LA LLAMADA DE CTHULHU (1928) – H.P. Lovecraft

Autor: Howard Phillips Lovecraft
Título: La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu)
Editorial: Valdemar
Editor: Juan Antonio Molina Foix
Año: 2005 (1928)
Páginas: 35 [en Narrativa Completa, vol 1, p. 553-588)
ISBN: 9788477025290
Valoración: ★★★★★

 

Leer la Narrativa Completa de H.P. Lovecraft ordenada cronológicamente ofrece la posibilidad de seguir su evolución literaria, desde unos inicios inseguros hasta su consolidación definitiva. Basta comparar algunos de los primeros relatos (“La botellita de cristal” o “La cueva secreta”, ambos de 1899, por ejemplo) con algunos de los últimos (“El ser del umbral“, de 1937, o “El asiduo de las tinieblas“, de 1936) para darnos cuenta de que no tienen nada que ver aquellos experimentos de los primeros años con la prosa prodigiosa de los últimos. Y aún, dentro de los años centrales de este proceso de formación, podemos establecer diferencias y ver cortas etapas de mayor brillo seguidas de otras menos exitosas. Es ley de vida. Cuando en el blog decidí centrarme este año en reseñar exclusivamente relatos de Lovecraft pertenecientes a los denominados “mitos de Cthulhu”, sabía que esto conllevaría excluir algunos que, seguramente, eran de lo mejor del autor pero que no tocaban aquel mundo maravilloso. Esto también es ley de vida.

Por este motivo no quisiera dejar pasar la oportunidad que me brinda esta pequeña digresión para romper una lanza a favor de alguno de estos otros cuentos que quedan fuera de los “mitos”. Personalmente, quiero confesar mi fascinación por la serie de relatos que siguen el último mito reseñado en este blog, “La ciudad sin nombre” (1921): “La búsqueda de Iranon” (1921), “La ciénaga-Luna” ( 1926), “El extraño” (1926), “La música de Erich Zann” (1922) o “Herbert West, reanimador” (1922). Todos ellos conforman una etapa corta pero realmente brillante en la producción de los primeros años ’20. Quizás el mejor subgrupo de relatos dentro de esta primera etapa de Lovecraft (1905-26). El relato que reseño hoy, en cambio, pertenece al final de esta década prodigiosa y viene precedido por una serie de relatos que, personalmente (quizás esta palabra debería ponerla en mayúsculas), los he entendido como un descenso: “El horror de Red Hook” (1927), “Él” (1926), “En la cripta” (1925), “El descendiente” (1938 -pero escrito el 1925-) o, en menor medida, “Aire frío” (1928 ).

Si en un relato los “mitos de Cthulhu” se hacen eternos es precisamente en este. “La llamada de Cthulhu” fue escrito en 1926, pero no se publicó hasta dos años más tarde. El relato retoma los “mitos” después de que Lovecraft se centrara en otros escenarios del horror a lo largo de sus últimos cuentos, al menos como materia principal. De hecho, “La llamada de Cthulhu” debe entenderse como una especie de reelaboración del relato fundacional, “Dagon” (1917), ya que retoma y amplía alguno de los motivos que ya aparecían allí. No se trata de una historia muy extensa, pero a pesar de ello el autor la divide en tres partes. En la primera, “El horror en arcilla”, nos pone en antecedentes: el protagonista, la característica 1ª persona del singular lovecraftiana, confiesa que ha sido testigo de un descubrimiento aterrador después de la muerte de un tío suyo, especialista en epigrafía, que lo ha hecho heredero universal de sus bienes. Entre sus archivos, el protagonista encuentra una pieza con unos caracteres extraños y el dibujo de un ser monstruoso:

Una cabeza pulposa, tentaculada, coronaba un cuerpo grotesco y escamoso, dotado de unas alas rudimentarias.

Se trata de la primera descripción física de Cthulhu. Algunos han apuntado que Lovecraft se basó para la caracterización del sacerdote en el poema “El Kraken” (1830), del poeta inglés Alfred Tennyson.

Las investigaciones a propósito de esta pieza y este ser llevan al protagonista a descubrimientos aterradores: En varios lugares del mundo y en diversas culturas aparentemente inconexas se tiene conocimiento de él. Es en la segunda parte, “El relato del inspector Legrasse”, donde Lovecraft nos hace saber del ritual de invocación de aquellas culturas y del palacio oculto del sacerdote:

En su morada de R’lyeh, Cthulhu muerto aguarda soñando.

En varios relatos ya había hablado Lovecraft de su fabuloso Necronomicón, pero es aquí donde de forma más clara lo relaciona con toda la mitología de Cthulhu, a partir de aquel famoso dístico:

Que no está muerto lo que puede yacer eternamente, / y en los eones venideros hasta la muerte puede morir.

Nunca antes el autor había perfilado con tanto detalle la naturaleza del gran sacerdote Cthulhu, ni había introducido el tema de los Grandes Antiguos, aquellas misteriosas deidades anteriores al hombre que viven dormidas en las profundidades de la ciudad de R’lyeh, esperando volver a la Tierra cuando las estrellas sean propicias. Lo cierto, sin embargo, es que esta es la única referencia al espacio (a sus famosos “terrores cósmicos”) y que en ningún otro caso Lovecraft se refiere aquí a la existencia de otras dimensiones de donde hayan podido venir estos seres primigenios.

La tercera y última parte del relato se titula “La locura del mar”. Todo lo que minuciosamente ha ido preparando en las dos partes precedentes se resuelve magistralmente en esta última. Tal y como era de esperar, llega el día en que las estrellas están en la posición correcta y que los Grandes Antiguos tienen que despertar de su sueño submarino. Y entonces el sacerdote Cthulhu comienza la llamada de sus fieles en todo el globo terráqueo. “Cthulhu fhtagn”. El mecanismo no deja de ser curiosísimo: Cthulhu llama a los devotos a través de los terrores ocultos en sus sueños. Sólo aquellos más sensibles, pues (como el propio Lovecraft, que vivió desde la infancia angustiado por terrores nocturnos), lo podrán oír. Y seguir. Las investigaciones del protagonista lo llevarán en este momento a un descubrimiento aterrador que, como es habitual, habría preferido no conocer nunca y que lo altera hasta el punto de (casi) perder la cordura. A diferencia del dios cristiano, que nos interpela para descubrir la verdad y vivir más plenamente, la verdad revelada en los mitos lovecraftianos siempre otorga un saber que mortifica la mente humana y que, en el fondo, es preferible ignorar para poder seguir viviendo.

Los lectores, pues, ahora sí, ya están advertidos: una vez comenzado el relato, resulta imposible no doblegarse a la voluntad de Cthulhu. “Cthulhu fhtagn”, “Cthulhu fhtagn”

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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