LA BANDA DE LUNARES (1892) – Arthur Conan Doyle

Autor: Arthur Conan Doyle
Título: La banda de lunares (The Adventure of the Speckled Band)
Editorial: Cátedra
Año: 2003 (1892)
Páginas: 21 [dentro Todo Sherlock Holmes, p. 185-205]
ISBN: 978-84-376-2991-9
Valoración: ★★★★
 

“La banda de lunares” es uno de los relatos más redondos de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle. Bien es cierto que en este caso los aspectos más íntimos de la relación entre el ínclito detective y su abnegado ayudante Watson quedan relegados a un segundo lugar, pero la trama policíaca resulta mucho mejor trabada y la resolución es mucho más redonda que en otros episodios. Da la impresión como si el uno fuera en detrimento del otro, o al contrario, como si el autor apostara por dar una mayor notoriedad a los aspectos domésticos sólo cuando los estrictamente profesionales no son de mucha altura. Es así como en otros casos, desde el punto de vista de la trama detectivesca quizás menos notorios, los aspectos más personales y familiares de la pareja cobran mayor relevancia. Pensemos en el caso inaugural según el “Canon”, “Estudio en escarlata” (1887), o en “El signo de los cuatro” (1890), donde descubrimos algunos aspectos de Holmes que a la larga son los que han configurado el arquetipo que es hoy: su gusto por el violín, el hábito de fumar en pipa, la debilidad ante los estupefacientes, la misoginia, su lógica deductiva …

A pesar de esta advertencia, pero, como casi siempre, las primeras páginas de este caso son una introducción donde el doctor Watson, el cronista de las aventuras de su amigo y compañero de piso en aquellos momentos, nos pone en antecedentes sobre su tarea y, especialmente, de la atracción que le provocan sus peculiares características (de carácter, entiéndase, ya que no hay ninguna página en toda la obra completa en la que se insinúe ningún otro tipo de atracción entre ambos que no sea de amistad) y de su oficio:

No existía para mi mayor placer que seguir a Holmes en todas sus investigaciones y admirar las rápidas deducciones… siempre fundadas en una base lógica.

Hecho esto, se inicia propiamente el caso. “La banda de lunares” comienza de madrugada un día del mes de abril de 1883, cuando una inesperada visita llama al 221b de Baker Street. Se trata de una joven, Helen Stoker, la cual está absolutamente trastornada porque cree que su vida corre peligro. Lo insólito del caso es motivo suficiente para captar la atención de Holmes, que le exige una minuciosa exposición de los hechos.

Le ruego que sea precisa en los detalles.

Es así como escuchan de boca de la joven como ella y su hermana Julia son hijas de la difunta señora Stoner, la cual, viuda y encontrándose en la India, se casó con el doctor Roylott de Stoke Moran. Si su padrastro estaba arruinado, resulta que su madre disponía de bastante dinero. Dinero que al morir se guardó bien de repartir entre sus dos hijas y su marido, el cual había de administrarlo mientras ellas permanecieran solteras.

El hecho de que Julia muriera justamente unos días antes de casarse había hecho sospechar todos del padrastro, quien más tenía que perder, pero no se pudo demostrar ninguna participación especial en su trágico fin. Días antes de morir, Julia había comentado a su hermana que de noche, estando a oscuras en su habitación, escuchaba un inexplicable susurro, pero no se pudo averiguar la fuente del ruido. La chica murió precisamente en la cama de su habitación, que permaneció toda la noche cerrada por dentro y era imposible de abrir. Helen fue la primera en asistir cuando escucharon sus gritos. Llegó justo a tiempo para oír sus últimas palabras:

¡Dios mío, Helen! ¡Ha sido la banda! ¡La banda de lunares!

La falta de explicación lógica lleva la chica a pensar en elementos sobrenaturales, como es costumbre también en otros casos de Holmes, como la famosa El perro de los Baskerville (1901), pero como es también habitual la pericia del detective verterá luz a la superstición y demostrará al fin que todo tiene una explicación razonable.

Comienza de esta manera el nudo de la historia. En este momento resulta que Helen está a punto de casarse también, y, a causa de unas obras en la casa paterna, ha tenido que trasladarse a la habitación de su difunta hermana. La situación parece ser idéntica a la que precedió la muerte de aquella, pero las coincidencias no acaban aquí: también desde hacía unos días Helen creía sentir por la noche un susurro. Por eso ha ido a ver Holmes, porque teme por su vida y no quiere terminar como su hermana. El juego intelectual que le representa este reto es suficiente para que Holmes resuelva aceptar el caso e ir inmediatamente a investigar in situ. Aprovechando que el señor Roylott está fuera de casa, la pareja protagonista da un vistazo a las habitaciones de la mansión. Como siempre, la mirada de Watson son nuestros ojos ingenuos, y la de Holmes es la del maestro, que alecciona al alumno y le hace notar sus errores infantiles. No resulta vano el registro: Holmes recuerda la incongruencia de dos elementos en la habitación del crimen: el cordón de una campanilla sin campanilla colgado junto al lecho y un conducto de ventilación que, en vez de llevar a fuera, comunica con la habitación contigua, la del doctor.

La tercera y última parte, la resolución del caso, podríamos estructurarla doblemente. En un primer momento tiene lugar el clímax del relato, con Holmes desbaratando los malvados planes del doctor-padrastro, y en un segundo la explicación de lo ocurrido.

-¿Lo ve, Watson? –gritaba- ¿Lo ve? Pero yo no veía nada.

El lector tampoco. Si la acción predomina en la primera, la reflexión es necesaria en la segunda para que podamos entender qué ha pasado realmente. A tal efecto resulta utilísima la figura de Watson, claro, que nos ahorra la vergüenza de aceptar nuestra propia incompetencia.

Supongo que habré deducido unas pocas cosas más que usted. Imagino, sin embargo, que vería usted lo mismo que yo.

Quizás es por estos momentos de arrogancia que apreciamos también especialmente cuando Holmes se equivoca:

La presencia de los gitanos y el empleo de la palabra banda, que la pobre muchacha utilizó sin duda para describir el aspecto de lo que había entrevisto fugazmente a la luz de la cerilla, bastaron para lanzarme tras una pista completamente falsa.

Rápidamente, sin embargo, vuelve a su talante habitual y se atribuye el mérito, al menos, de haber reconsiderado inmediatamente su postura. No ha probado aún el amargo sabor de la derrota, pero será sólo cuestión de tiempo, como leemos en “Escándalo en Bohemia” (1891) (¡y a manos de una mujer!). Sea como se quiera, pero, ya aquí Holmes nos advierte de los peligros que, incluso para él, implica alejarse de los caminos de la lógica y prejuzgar las cosas y las personas. Toda una lección.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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