UN MAGO DE TERRAMAR (1968) – Ursula K. Le Guin

Autor: Ursula K. Le Guin
Título: Un mago de Terramar (A Wizard of Earthsea)
Editorial: Minotauro
Año: 2000 (1968)
Páginas: 211
ISBN: 9788445073339
Valoración: ★★★★★
 

Ursula K Le Guin se encuentra en ese punto en que se encontraba J.R.R. Tolkien antes de que Peter Jackson realizara su adaptación fílmica (Lord of the Rings, 2001-2003), es decir, es una reconocidísima autora dentro de los círculos de la ciencia ficción y la fantasía épica, pero a lo que podríamos llamar el gran público, aquel que no está acostumbrado a consumir literatura de género, tal vez aún hoy le suenen poco los nombres de Ekumen o Terramar, y menos aún el de Ursula K. Le Guin. Y ello a pesar de que se trata de una de las autoras más reputadas del fantástico, galardonada con premios tan prestigiosos como el Nebula o el Hugo. De hecho, si al archiconocido Tolkien se lo ha acusado a veces de ser mejor creador de mitologías que narrador (que si sus historias carecen de ritmo, que si la prolijidad en detalles hace perder el hilo del relato, que si sus personajes son planos, etc.) Le Guin es sobre todo una gran narradora, que juega con la misma habilidad con las ideas y las palabras, y nos hace disfrutar no sólo del fondo de sus relatos, sino también de la belleza con que nos son expuestos.

La crítica ha valorado de su vasta producción especialmente La mano izquierda de la oscuridad (1969), etiquetada como ciencia ficción feminista, y donde la autora retoma el universo de Ekumen que ya había aparecido en su primera novela, El mundo de Rocannon (1966). Ekumen aparte, sin embargo, el otro gran ciclo de Le Guin es la saga de Terramar, que si bien no ha contado con el mismo reconocimiento de la crítica, sí ha disfrutado de una gran popularidad entre los lectores. Originalmente, el Ciclo de Terramar estaba compuesto sólo por tres libros: Un mago de Terramar, Las tumbas de Atuan (1971) y La costa más lejana (1972), pero años más tarde se añadieron Tehanu (1990) y En otro viento (2001). También hay que mencionar dos libros más con historias cortas sobre el mundo de Terramar: Cuentos de Terramar (1999) y Los doce hogares del viento (2001). Es cierto, a pesar de lo dicho al comienzo, que la popularidad de la saga ha llevado a un par de mediocres aproximaciones del cine a este mundo, pero en ningún caso ha sido suficiente para convertir Terramar en un fenómeno a la altura de la tierra Media de Tolkien: la primera adaptación fue en forma de una abominable producción que surgió directamente para la TV (La leyenda de Terramar, 2004) y, más tarde, como manga japonés de la mano de Goro Miyazaki (Los cuentos de Terramar, 2006), hijo del gran Hayao Miyazaki.

Los libros de Terramar nos narran la historia de Ged, llamado Gavilán, desde su nacimiento y primera infancia en su aldea natal, en Diez Alisos, en la isla de Gont, y hasta convertirse en Señor de Dragones y Arquemago y, posiblemente, el hechicero más grande de todos. Este primer libro de la saga funciona a modo de novela iniciática, de libro de formación. Allí en su aldea, las habilidades naturales de Ged lo aproximan a la práctica de la magia, pero de manera burda y sin método. Primero junto a la bruja de la ciudad, que le enseña lo poco que sabe (magia rural, de curandera), pero que en manos del chico se convierte en fenomenal. Hasta el punto de llamar la atención de un gran mago de allí cerca, Ogión, que se presta a enseñar al joven cachorro la magia verdadera. Ged, evidentemente, acepta porque anhela saber todo de aquel arte seductor y poderoso. Ahora bien, la forma en que se aproxima a él no es la adecuada, ya que lo hace desde el orgullo y la ambición.

Entendería el lenguaje de las bestias y el habla de las hojas del bosque, pensaba, y con su palabra llevaría los vientos, y aprendería a transformarse en cualquier forma que deseara.

