SOBRE HÉROES Y TUMBAS (1961) – Ernesto Sábato

Autor: Ernesto Sábato
Título: Sobre héroes y tumbas
Editorial: Seix Barral
Año: 2011 (1961)
Páginas: 477
ISBN: 978-84-32207-72-3
Valoración: ★★★★★

 

Considerada la mejor novela argentina del siglo XX, Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, es una obra de profunda introspección psicológica, como todas las del autor de El túnel (1948), que indaga en los conflictos internos de unos personajes y un país, Argentina, llenos de contradicciones. La novela intercala múltiples historias que se desarrollan a muchos años de distancia y tienen protagonistas muy diferentes, desde mediados del siglo XIX (con el golpe del general Lavalle y el enfrentamiento entre los unitarios y los federales de Rosas) hasta cien años más tarde (durante el peronismo), pero el nexo que las une todas es la historia terrible de una familia de la oligarquía argentina venida a menos, los Vidal-Olmos, contada a través de su último representante, la joven Alejandra. O a través del recuerdo que Alejandra deja en Martín, especialmente, ya que desde la primera página sabemos que Alejandra se suicida, doblegándose a aquel instinto natural de su familia que los lleva inevitablemente a la locura, la desesperación y la infelicidad.

El desenlace, pues, lo conocemos ya desde la primera página, con esa “Nota preliminar” donde Sábato casi nos lo explica todo (si leemos con atención), aparentemente sin decir nada:

Las primeras investigaciones revelaron que el antiguo Mirador que servía de dormitorio a Alejandra fue cerrado con llave desde dentro por la propia Alejandra. Luego (aunque, lógicamente, no se puede precisar el lapso transcurrido) mató a su padre de cuatro balazos con una pistola calibre 32. Finalmente, echó nafta i prendió fuego.

Apagado el incendio se encontró en la casa un extraño «Informe sobre ciegos», que Fernando Vidal terminó de escribir la noche misma de su muerte. A lo largo de las dos primeras partes (“El Dragón y la Princesa” y “Los rostros invisibles”), situadas antes de los hechos narrados en la “Nota preliminar”, apenas oiremos a hablar más de Fernando y de este informe, pero el misterio que se respira cada vez que hay una referencia a ellos insinúa la existencia subterránea de una historia importante, terrible, que se desarrollará, efectivamente, a lo largo de la tercera parte.

En las dos primeras, en cambio, Sábato centra la atención del lector en los amores de Martín y Alejandra. Martín del Castillo es un joven taciturno y solitario, marcado por un profundo dolor existencial, y Alejandra Vidal (descendiente de una familia absolutamente desestructurada y disfuncional, que diríamos hoy en día siendo muy generosos) raya la psicopatía en muchas de sus actitudes, lo que la convierte en una auténtica figura trágica, en toda una mujer fatal. Ambos vivirán una corta pero intensa relación, vertida inevitablemente al desastre más absoluto.

Me fascinaba –agregó Martín- como un abismo tenebroso, y si me desesperaba era precisamente porque la quería y la necesitaba.

Martín quiere a Alejandra como la princesa de cuento desvalida y necesitada de un príncipe azul que la salve de las garras del dragón, pero Alejandra no es así.

El dragón no vigila a su lado amenazante como lo imaginamos en los mitos infantiles, sino, lo que era más angustioso, dentro de ella misma: como si fuera una princesa-dragón, un indiscernible monstruo, casto y llameante a la vez, candoroso y repelente al mismo tiempo: como si una purísima niña vestida de comunión tuviese pesadillas de reptil o de murciélago.

Esta castidad, precisamente, oculta secretos terribles que tienen que ver con aquel tal Fernando, el padre de Alejandra, secretos inconfesables y inconfesados, pero que vamos intuyendo a medida que giramos las páginas.

Estas dos primeras partes, en realidad hablan de mucho más que de estos amores:

En aquella muchacha descendiente de unitarios y sin embargo partidaria de los federales, en aquella contradictoria y viviente conclusión de la historia argentina, parecía sintetizarse, ante sus ojos, todo lo que había de caótico y de encontrado, de endemoniado y desgarrado, de equívoco y opaco.

