LA CIUDAD SIN NOMBRE (1921) – H. P. Lovecraft

Autor: H.P. Lovecraft
Título: La ciudad sin nombre (The Nameless City)
Editorial: Valdemar
Editor: Juan Antonio Molina Foix
Año: 2005 (1921)
Páginas: 14 [en Narrativa Completa, vol. 1, pág. 261-275]
ISBN: 9788477025290
Valoración: ★★★★★

 

“La ciudad sin nombre” es probablemente el primer gran relato de H. P. Lovecraft. No es, sin embargo, la primera aproximación al tema de las ciudades en ruinas y al mito de antiguas (y terribles) civilizaciones. Es decir, a los Mitos de Cthulhu. Ya hablamos hace poco de “Dagón” (1917), prefiguración temprana. En ese caso, la civilización se escondía en las profundidades del mar. Acerca de horrores ocultos en civilizaciones extintas también resultan destacables los relatos “La maldición que cayó sobre Sarnath” (1920) y “El templo” (1925), que sitúan ya el misterio en las dunas del desierto. Indudablemente, sin embargo, todos estos relatos beben de una tradición anterior, que nunca negó Lovecraft: Edgar Allan Poe y, especialmente, lord Dunsany. Dunsany, precisamente, habla en muchas de sus obras de ciudades extraordinarias pero muertas, en un estilo similar al de Lovecraft. La pieza teatral Los dioses de la montaña (1911), por ejemplo, había influido en el origen de la lovecraftiana Sarnath y un par de relatos anteriores entroncan perfectamente con “La ciudad sin nombre”: son “La locura de Andelsprutz” (1908) y “La caída de Babbulkund” (1907). Si la primera es la historia de cómo puede morir el alma de una ciudad, la segunda, mucho mejor, nos habla de una arcaica ciudad desaparecida por la ira de Dios, de la que no ha quedado ni rastro; sólo el nombre y la fama.

Pero en la ciudad lovecraftiana el olvido ha sido peor, ya que en caso de haber tenido alguna vez, no ha perdurado ni el nombre. Tanto en un relato como en otro de Dunsany, como en el de Lovecraft, las ciudades son lugares especiales que alimentan el viajero de sueños. No es nuevo. El famoso Kubla Khan (1797) de Coleridge, destacado ejemplo de literatura onírica, también fue imaginado en un sueño. De hecho, Lovecraft usa esta basa más de una vez. En “Celephaïs” (1922), por ejemplo, un bello relato onírico (donde aparece por primera vez una referencia a otra ciudad mítica en el imaginario del de Providence, Innsmouth), desarrolla hábilmente este recurso a propósito del protagonista, Kuran, que recibía este nombre únicamente en el mundo de los sueños y, en cambio, era llamado de otra manera durante la vigilia. Volviendo a nuestro relato, Juan Antonio Molina Foix nos informa en nota que Lovecraft admitió que el relato de “La ciudad sin nombre” le había sido inspirado precisamente por un sueño, causado por las últimas palabras de otro relato de lord Dunsany, “Probable aventura de tres hombres de letras” (1912). También en este relato, como en Coleridge, hay un lugar destacado para la poesía. Dicen así, las palabras inspiradoras de Dunsany, citadas expresamente en el relato de Lovecraft:

La negrura sin reverberación del abismo.

“La ciudad sin nombre” está protagonizada, en la habitual 1a persona del singular lovecraftiana, por uno de esos aventureros osados que tanto gustan al autor. Seres enloquecidos por una obsesión.

Me había trastornado por completo aquella inclinación mía por lo extraño y lo desconocido que me había convertido en un nómada en la tierra y un asiduo de lugares lejanos, antiguos i prohibidos.

Un asiduo de las tinieblas, de lo oculto, vaya. Como prefigurando otro de sus grandes títulos. El aventurero llega a las ruinas de una ciudad maldita, en medio del desierto, de la que únicamente algunas historias cuentan leyendas, inciertas y terribles. La exótica Arabia, la desconocida India. Estos son los escenarios donde todo es posible. Es la atmósfera inextricable al misterio de Lovecraft. Sugerir la maravilla, sin verla. Preparar al lector conscientemente para lo peor. Demorar el clímax hasta el máximo.

Fue con este lugar que soñó el poeta loco Abdul Alhazred, la noche antes de entonar su inexplicable pareado: «Que no está muerto lo que puede yacer eternamente / y en los eones venideros hasta la muerte puede morir».

Aparece por primera vez la figura de Alhazred, el presunto autor de “El Necronomicón” (1938), uno de los libros apócrifos más famosos de toda la historia de la literatura, del que aquí no se dice absolutamente nada. Quizás todavía Lovecraft no lo había imaginado. Faltaba poco, pero, para que se convirtiera en piedra de toque de los mitos. Junto a este grimorio apócrifo, también se refiere a otros textos que se van repitiendo a lo largo de sus obras, apócrifos y no: las pesadillas de Damascio, el Image du Monde (1245) de Gauthie de Metz, un cuento de lord Dunsany…

Abrumado por esta pátina de erudita verosimilitud, el lector se hunde en las profundidades de un mundo subterráneo, paralelo al nuestro cotidiano, como siguiendo al protagonista de aquel inspirador relato de lord Dunsany que comentábamos antes, que 

Saltó por encima de los confines del Mundo y todavía está cayendo a través de la negrura.

Mirar los abismos nunca ha llevado a nada bueno. Terreno conocido, éste de las profundidades, los pozos y las cavernas, que ha inspirado innumerables escritores. Desde la Pandora en el Congo (2005) del catalán Sánchez Piñol hasta la reciente Aniquilación (2014) de Jeff VanderMeer. No sabemos en ninguno de los casos a qué pozos laberínticos y a qué profundidades se referían los autores, si a aquellas de la geología o a aquellas otras que Freud decía que hay dentro de cada persona. En el descenso de Lovecraft podemos ver El viaje al centro de la Tierra (1864) de Verne, evidentemente, pero hay mucho más. Si acaso sirva el ejemplo de Iram, citada hacia el final del relato, otra de esas ciudades lovecraftianas del terror y la locura. El autor no fue un gran viajero, pero sí un hambriento lector. “Muchas cosas he leído, pocas he vivido”, decía teatralmente Jorge Luis Borges, quizás pensando en Lovecraft. Según Molina Foix, parece que en este caso nuestro autor fusiló la entrada “Arabia” de la Enciclopedia Británica, que consultaba a menudo cuando escribía. Lovecraft viajaba, pero en sus sueños, que lo torturaron toda la vida. Sus pozos y laberintos se encontraban sobretodo en su interior.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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