EL DÍA DE LOS TRÍFIDOS (1951) – John Wyndham

Autor: John Wyndham
Título: El día de los trífidos (The Day of the Triffids)
Editorial: Minotauro
Año: 2008 (1951)
Páginas: 318
ISBN: 9788445076705
Valoración: ★★★★

 

Debemos inscribir El día de los trífidos en la nómina de libros de ciencia ficción apocalíptica, en la tradición establecida a finales del siglo XIX por H.G. Wells y La guerra de los mundos (1898). De hecho, esta obra que reseñamos hoy y aquella otra conservan un buen número de semejanzas, bien obvias por otra parte. Más allá de la temática finimundista, la ciencia ficción se convierte en ambos casos en la excusa perfecta para hablar de otros aspectos más reales que eran los que de verdad preocupaban a sus autores. Por otro lado, el proverbial sentido del humor británico, aquel de fina factura y con un cierto regusto a cínica burla a todo lo que se mueve, está presente en ambas obras. Ahora bien, también hay que señalar una importante diferencia. Si bien la obra maestra de Wells tiene un final cerrado, en el que asistimos a la derrota definitiva de sus invasores espaciales, en Wyndham el final es abierto, y la reconquista del mundo a los trífidos queda solo en un propósito a realizar muy lentamente, a generaciones vista.

A grandes rasgos, podríamos hablar de tres grandes partes en que podemos dividir El día de los trífidos. Por un lado tendríamos los dos primeros capítulos, probablemente los más brillantes e interesantes de todo el libro, que actúan a modo de introducción. En el primer capítulo el autor nos presenta al protagonista, un hombre que despierta con los ojos vendados en un hospital y que no oye a nadie. Está absolutamente solo. La maestría con que Wyndham nos habla de los silencios, las angustias, los miedos… del protagonista logra en este capítulo altas cotas literarias. Los aficionados al cómic (o a la serie) de The Walking Dead seguro que habrán notado las similitudes entre este extraordinario inicio del cataclismo trífido y el del cataclismo zombi según Kirkman. No será la única semejanza entre estos dos universos, como haremos notar más adelante. Según el protagonista va descubriendo después de levantarse de su cama de hospital y quitarse las vendas de los ojos, algo terrible ha pasado mientras él permanecía en la cama que ha alterado el mundo entero.

Se puede decir que me perdí el espectáculo del fin del mundo.

Los pasillos están llenos de cadáveres. Hay gente que se lanza desesperada por los balcones. Muchedumbres de pacientes y médicos deambulan extrañamente topando los unos con los otros… Todo el mundo se ha vuelto ciego de repente. Sabemos que el día anterior a los hechos unos extraños fragmentos de cometa que refulgían de un color verde espectral atravesaron la órbita terrestre. Todo el mundo estaba embelesado observando en el cielo aquel espectáculo aparentemente inocente. Pero al parecer, fue el origen de este mal terrible que ha conducido a la humanidad a una ceguera generalizada. Cuando consigue salir del hospital, el panorama es desolador. En la mejor tradición de la literatura del fin del mundo, la ciudad de Londres es un cementerio donde sólo de vez en cuando, grupos de ciegos enloquecidos gritan, se pelean y mueren en medio de escenas dantescas auténticamente estremecedoras. Pero el protagonista también descubre en medio del horror que no todo el mundo ha quedado ciego. Por una causa u otra él no es el único que en el momento que pasó el cometa por el cielo no lo estaba mirando. Es así como conoce a Josella Playton, de la que se acabará enamorando.

Si el primer capítulo servía para hablarnos del origen de esta ceguera generalizada y de la llegada del cometa, el capítulo segundo nos explica, en forma de flash-back, el origen de otro hecho insólito: el llegada de los trífidos. Los trífidos son plantas, extrañas y nunca vistas en la Tierra, pero en principio poco más que vegetales con algún interés comercial, sobre todo en la elaboración de aceite.

En los libros existentes se especula mucho sobre la repentina aparición de los trífidos (…) su verdadero origen aún no es bien conocido. Por mi parte, creo que fueron el resultado de una serie de ingeniosos cruces biológicos, y un resultado probablemente accidental, además.

