¿HAY VIDA EN MARTE? H.G. WELLS VS. LUDWIG KANN

Fecha: 4 de agosto de 1902

Marte, nuestro vecino rojo, ha despertado el interés de los terrestres desde hace mucho tiempo. Pero fue a partir de finales del siglo XIX, con el boom tecnológico de la revolución industrial que hizo creer a la humanidad que no existía un techo bastante elevado a sus aspiraciones, que cobró una mayor relevancia. Como casi siempre ocurre, las primeras aproximaciones al planeta rojo fueron desde el terreno de la ficción. El filósofo griego Plutarco (46-120), por ejemplo, relataba en De facie in Orbe Lunae la leyenda de un pueblo que conocía un camino hacia la Luna y Luciano de Samosata (125-181) también escribió acerca de un viaje a la Luna con la presencia de selenitas incluidos. Mucho más adelante, en 1634, aparecía publicada póstumamente la que está considerada una de las primeras obras de ciencia ficción que trata sobre el viaje lunar: Somnium, del astrónomo Johannes Kepler (1571-1630). Ante la imposibilidad de imaginar cómo podría llegar a realizarse este viaje desde un punto de vista teórico, Kepler imaginaba la travesía por obra de espíritus.

Julio Verne (1828-1905), que a pesar de sus reticencias ha sido considerado uno de los padres de la ciencia ficción moderna, fue el primero en poner las bases teóricas en sus obras fantásticas de la futura carrera espacial. Acercándose más al rigor científico que sus antecesores, el francés imaginaba un proyectil que, lanzado desde un enorme cañón, sería capaz de atravesar el espacio y llegar a otros cuerpos planetarios, en este caso a nuestro pequeño satélite. En este aspecto, De la Tierra a la Luna (1865) es una obra pionera. Si Verne es uno de los padres de la ciencia ficción moderna, el otro sería el británico H.G. Wells (1866 a 1946). Allí donde Verne imaginaba un viaje a la Luna, Wells escribía sobre una invasión marciana a la Tierra. Allí donde el francés se afanaba en encontrar una base científica que sustentara sus fantasías literarias, el inglés daba libertad absoluta a su imaginación [1].

Su novela La guerra de los mundos (1898) supuso un éxito considerable, y varios medios de todo el globo se hicieron eco de él, como nuestro Imparcial. Precisamente recogiendo lo que decía Gómez de Baquero en un artículo publicado en este medio el 17 de marzo de ese mismo 1902 [2], donde daba noticia de la novela de Wells, F. de Cárvic en La Vanguardia introduce el artículo que hoy reproducimos. No nos debe sorprender que el artículo mezcle indistintamente las fantasías de Wells con las supuestas teorías científicas del astrónomo Ludwig Kann (por otra parte tanto o más fantasiosas, sabemos hoy), ya que a principios del siglo XX la carrera espacial debía ser poco más que un divertimento para ociosos, una frivolidad literaria, una idea alocada, y a la hora de hablar de ello se solía hacer desde una cierta distancia ideológica. Pensemos que el primer viaje espacial no tuvo lugar hasta el año 1961 (con el cosmonauta ruso Yuri Gagarin) y que el hombre no pisó la luna hasta el año 1969, con la expedición del Apollo 11. En cuanto a Marte, las primeras sondas no tripuladas que envió el hombre datan de 1971, pero hasta hoy día todavía no ha habido ninguna propuesta seria de enviar una nave tripulada [3].

Buen viaje y buena lectura
El piloto de la nave

 
Curiosidades astronómicas

Marte, deshabitado

Wells, en su atrevida y original novela «La guerra de los mundos», ha pintado, con rasgos vigorosos, el habitante del planeta Marte. Nuestro estimado colega El Imparcial dio a conocer la creación de Wells, y ha hecho al público español tomar conocimiento con los marcianos. Prescindiendo de los detalles, la base, hasta ahora, de cuanto se ha escrito sobre Marte está inspirada en este razonamiento:

«Marte es planeta más antiguo qué la Tierra; comenzó antes su vida, su evolución; los seres vivos aparecieron, o debieron aparecer, muchos siglos antes que en nuestro planeta, y es lógico que a la fecha hayan llegado a un perfeccionamiento extraordinario sobre nosotros.»

Este razonamiento ha servido para ofrecernos en «La guerra de los mundos» unos seres de gran entendimiento, poseedores de aparatos destructores y de recursos científicos sorprendentes y desconocidos para nosotros, aunque un poco atrasados… ¡en microbiología! A decir verdad, estas son las opiniones más admitidas y corrientes.

Mas he aquí que todo ello está a punto de venir a tierra. Ludwig Kann es un astrónomo muy sabio y además muy revolucionario; tanto, que pretende transformar la vida en Marte y acabar de una vez con todos sus habitantes.

¡Adiós, leyenda del poder de los marcianos! ¡Los marcianos no existen!

Ludwig Kann sostiene que Marte es un planeta que se encuentra actualmente en el periodo de formación de la hulla, como estaba la Tierra hace siglos, muchos siglos, antes de la aparición del hombre. Las aguas cubren todo el planeta; por encima de ellas hay una atmósfera enrarecida y muy cargada de vapores, y cubriendo los mares existe una capa de algas rojizas, en vigorosa y espléndida vegetación.

