LAS PARTÍCULAS ELEMENTALES (1998) – Michel Houellebecq

Autor: Michel Houellebecq
Título: Las partículas elementales (Las partículas elementales)
Editorial: Anagrama
Año: 2012 (1998)
Páginas: 321
ISBN: 9788433967305
Valoración: ★★★★
 

A algunas novelas, la mejor manera de aproximarse  es sin saber casi nada. Este ha sido para mí el caso de Las partículas elementales, del francés Michel Houellebecq. Conocía evidentemente el título, recordaba vagamente que había sido todo un fenómeno editorial en Francia, cuando se publicó, hace ya unos años (“clásico moderno”, la han llamado algunos) y me sonaba que su argumento giraba en torno al mayo del ’68. Poco más, sinceramente. Y sí: la novela ha sido todo esto en 317 de sus 320 páginas. Las peores, cabe decir. En las tres últimas, sin embargo, sufre una mutación que la convierte en algo más, del todo diferente, mejor. Al terminar el epílogo, en sólo tres páginas, el autor le da la vuelta radicalmente al argumento y consigue descolocar al lector con el sentido final. Y sencillamente, este giro argumental debo confesar que, aunque quizás sea tramposo, me ha parecido una auténtica maravilla, de aquellos que convierte una buena novela (como me había parecido hasta entonces ésta, en el mejor de los casos) en una novela extraordinaria.

Houellebecq se sitúa en el futuro y retrospectivamente nos habla en estas primeras trescientas y pico páginas de Bruno y Michel, dos hermanastros abandonados por su madre (se marchó a una comuna en California) y que se han conocido tarde en la vida. Después de haber vivido separados e ignorándose durante mucho tiempo, se reencuentran y, a su manera, comparten su visión del mundo al llegar al punto medio de la vida y afrontar la “crisis de los cuarenta”. Bruno es un obseso sexual, un misógino, un narcisista y un racista de inclinaciones psicopáticas que no ve sentido a la vida. Él sólo encuentra objetivo abandonándose tanto a los placeres sexuales que le ofrece una sociedad inmoral erigida sobre los restos decrépitos de filosofías new age surgidas del mayo del ’68 y basadas, a su vez, en la ideología hippy (el tarot, los chakras, la meditación, los cristales, el chamanismo, el tantra…), como a la ultraviolencia que le proporcionan las snaff movies y los serial killers, como Charles Manson.

Los hijos bastardos de los hippies de los sesenta.

Estas páginas son un no parar de orgías y eyaculaciones y de violencia desmedida bastante excesiva y que en más de una ocasión dan la impresión de buscar la provocación por la provocación, acercándose peligrosamente a la pornografía gratuita, sin objeto ni motivo. No son las mejores del libro. Michel, en cambio, es del todo indiferente a los placeres de la carne, vive enclaustrado en su trabajo intelectual en busca de un hito inconcreto pero que en la novela se nos dice que es fundamental (un hito que debe cambiar radicalmente el curso del mundo) y que le ha valido un reconocimiento universal indiscutible en el futuro. Como su hermanastro, Michel tampoco parece encontrarle sentido a vivir. Éstas tampoco son las mejores páginas del libro. Tan excesivas como las sesiones masturbatorias y orgiásticas de Bruno resultan las páginas de detallada información en el campo de la genética y la biología referentes a las investigaciones de Michel, la verdad.

Superando una lectura superficial que, evidentemente, no se corresponde en absoluto al espíritu último de esta novela, mucho más compleja y difícil de lo que pueda hacer el efecto en una primera aproximación a la ligera, nos damos cuenta de que en el fondo, Las partículas elementales nos habla de dos grandes temas: del deseo como fuente de la insatisfacción de los hombres y del paso del tiempo, de los cambios. De la evolución a pequeña escala (la que uno mismo se ve en el propio cuerpo a medida que va creciendo) y a gran escala (en las especies). Una desde la praxis y la otra desde la theoria, las vidas de Bruno y Michel nos explican esto, son las dos caras de una misma moneda. La cultura occidental está fundamentada en el sexo y la violencia. Cualquier sabiduría en el homo sapiens parece estar basada en estos dos principios. Eros y Tánatos. El hombre se afana por encontrar satisfacción a su deseo en el sexo, la violencia y otros excesos, pero no lo encuentra. Es insaciable. Occidente se ahoga en una degradación sin freno, en un individualismo ciego, que lo lleva a la autodestrucción. Bruno y Michel, ambos a su manera (la locura, el suicidio), también se acaban destruyendo como este propio mundo caduco de los hombres en que viven. Vivimos.

Es un presagio del fin del mundo, evidentemente, pero a la vez un anuncio de algo mejor, de un mundo nuevo donde no existirá esta necesidad del deseo que lo estropea todo. No en vano la mención a Aldous Huxley, protagonista del capítulo 10 de la segunda parte de la novela. Más allá de haber sido el principal aval teórico del movimiento hippy y un firme partidario de la libertad sexual y los paraísos artificiales, su obra maestra de ciencia ficción Un mundo feliz (1932) preconizaba en muchos aspectos este mundo actual en el que agonizan los personajes de la novela de Houellebecq.

Desde entonces, la sociedad occidental no ha hecho otra cosa que acercarse a ese modelo.

No desvelaré el truco final, pero sí les diré que tiene mucho que ver precisamente con Aldous Huxley, del que escribe Houellebecq:

Tuvo una intuición fundamental: que la evolución de las sociedades humanas estaba desde hacía muchos siglos, y lo estaría cada vez más, en manos de la evolución científica y tecnológica.

Y he aquí lo que da sentido al título de la novela, aquellas “partículas elementales” que maneja Michel en su centro de investigación en Orsay y que son la clave para entender la novela, nuestro mundo e incluso el mundo futuro.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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