Así pues, sobre el origen de los trífidos únicamente tenemos sospechas, conjeturas. Posiblemente un accidente ocasionó que los trífidos, mantenidos en secreto por los gobiernos, comenzaran a aparecer en cualquier parte de la noche a la mañana. Y a partir de entonces, su avance sobre la capa de la Tierra fue imparable.

Al principio no resultaban muy interesantes, al fin y al cabo eran sólo plantas, muy extrañas, pero sólo plantas. Ahora bien, todo cambió el día que el primer trífido retiró las raíces de la tierra y caminó. Además, se descubrió con espanto como estaban armados de un aguijón y que asestaban latigazos mortales a cualquiera que estuviera cerca. Este fue el inicio de una serie de comportamientos inquietantes, que pocos se detuvieron a observar y aún los que lo hacían tardaban en entender a que se enfrentaba el mundo:

Los observadores no se daban cuenta de inmediato que los trífidos solían permanecer al acecho cerca de sus víctimas caídas. La razón de este hábito se reveló claramente cuando se demostró que se nutrían de carne […] parecía como si los trífidos, cuando hacían vibrar sus ramas sin hojas contra el tallo, se comunicaran entre ellos.

Es decir, parecía que eran vegetales dotados de algún tipo de inteligencia que les permitía comunicarse. Precisamente fue la picadura de un trífido lo que llevó a nuestro protagonista a ser hospitalizado y permanecer con los ojos vendados.

Posiblemente el incómodo privilegio de haber sido «picado» por un trífido al comienzo de la era de los trífidos me produjo el efecto de estimular mi interés, porque a partir de ese momento me parece que me unía a ellos un lazo especial.

Del capítulo 3 al 14 podríamos hablar del nudo del relato. Instalados nuevamente en el presente, asistimos a las peripecias del protagonista y Josella en este nuevo mundo devastado por la barbarie humana y la tiranía de los trífidos, que aprovechan la ceguera de la mayoría de los humanos para aniquilarlos. Es cierto que a lo largo de este bloque, el más largo, se produce un cierto descenso en la intensidad del relato y que los hechos son bastante más erráticos e incluso repetitivos, especialmente si los comparamos con el explosivo comienzo. Pero no por ello carece de interés. De hecho, se dan algunas reflexiones muy interesantes, en especial aquellas que están relacionadas con la nueva vida que deben llevar los supervivientes.

Tenía el cerebro lleno de normas de moral y de convencionalismos que ya no tenían ningún tipo de aplicación.

Nuevo mundo, normas nuevas. O no. Esta es precisamente la cuestión que se debate en esta parte: asistimos a los intentos de los humanos (la mayoría ciegos, algunos afortunados no) para reconstruir la sociedad. Algunos elegirán nuevas formas de organización, adaptadas a los nuevos tiempos (el libertinaje); otros preferirán anclarse a los modelos del pasado (la religión, el feudalismo).

Del choque de los diferentes modelos sociales surgen las tiranteces entre los supervivientes. Y es que a pesar de un cierto optimismo en Wyndham (al menos el final deja lugar a la esperanza) esto no le impide ser crítico con la naturaleza humana: ni siquiera un cataclismo tan extraordinario como el de los trífidos ha sido suficiente para unirnos como raza, sino que pronto se dan las primeras diferencias y conflictos. A partir de un cierto momento, hace exactamente el efecto que los peores enemigos de los hombres no son los trífidos, sino los propios hombres.

En ese nuevo mundo que había recaído en el salvajismo, había que prepararse para comportarse más o menos salvajemente.

Para ir adelante, había primero que aprender a ir hacia atrás. Se produce, así como en buena parte de las aproximaciones al tema del holocausto zombi (volvemos a pensar en The Walking Dead, por ejemplo, pero no sólo), un retorno a una sociedad preindustrial, sin energía, con escasez de alimentos… donde será necesario que los hombres reaprendan los viejos oficios: la ganadería, la pesca, la agricultura…

Hemos empezado un camino que nos llevará cada vez más atrás hasta que seamos capaces de hacer nosotros mismos todo lo que necesitaremos. Hasta que llegue ese momento no nos detendremos en este camino que conduce al primitivismo. Pero cuando lleguemos, podremos recomenzar el camino de vuelta hacia la civilización.