Así se explica el color rojizo de la luz de Marte; ese color que le ha valido tantas calumnias, atribuyéndole la causa de muchas guerras y desdichas de la humanidad.

En ciertos lugares, las aguas de Marte, los mares de aquel mundo sumergido, tienen movimientos como los tienen nuestros mares, y de ello dan buena prueba la corriente del golfo, las corrientes ecuatoriales y polares, y otras.

Son corrientes marítimas de gran regularidad, verdaderos ríos dentro del mismo mar. También, según Kann, ocurre cosa parecida en Marte, y esas corrientes poderosas, intensas, persistentes, arrastran las algas que en esos lugares recubren los océanos, y allí las aguas pierden el color rojizo y aparece una larga faja que destaca sobre el resto; esos son los «famosos canales de Marte». Mejor dicho, para Kann no hay tales canales; esos los hemos inventado aquí para explicarnos fenómenos extraños que desconocemos. A veces, las aguas, llevadas por una de esas corrientes, forman otra de retroceso, paralela a la primera, y claro está que en sentido contrario. Junto a la faja primera, de superficie marítima desprovista de algas, que forma un canal, aparece otra faja análoga, producida por la segunda corriente, y entonces tenemos dos canales; es lo que se llama «geminación de los canales», uno de los fenómenos más extraño e inexplicables del mundo marciano. Ludwig Kann, como se ve, lo explica con facilidad extraordinaria. No hace mucho, los estudios del Observatorio de Lowel, en América, acusaban la existencia de canales que cruzaban un mar. La cosa es imposible —se dijo— y para explicarlo se añadió: «en Marte no hay mares, todo son corrientes». Ahora viene Kann, y dice: «en Marte no hay continentes, todo son mares». Es divina la armonía de los sabios.

Lo que desde aquí nos parecen continentes son grandes extensiones de mar recubierto de algas, en perfecta tranquilidad, sin corrientes que agiten la superficie, sin movimientos que rompan aquel extraño césped rojizo.

Lo que desde aquí reputamos mares son regiones agitadas por las aguas, que arrojan de la superficie las pacíficas algas.

Por efecto de las corrientes, quedan en ciertos lugares trozos de mar en calma, disfrazado con las algas que lo recubren, y eso lo hemos bautizado desde aquí con el nombre de «islas».

Resumen: allá no hay continentes, ni tierras, ni islas, ni canales; allá no hay más que algas y aguas; aguas tranquilas y en perfecta calma en unas regiones, agitadas y en ondulaciones incesantes en otras, empujadas por corrientes impetuosas en lo que desde aquí llamamos canales, heladas en las regiones polares, como ocurre en nuestro planeta.

Marte está, según esto, en un estado de atraso lamentable; se encuentra ahora en un período oceánico y turboso, en una de las eras geológicas o «martológicas» primitivas, y si existen seres, que sí de- ben existir, corresponden a las primeras especies, a los que aquí encontramos en períodos geológicos muy antiguos.

Kann lo dice sin vacilar: «Un silencio absoluto reina por todas partes, el hombre no ha aparecido aún; ningún mamífero, ninguna ave existe todavía sobre el planeta Marte.» ¡Adiós, leyenda de los marcianos! ¡Adiós, señales que hace poco tiempo nos intrigaron tanto! ¡Adiós, creación de Wells!

¿Es admisible, mejor dicho, será cierta la teoría de Ludwig Kann? ¿Será, por el contrario, verdad lo sospechado y admitido por Wells? Quede el asunto de lleno para los sabios, que ellos hallarán en la hipótesis materia fecunda de discusiones y aun de disputas.

A nosotros nos basta con citar los hechos y dar a elegir al lector entre la leyenda de Wells y la de Kann. Ambas son interesantes, ambas poéticas; elija cada uno según sus gustos.

De todos modos, puede que ninguna sea verdad.

Conste, sin embargo, que la última palabra, por ahora, es esta: «Marte está deshabitado; al menos, deshabitado de hombres.» F. DE CARVIC.

→La Vanguardia (4 de agosto de 1902, pág. 1-2)


[1] Parece ser que a Verne no le convencía la comparación con su colega, a pesar de apreciar sus novelas. En un reportaje de 1903 decía:

No veo ninguna posibilidad de comparar su trabajo con el mío. No hacemos las cosas igual. Sus historias no se asientan en bases científicas. No, no hay ninguna relación entre su trabajo y el mío. Yo hago uso de la física, pero él inventa. Yo voy a la Luna en una bala, disparada por un cañón. No hay ninguna invención en ello. Él viaja a Marte en una aeronave de metal que anula la ley de la gravitación.

Véase Cristian Tello, “Los mitos de un escritor extraordinario”, en la web Julio Verne, el más desconocido de los hombres [consultado el 24 de agosto de 2014].
[2] Gómez de Baquero, E. (1902), “Una nueva forma de lo maravilloso en la literatura: las novelas de H.G. Wells”, El Imparcial, Madrid, 17 de marzo.
[3] Sobre la previsión de los viajes tripulados a Marte se puede consultar este artículo de la Wikipedia.


Imagen: War of the Worlds (Byron Haskin, 1953)

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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