Martín, al repasar los hechos que llevaron al trágico final de Alejandra, la transfigura en la propia historia nacional argentina, estableciendo un paralelismo mujer-patria donde las virtudes y defectos de la una parecen ser también las de la otra.

Había dos naciones en el mismo país, y esas naciones eran mortales enemigas, se observaban torvamente, estaban resentidas entre sí (…) Y de pronto parecía como si ella fuera la patria (…) Patria era infancia y madre, era hogar y ternura; y eso no lo había tenido Martín; y aunque Alejandra era mujer, podía haver esperado en ella, en alguna medida, de alguna manera, el calor y la madre.

Es así, ligándolo todo, que toma sentido el relato intercalado en estas partes (y que sigue en la última) de la muerte del general Lavalle. Se trata de la historia de los últimos días de Juan Galo de Lavalle (1797-1841), militar y político argentino por el partido unitario y figura destacada de la guerra de la independencia. Básicamente se recorren los hechos a partir del 9 de octubre de 1841, cuando los federales encuentran la casa donde estaba escondido Lavalle, en retirada, y lo matan de un tiro. Tras saber de la muerte del general, los federales ordenaron la búsqueda del cuerpo para decapitarlo y exhibir su cabeza en una pica. Pero sus oficiales consiguieron hacerse con los restos, cubrirlos con una bandera argentina y un poncho y luego dirigirse al norte, a través de la Quebrada de Humahuaca. El relato de Sábato, tremendamente poético y trágico, se centra sobre todo en la huida de los hombres de Lavalle con su cuerpo y en la dramática resolución que tuvieron que tomar: al borde de un arroyo lo descarnaron, envolvieron las partes blandas en una bolsa de cuero y las enterraron cerca de la Capilla de la Inmaculada Concepción. El corazón fue colocado en un recipiente con aguardiente, sus huesos lavados y puestos en una caja con arena seca y su cabeza guardada en un recipiente con miel. Los restos fueron llevados a Potosí, donde fueron recibidos con grandes honores por el Gobierno boliviano, y finalmente inhumados.

En estas dos partes también aparece, casi pasivamente, escuchando las confesiones sentimentales de Martín, otro personaje, Bruno, que tomará más protagonismo en la última parte. Se trata de una especie de yo reflexivo del autor. El que, de alguna manera, teoriza más y mejor el significado de la obra. Se ha dicho que después del mensaje desesperanzado de El túnel, Sábato construyó en Sobre héroes y tumbas una “absurda metafísica de la esperanza” (en palabras suyas). Si acaso hay que relacionar esta metafísica con la reformulación de algunos valores que tienen que ver especialmente con la razón. El hombre no es un ser racional, viene a decirnos, y eso es lo que nos salva, precisamente. La razón, que tradicionalmente se había erigido en bandera de lo mejor de nuestra naturaleza, lleva inevitablemente al escepticismo, al cinismo y a la aniquilación.

Por suerte, el hombre no es casi nunca un ser razonable, y por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades.

La tercera parte es el famoso “Informe sobre ciegos”, que esconde la clave interpretativa de todo el libro. En realidad es un texto casi autónomo, con un estilo y un contenido absolutamente diferentes al resto de la novela. En las escasas 150 páginas que ocupa, leemos completamente asombrados una especie de testamento vital en primera persona, absolutamente grotesco y desmesurado (los desvaríos de un loco rematado, pensaríamos), de Fernando Vidal Olmos, el padre de Alejandra. Es entonces, leyendo este informe, cuando descubrimos que Fernando, que se autodenomina un “investigador del Mal”, se ha pasado la vida obsesionado con la ceguera, la cual relaciona precisamente con el mal.

Los ciegos me obsesionaron desde chico y hasta donde mi memoria alcanza recuerdo que siempre tuve el impreciso pero pertinaz propósito de penetrar algún día en el universo en que habitan.