Se ha hablado en alguna ocasión que precisamente Manuel de Pedrolo se basó en esta novela para escribir su famoso Mecanoscrito del segundo origen (1974). Es sobre todo en estas reflexiones donde lo vemos. La idea de volver a empezar, de rehacer el mundo, atraviesa ambas obras de arriba abajo. Ahora bien, hay una importante diferencia: si en Pedrolo los causantes del desastre son unos enemigos exteriores (al estilo de Wells), en Wyndham el enemigo es interior. Somos nosotros mismos. Como en el caso de los zombies, son los hombres quienes han creado el problema, en este caso a los trífidos. Y es que los trífidos no son ningún entidades alienígena, sino el fruto de la manipulación genética (una especie de mutantes transgénicos avant la letre). Por eso el protagonista dirá:

Ahora los trífidos me inspiraban más repulsión que nunca. Después de todo, eran creación del hombre, y el hombre les había cultivado por puro afán de ganancia. No se podía acusar a la naturaleza de su existencia. De una manera u otra los trífidos habían sido «fabricados» por el hombre, a base de sucesivos cruces o injertos.

Finalmente, el desenlace estaría en los tres últimos capítulos (del 15 al 17). Sin llegar al nivel de los primeros, el relato vuelve a tomar altitud en estos capítulos, situados a una cierta distancia temporal de los anteriores. Han pasado los años y los supervivientes han comenzado a asentarse. Y hasta cierto punto ya no se trata sólo de sobrevivir, sino también de vivir nuevamente. El hijo de Josella viene a representar, como el de Alba y Dídac, la esperanza que renace en medio de los escombros. Desde este punto de vista debemos entender estas palabras del protagonista:

Si me ofrecieran la posibilidad, votaría para volver al mundo viejo, pero con ciertas condiciones. Porque, a pesar de todo, dentro de mí soy más feliz ahora que no lo había sido nunca antes.

También a Alba le pasaba algo parecido. Es el efecto Robinson Crusoe.

En definitiva, El día de los trífidos es una extraordinaria novela, a ratos, que muestra el camino a multitud de obras posteriores que con más o menos claridad se inspiran en ella. Ahora bien, tal vez en algún punto hoy en día el tiempo haya jugado en su contra. La explicación sobre los trífidos y el cometa no acaba de cuajar del todo. Cuesta imaginar que se trate de dos coincidencias, siendo como son dos hechos tan anómalos y extraordinarios. Aunque Wyndham plantea la posibilidad de que no sea así, el autor parece más interesado en insinuar una posible relación con el uso de armas secretas que con el elemento sobrenatural de la invasión alienígena (en la línea por ejemplo de Los ladrones de cuerpos (1955), de Jack Finney), más del gusto, tal vez, del lector moderno. Pero es comprensible. La novela fue escrita en plena guerra fría, por lo que Wyndham prefiere jugar con el miedo a la destrucción bacteriológica, a las armas biológicas y demás fantasmas vivos durante aquellos años.

En este marco, también es cierto que se especula de forma interesante a propósito de la evolución de los humanos y de alguna manera se justifica el cambio en el orden jerárquico del planeta. Ya no seremos los hombres los dueños del mundo, sino los trífidos, que poco a poco se irán adaptando mejor.

No sería natural que un tipo de criatura dominara perpetuamente (…) La vida, en conjunto, debe ser dinámica y no estática. Forzosamente se deben producir cambios.

Resuena en estas palabras el espíritu de otra genial novela, con la que también podemos establecer algún paralelismo: La guerra de las salamandras (1936), del checo Karel Capek. Aquí, como allí, además, los humanos y su desmedido afán de riquezas, a cualquier precio (en ambos casos a costa de alterar las leyes naturales o el equilibrio ecológico del planeta) lleva al desastre que acabará con nosotros, en una especie de justicia poética donde la naturaleza termina venciendo.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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