ESCÁNDALO EN BOHEMIA (1891) – Arthur Conan Doyle

Autor: Arthur Conan Doyle
Título: Escándalo en Bohemia (A Scandal in Bohemia)
Editorial: Cátedra
Año: 2005 (1891)
Páginas: 20 [en Todo Sherlock Holmes, pág. 283-302]
ISBN: 978-84-376-2991-9
Valoración: ★★★★★

 

“Escándalo en Bohemia”, como es costumbre en los relatos de los casos de Sherlock Holmes, se estructura en tres partes muy claras y que se corresponden al clásico planteamiento, nudo y desenlace. Esta vez, sin embargo, la existencia de esta triple partición es tan evidente que el propio Arthur Conan Doyle  compone el relato en tres capítulos numerados. En el primero, como siempre, Watson habla en primera persona y, desde el presente, lanza la vista atrás para recordar el caso que nos quiere narrar, como cronista oficial de las aventuras de su amigo. 

Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer.

De esta manera empieza la que seguramente es (con permiso de El perro de los Baskerville) la mejor historia del ínclito detective.

A sus ojos, ella eclipsa y domina a todo su sexo. Y no es que sintiera por Irene Adler nada parecido al amor. Todas las emociones, y en especial esa, resultaban abominables para su inteligencia fría y precisa.

Lo que siente por Irene Adler (la difunta Irene Adler, nos hace saber Watson en estas sus rayas introductorias) es mucho mejor: la admira, ya que se trata de la única persona que ha conseguido vencerlo, y con sus propias armas. Por eso este “Escándalo en Bohemia”, de escasamente veinte páginas, se convierte en un caso singular, el más singular de todos, seguramente.

Una vez terminada esta digresión inicial, Watson pasa a exponer el caso. El doctor nos sitúa en marzo de 1888, estando él ya casado y, por tanto, no compartiendo piso con Holmes. Esto había supuesto un cierto distanciamiento entre ellos dos: Watson tenía sus propias obligaciones en casa con su mujer y Holmes en el 221b de Baker Street,

Sepultado entre viejos libros y alternando una semana de cocaína con otra de ambición, entre la modorra de la droga y la fiera energía de su intensa personalidad.

En “El signo de los cuatro” (1890) ya habíamos conocido su debilidad por la cocaína, a la que recurría, a pesar de la desaprobación de su médico y amigo, cuando el aburrimiento y la falta de estímulos intelectuales le abatían. Quizás imbuido de un cierto remordimiento por lo abandonada que tenía su amistad con Holmes, lo cierto es que una noche, volviendo de ver a un paciente, Watson decide subir a saludarlo en su antiguo piso. Así, de esta forma tan fortuita, es “reclutado” de nuevo para uno de los casos en que está inmerso Holmes: el de un misterioso aristócrata que quiere recuperar una fotografía comprometedora con una antigua amante, ahora que ha de contraer matrimonio con una rica heredera. El misterioso personaje resulta ser el propio rey de Bohemia y la chica con la que cometió la imprudencia de fotografiarse Irene Adler, contralto y primma donna de la Ópera Imperial de Varsovia, actualmente retirada de los escenarios. En apariencia, pues, nada tan terrible, extraordinario o maravilloso como en otros casos. Sólo una cuestión de faldas.

La segunda parte del relato es propiamente la investigación. Unas palabras del doctor ya presagian el final atípico de la historia, sólo empezar esta parte. Dice:

Tan acostumbrado estaba yo a sus invariables éxitos que ni se me pasaba por la cabeza la posibilidad de que fracasara.

Si en historias anteriores nos enteramos de sus habilidades con el violín o de su gusto por fumar en pipa, aquí descubrimos una de sus destrezas más sorprendentes: el extraordinario arte del disfraz.

El teatro perdió un magnífico actor y la ciencia un agudo pensador cuando Holmes decidió especializarse en el delito.

