DE NIÑOS SALVAJES Y HOMBRES LOBO

Fecha: 21 de agosto de 1898

Cuando hace doce meses iniciábamos este particular viaje en el tiempo nos propusimos transcribir y comentar mensualmente una noticia maravillosa y sorprendente de la prensa diaria a lo largo de todo un año. El hecho de que se tratara de noticias del todo inverosímiles pero que aparecieran en periódicos y revistas de uso habitual, reputadas y todo, especialmente durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, representaba una contradicción en los términos que nos pareció muy atractiva. ¿Un vampiro viviendo en Lisboa, perfectamente identificado y que trabajaba de afinador de pianos? ¿Un zombi pintando a escondidas en el taller del pintor Murillo? ¿Un autómata fan de Napoleón? Al cabo de todos estos meses, pues, podemos decir que han desfilado por el blog desde ovnis, zombis y vampiros hasta autómatas, científicos locos o soñadores utópicos. Una auténtica freak parade que esperamos haya hecho las delicias de nuestros lectores más fans del bizarre. Hoy, en esta última parada de nuestra particular máquina, nos queremos hacer eco de otra de estas criaturas del fantástico que no había aparecido todavía en ninguna de las noticias que habíamos transcrito: el hombre lobo.

Nuevamente de la pluma de Juan Buscón (seudónimo con el que firmaba sus populares crónicas diarias en La Vanguardia el escritor y periodista catalán Ezequiel Boixet), nos enteramos de que en las selvas de Indostán se han encontrado varios niños-lobo. Se trata de criaturas desaparecidas hacía tiempo en la selva y que, según explica el cronista, han sobrevivido en compañía de lobos, de tal manera que han desaprendido los hábitos humanos y hoy en día tienen más de bestia que de persona. Buscón incluye en su crónica la habitual parafernalia científica, y cita autoridades como la del profesor Max Müller, filólogo, hindólogo, mitólogo y orientalista alemán, o la del geógrafo escocés Roderick Murchison, testigos oculares de casos de niños salvajes. La figura de los niños salvajes ha despertado el interés del público en varios momentos de la historia. El caso más famoso seguramente sea el de Víctor de Aveyron, uno de estos niños animalizados encontrado en 1799 por unos cazadores en la zona francesa de Aveyron y al que el pedagogo Jean Marc Gaspard Itard intentó inútilmente sociabilizar. El caso despertó mucho interés, pero lo cierto es que los resultados fueron más de orden teórico que práctico. La película de François Truffaut El niño salvaje (1970) precisamente nos cuenta este caso.

Filósofos como Rousseau o Kant desarrollan a través de casos como el de Aveyron teorías encaminadas a explicar la influencia del elemento social sobre las personas, y se llega a la idea del “buen salvaje” [1]. En literatura, sin duda, la historia más célebre es la narrada por Rudyard Kipling en El libro de la selva (1894), llevada al cine con desigual fortuna a lo largo de los años. También H.G. Wells estudiará los límites entre el hombre y la bestia en su novela de terror La isla del doctor Moreau (1896). Ahora bien, en ninguno de estos casos podemos decir que se trate de hombres lobo, si queremos ser justos. El hombre lobo, tal y como lo entendemos hoy en día, pertenece al terreno del folklore y los mitos, y no al de la ciencia. Además, las características que se les atribuyen no son comunes e incluso los nombres varían dependiendo del país: en Latinoamérica, por ejemplo, reciben también el nombre de “hombres tigre”, “hombres puma” o “indios tigre” , y existen historias como las de las “mujeres pantera” (que Manuel Puig usó como base para su novela). En Europa, el hombre lobo tiene su temprana aparición en la mitología griega, con Licaón, y desde entonces y hasta la edad media, cuando Gervase de Tilbury asocia su transformación con la luna llena, su popularidad aumenta muchísimo. Es también en la edad media cuando tenemos una de las más bellas aproximaciones al mito, de la mano de María de Francia en su lai Bisclavret. En cualquier caso, las historias del hombre bestia (asociadas al asesinato y al canibalismo), junto con otro mito atávico, el del vampiro, han aterrado a los hombres desde los inicios de la civilización (por contraste, probablemente, entre naturaleza y cultura) y la literatura.

Buen viaje y buena lectura
El piloto de la nave
 
La Vanguardia

Busca, buscando

En uno de los interesantes folletines científicos que publica semanalmente el Journal de Debats, se habla de una nueva especie de animales hasta ahora ignorada de los naturalistas europeos. Cuando digo «nueva especie» incurro en una fraseología impropia, científicamente hablando, ya que sólo se trata de una… singularidad, producida por las circunstancias pero singularidad tan fenomenal que a no venir atestiguada por numerosos testigos, dignos de todo crédito por su respetabilidad, parecería más bien conseja que verdad. Muchas personas, en efecto, y entre ellas el sabio profesor Max Müller, sir Roderick Murchison, un general y varios oficiales del ejército inglés, distintos misioneros y exploradores del Indostán, afirman y confirman, en su calidad de testigos oculares, la existencia en algunos puntos de dicho país de los niños-lobos.

