EL ZOMBI Y EL MULATO DE MURILLO (III). UN CUENTO

Fecha: marzo-abril de 1882

Finalment, hoy presentamos la tercera y última entrega del relato sobre el esclavo mulato del pintor Murillo y la historia del zombi. En los episodios anteriores ya hemos introducido el relato convenientemente. En el primero nos hicimos eco de la popularidad de esta historia, no sólo en el ámbito español, sino también universal, donde Hans Christian Andersen dio consistencia al cuento. De aquí parte la historia que nos narra José María Vallejo, seguramente. En el segundo profundicé en el origen criollo del mito de los “zombis” y lo poníamos en relación a la condición de esclavos de los primeros zombis. En esta tercera parte presentamos los capítulos V, VI y VII. En el primero de todos, el autor se extiende nuevamente en el tema de las desigualdades sociales y en la difícil situación del mulato de Murillo, debiendo desarrollar su genio desde la clandestinidad, nos dice. El siguiente capítulo, el VI, es en realidad la conclusión del cuento, con el descubrimiento del secreto y la resolución, feliz, de todo el caso. Finalmente, hay todavía un breve capítulo, el VII, que funciona podríamos decir que a modo de epílogo, sin mucho interés.

Más que como ente paranormal o terrorífico, aquí el zombi funciona desde un punto de vista antropológico y entronca con la polémica racial y de opresión social que estaba de moda a finales del XIX y principios del siglo XX, sobre todo en América [1]. Nuestro relato, pues, hay que decir que está mucho más interesado en aspectos podríamos decir de desigualdad social (o racial) que puramente fantásticos. De hecho, las tensiones sociales han ocupado algunas de las mejores obras de la ciencia ficción, en las que la fantasía es muchas veces únicamente una excusa. Sin ir más lejos, el film Metrópolis (1927), de Fritz Lang, con guión de Thea von Harbou (autora de la novela en que se basó y que había aparecido serializada en la revista Das Illustrierte Blatt), puede verse también como una metáfora del mundo postindustrial y de las desigualdades entre ricos y pobres. Metrópolis nos presenta

En la superficie del mundo, y disfrutando de los beneficios materiales de la tecnociencia, la élite capitalista; bajo tierra, y prisioneros de la mecanización que supuestamente tenía que salvarlos, el proletariado [2].

Pese a que el director se quiso alejar de esta interpretación pseudomarxista del filme, lo cierto es que no lo consiguió. De hecho, el final, en el que las clases dirigentes y el proletariado llegan a un pacto social, recuerda a su manera el happy end de nuestro relato zombífico.

Buen viaje y buena lectura
El piloto de la nave

 

Revista contemporánea

Sebastián Gómez

V.

Amanecía apenas. El tenue y casi imperceptible resplandor del crepúsculo de la mañana, penetrando en el taller de Murillo, disipaba á medias las sombras de la extensa sala, iluminando al par las nobles facciones del dormido esclavo mulato, cuando éste, al sentirse herido por aquella débil y confusa claridad, abrió los ojos á ella y se incorporó en su lecho.

Cualquier otro muchacho hubiera vuelto á dormirse; pero Sebastián, que únicamente podía disponer de las horas que á su sueño y á su reposo robaba, se incorporó á medias y con un gigantesco y poderoso esfuerzo de voluntad se despertó del todo, obligando á la materia á obedecer al espíritu.

—Ánimo, Sebastián, ánimo —se decía á sí mismo esperezándose;— tres horas son tuyas; despierta, pues, y aprovéchate de ellas ya que las demás de tus días y de tus noches pertenecen á tu señor y dueño. Puedes ser libre tres horas; despierta, pues, esclavo y sé libre, sé hombre, sé artista á costa de tu descanso y de tu sueño.

Animado por sus propias palabras, Sebastián disipó los últimos celajes de su soñolencia; pero al disiparlos, el esclavo, que aspiraba á ser libre por unas cuantas horas, se encontró sujeto entre cadenas y aprisionado entre dificultades.

