JUEGO DE TRONOS (1996) – George R. R. Martin

Autor: George R. R. Martin
Título: Juego de tronos (A Game of Thrones)
Editorial: Gigamesh
Año: 2002 (1996)
Páginas: 798
ISBN: 9788496208407
Valoración: ★★★★★

 

Voy tarde. Lo sé. Pero para ser absolutamente sincero debo decir que esta no es la primera vez que leo Juego de tronos. Más o menos. Mi primera tentativa lectora fue a finales de 2010 principios de 2011. Fue cuando oí a hablar por primera vez de una serie tremendamente ambiciosa que la cadena estadounidense HBO había estrenado sobre una fantasía épica descomunal, en la línea de El señor de los anillos (1954-1955). Como alma que persigue el demonio corrí a la librería más cercana y me hice con uno de los primeros ejemplares que había en estas tierras, meses antes del gran boom televisivo. He dicho que fue una tentativa lectora, porque confieso que no conseguí pasar de la página 300. Seguramente tuvo algo que ver el hecho de que se estrenó la versión televisiva y, al menos en esta primera temporada, su fidelidad al papel era casi absoluta. O quizás me dejé embaucar por los hábiles reclamos editoriales que hablaban del nuevo Tolkien (siempre Tolkien, siempre Le Guin) y me decepcionó no encontrar a Tolkien, sino sólo a George R.R. Martin. O quizás me cayó de las manos porque era un libro de ochocientas páginas y el primero de (nada menos) que una hexalogia (al final heptalogía). O quizás simplemente no era el libro ni había llegado el momento adecuado para mí… hasta ahora.

Juego de tronos actúa a modo de extensísimo prólogo de toda la saga Canción de hielo y fuego. Cada capítulo está bautizado con el nombre de uno de los personajes principales de la novela (“Bran”, “Catelyn”, “Daenerys”, etc.) y es a través de su punto de vista que vamos conociendo los acontecimientos, relatados en 3a persona. Auténtica novela río, se solapan magistralmente tramas, escenarios y géneros diversos. En esta primera parte, el protagonismo parece recaer en la familia Stark, que habita en el norte de los Siete Reinos. Eddard Stark es el Señor de Invernalia y gobierna aquella comarca recóndita según las viejas costumbres que ya no se practican. Representa los valores de la tradición y la familia, y es ejemplo de virtud moral. Vemos estos rasgos definitorios de su carácter nada más comenzar:

La sangre de los primeros hombres corre todavía por las venas de los Stark, y creemos que el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada.

Precisamente, y como si se tratara de un señal premonitorio, de regreso a Invernalia el rey y sus hijos se encuentran con una enorme loba huargo muerta por un ciervo y a su alrededor seis lobeznos. El lobo es el emblema de la casa Stark y el ciervo el de la casa Baratheon, la casa del rey Robert. Cuando cada uno de los hijos de Eddard apadrina a uno de los seis cachorros, de alguna manera se sella el destino de su familia.

Este inicio será uno de los escasos momentos de paz para los Stark. La visita a Invernalia del rey (a quien Ned ayudó ya hace muchos años a coronarse soberano de los Siete Reinos destronando a Aerys Targaryen, el rey loco) precipitará los acontecimientos y supondrá que la familia se disgregue para siempre: Eddard recibe el encargo del rey de ocupar el puesto de consejero pimer, de Mano, a su lado, y tiene que marcharse a regañadientes hacia la capital, Desembarco del Rey, un nido de víboras. No tardará en llegar el previsible enfrentamiento con los poderosos y pérfidos Lannister, antagonistas en todo a los Stark, que confabulan a la sombra de la corona para conseguir el trono de hierro en la figura del heredero, Joffrey, hijo de Robert y Cersei .

Cuando se juega al juego de tronos, sólo se puede ganar o morir.

Al norte, se ha producido la marcha de Jon, el hijo bastardo de Ned, al Muro, esa monumental construcción en los confines septentrionales del reino que separa el mundo de los hombres de un mal ancestral. Paralelamente, nos llegan noticias del exilio y apogeo de los hijos del depuesto Aerys Targaryen, Viserys y Daenerys, de la estirpe de los dragones, que tratan de reunir el ejército que les permitirá retornar a los Siete Reinos y reclamar el trono que les pertenece. Traiciones, asesinatos, secretos. Todo anuncia la llegada de cambios terribles en el mundo, de aquel temido invierno que una y otra vez predicen los Stark.

