LOS NOMBRES MUERTOS (2013) – Jesús Cañadas

Autor: Jesús Cañadas
Título: Los nombres muertos
Editorial: Fantascy
Año: 2013
Páginas: 576
ISBN: 9788415831051
Valoración: ★★★

 

Cuando se estrenó, en 2013, esta novela dio bastante que hablar. Varios medios, digitales y tradicionales, se hicieron eco de esta historia protagonizada por el escritor Howard Phillips Lovecraft y ambientada en el mundo de los mitos de Cthulhu. La mayoría de críticas fueron bastante favorables. La originalidad del planteamiento lo justificaba suficientemente: Cañadas tomaba la persona de Lovecraft y la convertía en protagonista de un thriller delirante, y lo hacía de manera convincente. Competente. La trama se centra en uno de los grandes mitos lovecraftianos: el libro del Necronomicón, un grimorio supuestamente inexistente pero que a lo largo de la historia ha hecho correr ríos de tinta, hasta el punto de que varias personas han llegado a afirmar su existencia más allá de la imaginación del genio de Providence. Sin ir más lejos, es bien conocida la falsa noticia que da Jorge Luis Borges de la existencia de un ejemplar del libro en la Biblioteca de Buenos Aires. Cañadas da pábulo a esta idea y, a imitación del personaje de Conan Doyle (las referencias a Holmes son explícitas a lo largo de la novela), teje una obra a medio camino de la historia de terror, la novela de aventuras y el relato detectivesco.

En primer lugar, hay que advertir que esta no es una novela histórica ni una biografía, sino un libro de entretenimiento. Evidentemente se trata de un homenaje al soñador de Providence, pero Lovecraft no deja de ser una excusa para construir una novela que destierra la verosimilitud y el rigor históricos en aras del espíritu aventurero. No podemos tomarnos el libro, pues, en serio, ya que corremos el riesgo de quedar decepcionados. Se trata de un juego. Cañadas ha tomado el mito devotamente y lo ha hecho encajar en su fantasía. Un recurso muy lícito, cuyo éxito es imposible sin tener un buen dominio del material con el que se trabaja: la realidad. Lovecraft. Se nota que el autor, en este sentido, se esforzó en documentarse sobre la vida del autor de “La ciudad sin nombre” (1921) y “La llamada de Cthulhu” (1926) antes de emprender este ejercicio de desrealización literaria. Ahí radica parte de su éxito. En cualquier caso, el resultado es chocante y puede que no sea del gusto de todos los lectores. Al menos no de los más “puristas”. Y es que Los nombres muertos, aunque en algún punto nos lo pueda hacer pensar, se aleja de la línea de investigación erudita de libros como El nombre de la rosa (1986) de Umberto Eco o El club Dumas (1993) de Pérez Reverte y en el fondo no deja de ser una aventura al más puro estilo Indiana Jones, con altas dosis de acción.

El protagonismo del libro es compartido entre Lovecraft y Frank Belknap Long, prolífico escritor de terror que formó parte desde el inicio del “círculo de Lovecraft”, grupo que se dedicó a mantener y a agrandar el legado del de Providence. Belknap será quien iniciará la búsqueda del Necronomicón a través de un encargo misterioso. Y quien inmiscuirá en el asunto a un escéptico Lovecraft, retirado en su refugio de Providence viviendo con sus tías una vida anodina y depresiva. Resulta divertido constatar que mientras todos creen ciegamente en la existencia del libro, su autor, desde el propio inicio del relato, no pare de repetir que es falso. Poco a poco, las peripecias locales se convierten en internacionales, de los EEUU se pasa a Gran Bretaña, Alemania, Portugal, Siria, etc. Y al grupo de dos se suman a lo largo de estos viajes otros personajes, como la mujer de Lovecraft, Sonia Green, Robert Erwin Howard (otro famoso seguidor del círculo), el mago ocultista Aleister Crowley, los escritores Arthur Machen y Fernando Pessoa o, incluso, un jovencísimo Tolkien, que sufre en carne propia la desesperada búsqueda del libro por parte de las misteriosas fuerzas del mal que quieren apropiarse de él a cualquier precio, al más puro estilo de los supervillanos de Hollywood .

Cabe señalar, llegados a este punto, que Cañadas es un escritor apasionado y en algunos momentos del relato da la impresión de que esta pasión se desborda. Por ejemplo, en la escena de la subasta de Sothebys. Disparos, persecuciones a toda velocidad, quebradizas, etc. Seguramente sea el momento de acción más desmedida y exagerada de toda la novela y, personalmente, tengo que decir que, también, el momento en que he “desconectado” más. La literatura parece claudicar en favor del ritmo cinematográfico en este punto. Y no sólo lo digo por la gran cantidad de acción, sino que incluso algunos aspectos del estilo (y Cañadas demuestra tener uno bien marcado) me hacen pensar en este lenguaje más cercano al cine que a la literatura más tradicional. Las frases cortas, sintéticas. Poco más que pinceladas. Un ambiente. Una puesta en escena. Una indicación a los actores. También el recurso de alternar la 1ª y la 3ª persona a lo largo del relato me ha reforzado en esta impresión. Es como, en medio de una película, escuchar una voz en off reproduciendo el pensamiento del protagonista. Un recurso que no siempre resulta positivo. El uso de adjetivos desconcertantes, algunas veces un poco forzados (“hedor mestizo”) y las asociaciones sorprendentes de imágenes, a veces abusivas, van en esta misma dirección: marcan estilo propio. Si bien pueden acabar empalagando.

Fue precisamente Alfred Hitchcock, el genial director de cine, quien dijo una vez que una buena película debía comenzar con un terremoto e ir in crescendo. Lo leí hace tiempo en una reseña a propósito de Indiana Jones y el templo maldito (Steven Spielberg, 1986), con la que esta novela guarda evidentes (y sorprendentes) paralelismos. Está claro que Cañadas es de la misma opinión y que lo ha aplicado casi literalmente en Los nombres muertos. Ahora bien, esto nos lleva a una paradoja, y es que por el hecho de querer mantener en todo momento la tensión en los lectores la obra carece de un auténtico clímax. El autor se ha esforzado tanto por mantener y aumentar la tensión a lo largo de todo el relato que al cabo de un rato el lector corre el riesgo de estar exhausto y, hasta cierto punto, cansado de tantas persecuciones, disparos, palizas, viajes. No me convence esta idea de encontrar en cada página un “más difícil todavía”. Es el mismo caso que la concatenación de misterios, en aras de un final apoteósico. ¿Cómo superar todo lo que se ha escrito antes? pues con un final desmesurado y que, personalmente, me ha dado la impresión de dar demasiadas vueltas buscando la gran sorpresa, el gran golpe de efecto. También fue Hitchcock (y esto no recuerdo donde lo leí) quien dijo que lo que una película no ha sabido explicar en una hora y media ya no lo sabrá explicar en tres. Una manera elegante de apelar a la brevedad. Los nombres muertos me ha parecido un entretenidísimo blockbuster, bien escrito y fantásticamente documentado, al que se habría agradecido un mayor contenimiento y una tarea de expurgación en algunas partes, aunque es una recomendadísima lectura para pasar el rato.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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