasladarse físicamente por el tiempo, como por el espacio, se convirtió en materia de especulación literaria. Pero la obra de Wells no fue la primera obra de este género. 14 años antes, en 1881, ya había hablado de esta posibilidad Edward Page Mitchell en su relato “El reloj que retrocede” y, poco después, en 1887, el español Enrique Gaspar y Riambau inventaba la primera máquina que permitía el viaje transtemporal en el relato “El anacronópete”. Sin embargo, es innegable que el relato de Wells se ha convertido en el más popular e influyente de todos.

La obra comienza por el final, en una especie  de original flashforward. ¿O sería flashback? El protagonista, el Viajero del Tiempo (tal y como se lo llama a lo largo de toda la novela), acaba de finalizar su viaje al futuro y se dispone a explicárselo a un auditorio escéptico pero embobado ante el desafío intelectual que les anuncia. En estas primeras páginas el punto de vista narrativo no recae sobre el Viajero (que es el propio Wells en la mejor versión cinematográfica, la de 1960, con Rod Taylor en el papel protagonista), sino en uno de sus amigos asistentes. Será en ese momento que se desplegará el aparato “teórico” y se debatirá a propósito de la existencia de una cuarta dimensión (paralela a las otras tres) perfectamente real. Wells no destacó nunca por la base teórica de sus inventos. Fue aquí, precisamente, donde más chocaron con el otro gran novelista de ficción de aquella época, Julio Verne, el cual no se tomaba muy bien las comparaciones con su contemporáneo, al que consideraba más un novelista fantasioso que un científico riguroso.

Justo después de estas primeras páginas, tiene lugar el desplazamiento del punto de vista narrativo del amigo al propio Viajero, que relatará el viaje que ha hecho en los últimos ocho días al año 802.701. Resulta interesante la creencia, casi latente, a lo largo de buena parte de la obra, en la idea del Progreso del Hombre y en la necesidad de subyugar la Naturaleza a sus necesidades. La idea sería que existe una especie de continuum, una línea, por la que el Hombre transita y que lo llevará desde el amanecer de la especie, en que era poco más que un animal, hasta algo superior, en el futuro. Evolución. A medio camino de este proceso, nos encontraríamos nosotros, el hombre contemporáneo. La curiosidad, este sentido tan humano, sería lo que lleva el Viajero a investigar las posibilidades futuras de la especie.

Desgraciadamente, las cosas no son como se esperaba el Viajero. En aquel año remoto, la Tierra es un lugar dominado por la Naturaleza, no por la tecnología, y el Hombre un ser primitivo que ha evolucionado en dos nuevas especies, los Elois y los Morlocks. Mientras los primeros son una raza antropomorfa estúpidamente pasiva que vive sin preocupaciones en aquel Edén, los otros son unos seres animalizados y repugnantes que se refugian en el interior de la Tierra. Ni unos ni otros son lo que el Viajero esperaba encontrar después de tantos siglos. Es el fracaso de la evolución y de aquel supuesto Progreso, que a finales de XIX (antes del hundimiento del Titanic y de las Grandes Guerras europeas) debía parecer incuestionable. Inevitable:

No pensaba sino con tristeza en el Progreso de la Humanidad, y sólo veía en el creciente edificio de la civilización un estúpido hacinamiento que inevitablemente tiene que caer, al final, sobre sus constructores y destruirlos.

A pesar de ello, sin embargo, la obra sigue siendo muy del siglo XIX, y Wells no se harta de afirmar la superioridad moral del hombre contemporáneo por encima de la de aquel hombre futuro. De hecho, las analogías con el presente son constantes, hasta el punto de que cabe preguntarse si en el fondo no era de aquella Inglaterra finisecular de lo que quería hablar del autor y no del año 802.701. Esta sociedad escindida entre Elois, literalmente corderitos (dóciles, como el ganado) y Morlocks, tiene un paralelismo claro con la Inglaterra industrial que veía cada día Wells, con las enormes desigualdades ricos-pobres y con la lucha de clases. De hecho, las referencias al socialismo y a las sociedades utópicas están presentes en el discurso de la obra, si bien se termina rechazando la idea de una sociedad ideal. Incluso en el caso de que el Hombre no tuviera necesidades, como en este mundo futuro de los Morlocks y los Elois, el ideal no sería posible, ya que el Hombre estaría falto de lo que lo configura como tal: la inteligencia, la curiosidad. Evgeny Zamiatin, el autor de la genial distopía anticomunista Nosotros (1921), no ocultaba su devoción por el británico (de quien tradujo toda su obra) y, en especial por este relato.

En las páginas finales, justo antes del regreso a casa y, por tanto, al momento presente donde nos encontramos al inicio del relato, tiene lugar un avance vertiginoso del Viajero con la máquina hacia el futuro remoto, hacia el final de la Tierra . El Viajero no puede volver sin haber visto el fin de todo, constatando que el científico (el Hombre) es por encima de cualquier otra cosa curioso. Wells, que dominaba prodigiosamente el arte de contar historias, usa un lenguaje hábil y rico, nada desfasado ni siquiera para nosotros, lectores del futuro, para hacernos partícipes de la inmensa soledad que debería sentir el último hombre ante la aniquilación de todo. Es el fin del futuro del Hombre, de alguna manera. Ninguna versión cinematográfica, ni siquiera la más reciente de Simon Wells (2002), descendiente del autor, ha sido capaz de reflejar esta profunda melancolía.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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