—Ni aun así, ni aun á costa de sacrificios puede ser libre el esclavo —murmuró tristemente al conocer su situación precita;— he dominado mi sueño, he sobrepuesto mi voluntad á mis necesidades, he triunfado de mí mismo, y ¿para qué?… ¿Para qué? —añadió con creciente desaliento y con amarga sonrisa.— Yo no puedo ni aun aspirar á ser libre; yo no puedo, sin exponerme á un castigo, hacer lo que otros más afortunados hacen con aplauso y satisfacción de todos; yo no puedo ni aun crear, y sin embargo, yo siento en mí algo grande, algo que no todos los discípulos de mi señor sienten ni conciben, algo que me hace recoger y aprovechar las lecciones que Murillo dedica á sus discípulos y que muy pocos de éstos recogen ni aprovechan. ¡Oh, si yo fuera libre! —añadió; y un suspiro ardiente, un suspiro de inmenso anhelo se exhaló de su pecho, en tanto que sus ojos elevaban al cielo una ferviente súplica reconcentrada en una sola pero indescriptible mirada.— Si yo fuera libre —repitió,— si yo no hubiera nacido esclavo… entonces… Y una ráfaga de genio brilló en sus ardientes ojos, quedando abrumado después en una abstracción profunda.

Si yo fuera libre, si yo no hubiera nacido esclavo, hemos oido decir á Sebastián, y estas palabras suyas me sugieren lógicamente una pregunta: ¿hubiera Sebastián Gómez, si, más afortunado al nacer, su origen y posición social hubieran sido otros, brillado como brilló y sido lo que fué llamándose y siendo el mulato de Murillol? Quién sabe: para que la fructífera simiente germine, brote y crezca, es necesario que la madre tierra la aprisione, envuelva y descomponga, y bien puede ser que el espíritu humano, para desarrollar sus fuerzas y facultades, necesite en muchas ocasiones de la adversidad y la desgracia.

Sin una presión, sin una fuerza á la suya, contraria, ni la pólvora aunque se inflame explota, ni el vapor, arrastra potente trenes y vagones; sucediendo además frecuentemente que el que nace con una posición creada, que el que para vivir bien no necesita adelantar ni adquirir, bastándole únicamente conservar, pocas veces ó por mejor decir ninguna, se lanza á ciertas empresas ni desarrolla su actividad; porque el ser humano es cuerpo, es materia, estando por tal sujeto á las leyes generales de ésta, y á la de inercia por tanto. Y hasta tal punto es inerte el ser humano, que para combatir esta inercia, ó sea pereza de los ricos, las leyes modernas, buscando una mayor actividad en todas las clases sociales, se han visto obligadas á prohibir y á matar esas vinculaciones de bienes llamadas mayorazgos; mayorazgos y vinculaciones que si en otros tiempos fueron buenos por necesarios á la formación y existencia de las naciones, hoy, por el contrario, son considerados como perjudiciales, no solamente por contrarios al progreso y adelanto de los pueblos, sino también á los eternos principios del derecho, dentro del cual no es admisible que uno, disponiendo de lo suyo sí, pero disponiendo de lo suyo abusivamente y en perjuicio de otros, haga que el derecho de propiedad pierda su carácter esencial, y que todos los herederos de sus bienes, todos los sucesivos poseedores de aquello que fué suyo, sean no verdaderos propietarios, sino usufructuarios de una cosa de la cual no son ciertamente dueños, puesto que no pueden disponer de ella libremente.

No condeno yo por esto que digo lo que fué, ni censuro que los Estados, cuando para existir y desarrollarse necesitaron concentrar sus fuerzas y riquezas, las reunieran y concentraran satisfaciendo así una necesidad de aquel momento histórico; pero si creo que pasado el que podemos llamar período de incubación de las naciones, hechas y formadas éstas, y fuerte y poderosa hoy la entidad Estado, las vinculaciones son indefendibles; porque sobre que falsean y anulan el derecho de propiedad, son además perjudiciales á las naciones, las cuales en provecho propio deben procurar que todos, absolutamente todos los ciudadanos, hagan y produzcan algo.

Intelectus apretatus discurrit qui rabiat, dice un latinajo tan vulgar como incorrecto, y para que todos discurran y aprieten, bueno es que las vinculaciones hayan cesado, puesto que por regla general sus poseedores, y la experiencia lo prueba, seguros del panem nostrum cuotidianum, se limitaban á consumir, sin producir jamás cosa ninguna.

La necesidad, el deseo de mayor suma de comodidades, ó sea el interés individual, es la causa y origen de todos los adelantos, tanto en las ciencias como en las artes, siendo ésta la razón por que yo, individualista acérrimo, creo absurdo el socialismo y perjudiciales y contrarias al desarrollo material de los pueblos las ideas proteccionistas. Busca y encontrarás, dice el Evangelio, y como el que está bien no busca, bueno es que haya necesidades, puesto que para eyitarlas el hombre busca y encuentra siempre, sea en más ó en menos tiempo.