La profusión de capítulos no es casualidad. Martin, familiarizado con el ritmo narrativo de la televisión, donde trabajó durante años, parece preferir los capítulos cortos y con una acción concentrada a los capítulos largos y diletantes. Así la acción y el interés no decaen a pesar de las más de ochocientas páginas. Los seguidores habituales de este blog seguro que ya están familiarizados con las quejas a la longitud injustificada de algunas novelas. Especialmente aquellas del género fantástico. Es exactamente como si la longitud descomunal se hubiera convertido ya en una convención de este tipo de libros (como los magos, los caballeros y las bestias fantásticas). Fue una de las cosas que me gustó menos, por ejemplo, de otro fenómeno reciente dentro del mismo género de la fantasía épica, El nombre del viento (2007) de Patrick Rothfuss, que reseñé hace poco (otra víctima de las comparaciones con Tolkien y Le Guin, e incluso con Martin, encaramado ya al Olimpo de los dioses del fantástico). En esa novela me parecía absolutamente injustificable y dilatorio alargar la trama tantísimas páginas. Ahora bien, en el caso que nos ocupa tengo que reconocer que el número superlativo de páginas, más allá de ser o no una convención, resulta sobradamente justificado.

En cuanto a los personajes y los argumentos, muchos y variados, son del todo coherentes en su evolución y ni el sexo ni la violencia (a raudales) son gratuitos en la novela. Realismo sucio, desmitificación de los cuentos de hadas. 

Nada que ver con los cuentos que te explicaba tu niñera. Nosotros nos meamos en los cuentos, y también en la niñera.

Martin no duda en reflejar lo peor de la sociedad. Las miserias humanas de los hombres en general. Es así que ningún personaje suyo es llano ni sencillo. Incluso la religión juega un papel desconcertante: deidades diversas, tradiciones diversas, pero no sabemos si hay alguna auténtica. Si acaso un cierto poder de redención asociado al sufrimiento. Un nihilismo desesperanzado muy contemporáneo que parece impregnar de norte a sur su mundo fabuloso. Definitivamente, Martin no es ni ha querido ser nunca Tolkien. Se tiende a invocar su nombre como un mantra y hace más daño que bien. Tolkien resulta inigualable, aunque sólo sea por el hecho de haber sido el primero. No hay nada peor que negar a un escritor su propia voz haciendo creer que es la reencarnación de otro. George R.R. Martin tiene una prosa suficientemente perfilada, personal, como para ser grande sin necesidad de tener que compararse con nadie más. Si acaso un parecido: en un mundo inmenso, ambos sienten predilección por los que son diferentes, insignificantes. En el caso de Tolkien los hobbits. En el de Martin los bastardos (Jon Nieve), los enanos (Tyrion Lannister), los cobardes (Sam), los lisiados (Sandor Clegane), etc.

Es innegable que Martin ha hecho una novela para ser un best seller y no para ser una obra de arte. La suya es una prosa del tiempo: valiente y directa, sin concesiones. Quizás no alcanza la erudición del Maestro, pero el resultado es extraordinario y, lo más importante, nada convencional en un género demasiado proclive a los convencionalismos. En Juego de tronos el autor inicia muchísimas historias y es capaz de mantener la tensión lectora hasta el final, postergando sin artificiosidad la resolución de los conflictos. En la última página de esta primera parte, los dos ejes argumentales más importantes (el enfrentamiento entre los Stark/Tully y los Lannister y la vida en el exilio de los herederos legítimos al trono de hierro, los Targaryen) quedan absolutamente colgados en el momento del clímax. La mejor disposición, pues, para tomar Choque de reyes (1998), la segunda parte de la saga y tragarnos ochocientas páginas más de una tacada. Las expectativas son altísimas, pero también los miedos: ¿Será capaz Martin de ligar todas estas historias de manera convincente en el esperadísimo acto final? Y lo que es aún más importante, ¿estará a tiempo un Martin de 68 años de escribir el acto final de esta epopeya antes de que llegue su particular invierno? No estaria de más que los seguidores de la saga le dedicáramos una oración en el primer bosque de arcianos que encontráramos para que no se resfríe antes de acabar el último libro…


Juego de tronos ★★★★★
Choque de reyes ★★★★★
Tormenta de espadas ★★★★★
Festín de cuervos ★★★★
Danza de dragones ★★★★★
Vientos de invierno 
A Dream of Spring
Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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