Fernando los estudia analíticamente, obsesivamente, y cree descubrir que se ocultan en un entramado de túneles subterráneos, en una especie de submundo.

Más de una vez en mi vida había meditado en la existencia de aquella red subterránea, sin duda por mi tendencia a cavilar sobre sótanos, pozos, túneles, cuevas, cavernas y todo lo que de una manera o de otra está vinculado a esa realidad subterránea y enigmática: lagartos, serpientes, ratas, cucarachas, comadrejas y ciegos.

De esta manera su monomanía lo acaba introduciendo en una pesadilla de persecuciones, engaños y espionajes que en realidad sólo existen en su cabeza. Lo que para él responde a una lógica granítica, para el resto es una actitud delirante. El único reino subterráneo en el que de verdad consigue enterrarse Fernando Vidal será en su propia locura.

Por todo ello, esta tercera parte se aproxima poderosamente a El túnel (tal y como habrán notado los que hayan tenido la suerte de leer aquella otra grandísima novela). De hecho, en Sobre héroes y tumbas hay una autorreferencia al protagonista de aquella, el pintor Pablo Castel, el asesino de María Iribarne. Es un rasgo propio de Sábato este autoreferenciarse. Pasa entre nuestra novela y El túnel, y pasa también entre Sobre héroes y tumbas y una novela posterior, Abaddón, el Exterminador (1974), por ejemplo. Los túneles y cavernas, lo que no se ve, lo que está por debajo… no remiten tanto en Sábato al elemento geológico y literal como a lo que Machado llamaba “las galerías del alma”. El subconsciente. Por eso esta tercera parte, especialmente y mucho más que las otras, es un descenso a los infiernos íntimos de Fernando, que reformula a través de su lógica nada razonable el mito platónico de la caverna, de tal manera que será sólo él quien pueda entrever

Los suburbios del mundo prohibido (…) cuyo testimonio nunca hasta hoy ha llegado inequívocamente a manos de los hombres que allá arriba siguen viviendo su candoroso sueño.

A sus ojos demenciados, él es

Una especie de héroe, de héroe al revés, héroe negro y repugnante, pero héroe.

Como si hubiera pasado por el espejo cóncavo de Valle-Inclán y hubiera cobrado el valor de héroe esperpéntico Fernando cree que es el único que ve en un mundo de ciegos, cuando en realidad es a la inversa. De hecho, esta imagen aparece de manera mucho más clara en la parte final de la novela (“Un Dios desconocido”). Aquí toma protagonismo el personaje de Bruno, que, tal y como ya hemos dicho, es una especie de alter ego del propio Sábato, o al menos de su cara más reflexiva y filosófica. En esta última parte, que cierra todas las historias magistralmente, la prosa de Sábato nos enfrenta a un cierto sentido de fatalidad que encuentra explicación, únicamente (y todavía), en estas palabras da Bruno:

Los locos, como los genios, se levantan, a menudo catastróficamente, sobre las limitaciones de su patria o de su tiempo, entrando en la tierra de nadie, disparatada y mágica, delirante y tumultuosa, que los buenos ciudadanos contemplan con sentimientos cambiantes; desde el miedo hasta el odio, desde el aparente menosprecio hasta una especie de pavorosa admiración. Y sin embargo esos individuos excepionales, esos hombres fuera de la ley y de la patria conservan, a mi parecer, muchos de los atributos de la tierra en que nacieron y de los hombres que hasta ayer fueron sus semejantes aunque como deformados por un monstruosos sistema de proyección hecho con lentes torcidos y con amplificadores desaforados.

Tremendamente exigente en el fondo y en la forma, Sábato nos ofrece un descenso a las entrañas de la historia de su gente y su país, pero también a la de todos nosotros y de todos los países. Porque es eso lo que tienen las grandes obras, las que se denominan clásicos universales. Valen por lo que son y por lo que trascienden. Y esta obra trasciende mucho.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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