No hay mal que por bien no venga, dice un antiguo refrán, en virtud del cual, y vuelvo á mi interrumpida narración, el mal de su nacimiento y de su esclavitud fué quizás un bien para Sebastián Gómez, pues sin ser antes el esclavo mulato de Murillo, no hubiera sido después lo que fué ni legado á la historia un nombre, ejemplo para los más y admiración para todos.

Sea de esto lo que quiera, lo cierto es que Sebastián, que después de pronunciar entre suspiros su si yo fuera libre se había abismado en una profunda abstracción, salió poco á poco de ella, y dirigiéndose al caballete de Méndez, se puso á contemplar su trabajo del día anterior, ó sea la hermosa cabeza de la Virgen, en la cual el autor del cuadro no se había atrevido á poner mano, temeroso tal vez de estropearla.

—Es preciso terminarla —exclamó de pronto y después de contemplar su obra largo rato;— es preciso que yo acabe de dar vida á esa divina figura cuyo dolor concibo y cuya sublime al par que dolorosa fisonomía veo en mi imaginación y tengo en mi pensamiento. No, yo no puedo consentir que otro la concluya; yo no puedo tolerar que nadie me la arrebate ni profane; es mía, completamente mía, y sólo yo, yo que la he concebido, que la he acariciado en mis sueños y dado vida en mi mente, soy el que puede y debe terminarla. ¿Qué me importan los veinticinco azotes ofrecidos? Es mi hija, es mi creación, y no hay padre que no ló sacrifique todo por sus hijos. Respira, sé, vive, Virgen mía —añadió con entusiasmo; y apenas expresada esta idea, ya la paleta estaba en sus manos y los colores pasaban de ella á los pinceles y de los pinceles al lienzo.

De momento en momento avanzaba la mañana, y el tiempo, siempre veloz en su marcha, devoraba febril las horas sin que Sebastián se apercibiera de ello, ni notara que ya era tiempo de terminar su tarea, so pena de ser en ella sorprendido.

—Otra pincelada más, se decía á sí propio trabajando, otra pincelada más; eso es, bien; ya sus divinos ojos tienen vista, ya ven, ya lloran, eso es; así, así, ahora la boca. ¡Oh Dios mío! Sus labios se abren, la imagen respira, vive, sí, vive, siente, padece, eso es, eso. —Sebastián, febril, convulso, arrastrado por la inspiración y el sentimiento, se olvidaba de la hora, de que estaba trabajando, de que podía ser sorprendido y azotado, de todo absolutamente, no teniendo vida su existencia más que para su creación y su entusiasmo.

—Ya sabemos quién es el Zombi, señores, y no solamente sabemos quién es, sino que le hemos cogido —dijo una voz de pronto, y una mano sujetó por el brazo á Sebastián, que al sentirse sorprendido cayó de rodillas murmurando: «¡Perdón, Sr. Murillo, perdonadme!».

VI.

Bartolomé Esteban Murillo era, en efecto, el que había pronunciado las anteriores palabras y asido, por un brazo á Sebastián, el cual, absorto como hemos visto en su trabajo, no había oído la voz de su amo, que repetidas veces le llamara, ni notado que éste, seguido de sus discípulos que en aquel momento al taller acudían y llegaban, había penetrado en la sala y visto, no solamente el acto de ebastián, sino también lo por él hecho, ó sea la admirable figura de la Virgen.

—Mirad, señores, mirad —añadió Murillo, señalando el lienzo y conteniendo con un gesto la admiración, próxima á estallar, de sus discípulos;— mirad y decidme qué os parece esto y qué debo yo hacer con el culpable.

A pesar de que el acento de estas palabras nada tenía de amenazador ni de severo, en los oídos del pobre niño mulato resonaron terribles y preñadas de amenaza, y ni la misma voz de Jehová cuando entre el ronco fragor del trueno sonó terrible en el Sinaí fué oída con tan grande espanto ni entre tan fieras congojas.

Y la angustia de Sebastián crecía. Su amo y señor, ocultando su emoción y recreándose en el estado y aflicción del pobre niño, fijaba alternativamente sus miradas en el pintor y en su obra, en el infeliz esclavo que parecía exánime y en aquella hermosísima Virgen, á la cual Sebastián había dado vida.

—¿Quién ha sido tu maestro, Sebastián? —dijo Murillo de pronto.

—Vos, señor —contestó el mulato con voz casi imperceptible.

—¿Tu maestro en pintura? volvió á decir el gran pintor, con un acento lleno de satisfacción y de orgullo.

—Vos, señor —repitió Sebastián más débilmente.

