EL RETRATO DE DORIAN GRAY (1890) – Oscar Wilde

Autor: Oscar Wilde
Título: El retrato de Dorian Gray (The picture of Dorian Gray)
Editorial: Alianza Editorial
Año: 2011 (1890)
Páginas: 320
ISBN: 978-84-206-5493-5
Valoración: ★★★★★

 

Oscar Wilde nace en Dublín el 15 de octubre de 1865. Desde muy pronto se manifestó en él una gran predisposición para la literatura, primero como poeta -en 1881 publicó el primer volumen de sus composiciones, Poemas de Oscar Wilde– y más tarde como dramaturgo y conferenciante. Con la publicación de su primer libro de relatos -para niños-, El príncipe feliz (1888), su vocación finalmente encontró la orientación definitiva. Así pues, en 1891 publica su primera y única novela, la que le daría la fama: El retrato de Dorian Gray, la historia del refinado vicioso que, al igual que un Fausto, vende su alma al diablo a cambio de la eterna juventud. Al mismo tiempo, comienza su etapa de teórico estético, con la belleza como epicentro de sus reflexiones.

El retrato de Dorian Gray comienza con una conversación entre Basil Hallward, pintor de cierta fama, introvertido y de físico poco notable, y Lord Henry Wotton, a propósito de un individuo de belleza abrumadora y misteriosa que ha conocido.

Me di la vuelta y vi a Dorian Gray por primera vez […] Cuando cruzamos la mirada, sentí que me volvía pálido. Experimenté una curiosa sensación de terror. Me di cuenta que estaba ante un individuo cuya mera personalidad era tan fascinante que, si lo consentía, absorbería todo mi carácter, toda mi alma, incluso mi arte.

Basil inicia así una admiración casi erótica para aquel joven -la afición a los jovencitos llevó a Wilde a prisión durante dos años- y desde entonces lo convierte en su musa particular, en la inspiración para sus cuadros:

¡Si supieras lo que Dorian Gray es para mí! ¿Recuerdas aquel paisaje por el que Agnew me ofreció un precio altísimo, pero del que yo no me quise deshacer? Es una de las mejores cosas que he hecho nunca. ¿Y por qué? Porque, mientras lo pintaba, Dorian Gray estaba sentado a mi lado.

Finalmente, Basil conseguirá convencer al joven Dorian para que pose para un retrato. Mientras lo pinta, Lord Henry hace un discurso donde alaba la belleza de la juventud, y donde ensalza el carpe diem, recordando que el tiempo pasa y lo mejor de todo, la belleza, también, porque es efímera. Le dice a Dorian:

El tiempo está celoso de usted, y guerrea contra sus lirios y sus rosas.

Influido por esta conversación, cuando se ve retratado la sensación no es de alegría ante aquel cuadro espléndido y maravilloso, sino todo lo contrario, de pesar. Exclama Dorian al verse tan joven y tan bello:

¡Qué triste! Me volveré viejo, horrible y repugnante. Pero este cuadro siempre será joven… ¡Ojalá fuera al revés! ¡Ojalá yo fuera siempre joven y envejeciera el cuadro! Por eso… por eso lo daría todo! Sí, daría cualquier cosa de este mundo! Daría el alma.

Y este deseo inocente, casi infantil, se convierte en el primero y el peor de sus pecados.

De esta manera, el libro se convierte en una recreación del mito fáustico. Pero resulta que en este caso, Dorian es un perverso y un libertino y encuentra placer infligiendo dolor a los demás. Wilde escribió una vez que es mejor ser bello que bueno, pero es mejor ser bueno que feo. La propuesta ética -o de falta de ética, deberíamos decir- contenida en estas palabras se manifiesta en la historia de Dorian Gray: su deseo lentamente se vuelve realidad, hasta el punto que su alma, que ya no le pertenece -pertenece al cuadro-, se encuentra libre de la culpa y los pecados.

Había manifestado el deseo loco de mantenerse joven y que envejeciera el retrato, que su belleza quedara inmaculada y que la cara de la tela llevara la carga de los pecados y las pasiones, que la imagen pintada se secara con las arrugas del dolor y el pensamiento, y que él pudiera conservar toda la ufanía y el encanto delicado de su juventud apenas consciente.

Dorian no es bueno, pero se mantiene bello. El retrato, en cambio, consigna el paso del tiempo y su crueldad:

Por cada pecado cometido, una mancha la salpica, que destruirá su belleza.

Para ocultar su alma al mundo, Dorian decide guardar el retrato donde nadie pueda encontrarlo nunca, con la intención de olvidarse de él para siempre. Pero no puede. La locura, la envidia, el miedo y el rencor se apoderan entonces de él y decide terminar -igual que el desgraciado monstruo de Frankenstein- con su “creador”, con Basil. Pero la destrucción del pintor tampoco es suficiente. Queda aún un testimonio perturbador de sus pecados: su propio retrato, que con su degradación física le recuerda la degradación de su alma malvada.

De la misma manera que había matado al pintor, mataría su obra y todo lo que significaba. Mataría el pasado, y cuando el pasado estuviera muerto, sería libre. Mataría aquella monstruosa vida del alma.

Y con esta intención se dirige, cuchillo en mano, hacia el cuadro. Desvanecido el hechizo de su belleza perenne, Dorian muere feo y malo. La peor de las muertes, según Wilde. Retrato y retratado, contenido y continente, compartían un vínculo íntimo. El último crimen de Dorian Gray fue inconscientemente contra sí mismo, ya que -recordando unas palabras de Lord Henry al inicio de la novela- el alma y el cuerpo deben estar unidos en armonía. Cuerpo y alma, ética y estética, se dan la mano espléndidamente en este final de la novela. Gray se lamenta al igual que Hamlet, el desdichado príncipe de Dinamarca: Como el retrato de una tristeza / un rostro sin corazón.


Publicado originalmente en la revista Mira’m en julio de 2006 en la sección Historias del guardián de la cripta.
Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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