No se vaya, empero, a creer en una raza híbrida, mezcla monstruosa de dos especies tan distintas. No, esos niños-lobos tienen toda la configuración humana; pero avezados desde su primera infancia, desde el periodo de amamantamiento a vivir con las lobas a cuyos pechos se criaron, acostumbrados a la soledad de las selvas sin más compañía que la de sus agrestes nodrizas —y probablemente sus raptoras— no conservan del niño ni del hombre más que una parte del aspecto físico. Y digo una parte porque aún entrada la época de su desarrollo, andan a gatas apoyándose, no como los monos sobre las palmas de las manos y las plantas de los pies, sino sobre las rodillas y los codos; de sus labios brotan sonidos inarticulados, algo que semeja el aullido del lobo y despiden sus cuerpos un olor nauseabundo como el de sus selváticos compañeros y casi-congéneres.

El capitán Edgerton, que ha visto a alguno de esos infelices aprisionados, refiere curiosos detalles sobre los niños lobos. Uno de ellos se defendió tenazmente contra sus cazadores y les infirió crueles mordeduras. Reducido a cautividad, pues cautividad había de ser y penosa para aquella criatura de los bosques la sociedad de los hombres, manifestóse tan arisco y salvaje como hubiese podido serlo un lobo cogido en la trampa. Cuando le servían la comida demostraba invencible repugnancia por los alimentos cocidos, arrojándose en cambio con avidez sobre la carne cruda. Y emanando siempre de su cuerpo aquel maldito hedor a fiera, que ni jabones, ni esencias, ni aguas bastaban a suprimir, ni siquiera a hacer menos fuerte.

«Una noche —cuenta el citado capitán— se acercaron al sitio dos lobos con intenciones notoriamente hostiles. Pero así que le hubieron olido cambiaron de actitud, lamiéndole cariñosamente, prodigándole muestras de afecto a que correspondía él jugueteando con sus amigos, acariciándoles con la mano, saltando y pegando gruñidos de júbilo. Al otro día volvieron los dos lobos de la víspera con otros tres y se reprodujo la misma escena.»

La inteligencia de esos pobres seres está completamente atrofiada y no responde ya a ninguno de los esfuerzos que se hacen para despertarla. Por un fenómeno extraño y del cual podría deducirse que la segunda naturaleza adquirida más imperiosa y dominadora que la primera, y que las leyes del hábito superan en energía a las del nacimiento, de la raza propia, los niños-lobos reconquistados por el hombre, no pueden soportar la cautividad más que por breve tiempo. Pero se me ocurre observar que tampoco deben soportar muchos años la vida selvática. De lo contrario es de suponer que así como se encuentran en el Indostán niños-lobos, se hallarían igualmente adultos ídem. Y de eso no hablan las crónicas.

Se ha dado el caso, según afirman datos fehacientes, de que uno de esos miserables parias prolongue su vida y llegue hasta a recobrar su inteligencia. Un niño-lobo recogido en un orfelinato pudo, poco a poco, volver a su estado físico nativo: adquirió el uso de la palabra, aprendió más tarde a leer y escribir y salió del asilo convertido en hombre como los demás y entró en el cuerpo de la gendarmería indígena. Pero esta parece ser la única excepción que se cuenta.

Digo mal… Recuerdo en este momento otra excepción que leí años atrás y que hizo la fortuna de un periódico francés. Tratábase también de un hombre-lobo que después de una infancia y una adolescencia absolutamente lobáticas y tras una serie de dramáticas aventuras, concluía por ser un gran señor y casarse con una chica tan aristocrática como deliciosa. Pero no sé si todo lo que cuentan las novelas de folletín puede tomarse como verdad histórica. Sospecho que no. JUAN BUSCÓN.

→La Vanguardia (21 de agosto de 1898, pág. 1)


[1] Si el hombre es bueno por naturaleza o no ha sido una de las máximas preocupaciones filosóficas durante muchos años. La existencia de niños salvajes, de seres donde la cultura no había afectado su naturaleza animal, era visto como una oportunidad para discernir el misterio. En literatura, el caso de Frankenstein (1818), de Mary Shelley, sería una de las aproximaciones más exitosas.

Imagen: The Wolf Man (Joe Johnston, 2010)

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

dgenis has 206 posts and counting.See all posts by dgenis

Deja un comentario