—Jamás te he dado lecciones.

—Pero las habéis dado á otros, y yo, perdonadme, señor, las oía con toda mi alma.

—Por San Esteban, mi patrón, que tú hacías más que oírlas; las comprendías y te aprovechabas de ellas —exclamó el gran pintor, no pudiendo contener por más tiempo su entusiasmo;— te aprovechabas de ellas apropiándote, sin permiso mío, lo que yo daba á mis discípulos, y eso ¡vive Dios! que no sé si merece un castigo ó una recompensa.

Al oir la palabra castigo, poco faltó para que Sebastián se desmayara, y trémulo de terror levantó los ojos y las manos en actitud suplicante.

—¿Qué os parece, señores, merece Sebastián premio ó castigo? —dijo nuevamente Murillo, dirigiéndose á sus discípulos.

—Un premio, un premio —gritaron todos á un tiempo.

—Un premio, y grande—exclamó Méndez.

—Está bien, y así será; pero, ¿qué premio le damos? —volvió á preguntar Murillo.

—Cincuenta ducados lo menos—dijo Prieto.

—Ó ciento,—repuso Córdova.

—No—interrumpió González;—un vestido nuevo.

—Habla tú, Sebastián—dijo Murillo mirando á su esclavo, que no daba muestras de apetecer ninguno de aquellos premios;— habla; ¿son estas recompensas de tu gusto?… Estoy tan contento de tí, de tu manera de sentir y de tu modo de interpretar, que te concederé todo lo que quieras, todo; habla pues, no temas, porque te juro por el alma de mi padre concederte todo cuanto pidas.

—¡Oh, señor! —dijo Sebastián, llenos los ojos de lágrimas de gratitud y besando agradecido los pies de su señor, cuyas rodillas abrazaba.— Si yo me atreviera, si yo… —Y una mirada de infinito deseo animó rápidamente su moreno y pálido semblante.

—Atrévete, pídele dinero, Sebastián —le dijo Prado, interrumpiéndole.

—No, dinero no —exclamó González, el cual, á no dudar, y por lo que hemos visto, se pagaba mucho de la ropa;— pídele un vestido nuevo.

—Nada de eso, Sebastián; pídele que te admita en el número de sus discípulos —gritó Méndez, que era un verdadero y entusiasta artista.

Un débil rayo de alegría lució en los ojos del mulato al oir estas palabras; pero inmediatamente después hizo un signo negativo.

—Vamos, habla —dijo afablemente Murillo, que sonreía y se gozaba viendo los temores é indecisión del pobre niño;— decídete y pide, seguro de que te concedo lo que pidas.

—Atrévete, Sebastián; el maestro lo desea; habla, habla, pues, y pídele la libertad —dijo Fernández.

—Eso es, eso es, pide tu libertad —gritaron todos aquellos jóvenes á coro,— tu libertad, Sebastián.

—No, la mía no, la de mi padre; señor, la libertad de mi padre —exclamó el joven mulato.

—Y la tuya también —exclamó llorando Murillo, que ya no podía reprimirse;— la tuya y la de tu padre —añadió levantando del suelo á Sebastián, y estrechándole con amor entre sus brazos.— Bien, hijo mío, bien; tu pincel ha manifestado en tí el genio y la inspiración, y tus palabras y noble conducta, la grandeza y superioridad de tu alma; el artista, por tanto, está completo, y desde hoy, no solamente eres mi discípulo querido, sino, que te tomo por hijo, y como á hijo te quiero. ¡Dichoso Murillo —añadió,—dichoso Murillo, al cual Dios proporciona tal ventura!

VII.

Murillo cumplió su palabra, y Sebastián Gómez, gracias á él, llegó á ser uno de los más célebres pintores de su época.

En las iglesias de Sevilla son admirados aún hoy sus lienzos, entre los cuales sobresalen una Virgen de Belén admirable, Santa Ana magnífica, un San José bellísimo, y sobre todo, un Jesús amarrado á la columna, con San Pedro á los pies, que es una obra maestra.

JOSÉ MARIANO VALLEJO.

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[1] Véase Christopher M. Moreman & Corey James Rushton, Race, Oppression and the zombie: Essays on Cross-Cultural apropiación of the Caribbean Tradition (McFarland, 2011).
[2] Pere Gallardo-Torrano, “Utopies: del somni tecnocientífic al malson totalitari”, dins Entre la por i l’esperança (ed. Proa, 2002), pàg. 57.

Imagen: Metropolis (Fritz Lang, 1927)

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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