Pasando lo más desapercibido posible, pues, Holmes espiará a Irene Adler e ideará un plan para descubrir dónde oculta la ansiada fotografía. A pesar de que el plan parece funcionar a las mil maravillas, lo cierto es que algunas trivialidades, vistas en perspectiva, ya presagiaban que la cosa no podía acabar bien. Eran simples detalles, que sin embargo habían escapado incluso a la mirada analítica de Holmes: en primer lugar la boda de Irene con un tal Godfrey, imprevista y sorprendente, y en segundo lugar aquella voz familiar que, al entrar en casa, le saludó, pero que Holmes no consiguió indetificar. Los detalles siempre son claves, hemos aprendido precisamente de Holmes…

Con estas incertidumbres, pues, encaramos la tercera y última parte del caso. Es la más corta de todas, pero el relato no acusa precipitación. Al contrario. El ritmo narrativo de Doyle es coherente y los misterios se resuelven de la mejor manera y en el momento más adecuado. Toda la historia desemboca en el clímax en el instante preciso en que nos damos cuenta de que esta vez Holmes no resolverá el caso, sino que el detective, el burlador, ha sido el burlado. Una fotografía de Irene Adler en traje de noche y una carta dirigida a él será lo único que conseguirá. La fotografía del rey e Irene Adler, en cambio, se ha hecho escurridiza.

También yo tengo experiencia como actriz.

También dice que no piensa hacer ningún mal uso de la fotografía con el rey y que la guarda únicamente como seguro. Quizás quien más se ha aproximado a relatar lo que debió sentir Holmes por Irene Adler, en especial después de su muerte posterior, ha sido el director Billy Wilder en su indispensable La vida privada de Sherlock Holmes (1970).

A su manera, parece ser un final feliz, y así lo interpreta el rey, ya que no debe sufrir por ningún chantaje. Pero no para todos. Holmes no sale de su asombro. Acaba de conocer una sensación que no había experimentado nunca: la derrota. Pero también el reconocimiento de la superioridad del otro. De una mujer. Es por eso que cuando el rey le pide cuanto le debe, en un episodio que recuerda el mítico de Diógenes y Alejandro Magno, Holmes únicamente le pide una cosa: la fotografía de Irene que le ha dejado con la carta. No es nada erótico. Sólo el recuerdo de un adversario magnífico. Algo cambia en Holmes a partir de esta historia, que en cierto modo podemos pensar que lo humaniza. No es amor, es algo superior y más puro, algo a un nivel intelectual. Ha sido derrotado, y por una mujer, él que en tantas ocasiones ha hecho gala de una irrefrenable misoginia. Pero ya no más.

Él solía hacer bromas acerca de la inteligencia de las mujeres, pero últimamente no le he oído hacerlo.

De hecho, los silencios cuanto a Irene Adler dicen mucho más en Holmes que las palabras de su cronista y amigo.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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2 thoughts on “ESCÁNDALO EN BOHEMIA (1891) – Arthur Conan Doyle

  • 19 febrero, 2015 at 4:05 pm
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    El sentimiento que Holmes siente no es la derrota, sino el error, ha mencionado en otras novelas que otros lo han derrotado y que cuando joven no resolvía todos sus casos.

    Pero en este caso en particular ha subestimado a su adversario y, a sus ojos, eso es lo que le duele.

    Me recuerda al caso del niño, donde le pide a Watson que si un día se ve muy seguro de si mismo le recuerde cuando un niño lo venció. La reacción es distinta. Escándalo en bohemia humaniza a Sherlock por que muestra que se puede equivocar, que puede cometer errores, y no hay nada mas humano que eso.

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    • Daniel Genís
      19 febrero, 2015 at 4:23 pm
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      Gracias por el apunte. Sin duda lleva usted razón cuanto a este punto. ¡Errare humanum est! El error de cálculo de Holmes es lo que lo lleva a la derrota y sin duda su mayor pesar sea ese, pero en especial por ser a manos de una mujer. En ningún otro caso recuerdo que haga tanta mella el error/derrota como en este.

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