Ogión, sin embargo, está más interesado en dar forma a aquel carácter orgulloso que en enseñarle la magia.

Es por ello que el papel de mentor de Ogión pronto llega a su fin para Ged, que lo abandona y decide irse a la Escuela de magos de Roke, donde cree que podrá aprender todo lo que Ogión le negaba. Allí, bajo la tutela de los Nueve, no tardará en destacar por sus fabulosas habilidades mágicas, muy superiores a las de cualquier otro aprendiz que hubiera entrado en la Escuela, pero también por su desprecio por las normas y su temeridad. En la Escuela es también donde conoce a Algarrobo, su amigo fiel, todo bondad y templanza, y a Jasper, el antagonista de esta historia y que precipitará la caída de Ged. En una exhibición de gallardía entre ambos, precisamente, Ged desafía las fuerzas de la naturaleza y va más allá de lo que podía ir con su magia. Pretende llamar un espíritu de los muertos, pero algo sale mal, de tal forma que abre una brecha en el mundo por la que permite la entrada de una sombra, un mal sin forma, una Potestad de la no vida que se abate sobre él y lo hiere.

Es la sombra de tu arrogancia, la sombra de tu ignorancia, la sombra que tú mismo proyectas.

Gracias a la rápida intervención de los profesores de la escuela salva la vida, pero el Arquemago muere y él queda marcado, por dentro y por fuera. Y lo que es peor, la sombra se escapa y vaga por el mundo, y no descansará hasta poseer a Ged y, con él, sus fabulosos poderes. Resulta inevitable tejer semejanzas entre esta escuela de magos y esta sombra que vuela en el viento y la escuela Hogwarts de magia y brujería y los dementores de las fantasías de Harry Potter, de la autora J.K. Rowling. Y no sólo en estos aspectos, también en algunos otros. Los enanos siempre suben a los hombros de gigantes para parecer más altos…

A partir de ese momento Ged cambia.

Había sido esbelto, fuerte y alegre. Y ahora, derrengado por el dolor, caminaba con paso dudoso y vacilante, y no levantaba el rostro, cuyo lado izquierdo estaba marcado por las cicatrices.

Ha tenido que ser de la peor manera, pero al fin Ged corrige su orgullo.

Desde aquella noche en el Collado de Roke, su deseo se había vuelto tan contrario a la fama y a la gloria como antes había estado a favor.

Afrontando las consecuencias de lo que había hecho, Ged abandona Roke y emprende un viaje por Terramar para encontrar la manera de acabar con aquella terrible amenaza que deambulaba por el mundo. Si no puede escapar, se encarará a ella. Es una lección de vida, la que nos enseña la autora en la actitud de Ged. No debemos huir nunca de lo que nos asusta, porque puede ser uno mismo, nuestra contrafigura oscura, y no nos podremos deshacer de esto ni pasarnos la vida huyendo y temiendo en vano. Hay que hacer el viaje (interior, exterior) que nos lleve a recuperar el equilibrio. Nuestro o del mundo mágico, da igual. Nunca es demasiado tarde y siempre hay vuelta atrás, parece decirnos en su mensaje de esperanza.

Un mal camino puede llevar a un buen fin, después de todo.

Este viaje llevará Ged a luchar contra dragones y espectros y a reencontrarse con Ogión (y a comprender el error que fue abandonarlo y escoger el camino más rápido y más fácil hacia el mundo mágico) y con Algarrobo, y a llegar hasta el fin del mundo para enfrentarse a su destino. Él mismo. En todo este itinerario por los confines de Terramar se insinúa, se menciona, se comenta de pasada toda una mitología que se sobreentienden compleja e intrínseca a las culturas de ese mundo y que la enriquecen, pero en ningún caso Le Guin tiene la voluntad de crear una cosmogonía perfecta, detallada, enciclopédica, al estilo de Tolkien, como decíamos. En el mundo de Le Guin tiene más importancia la idea que el detalle, el espíritu que la piedra, la palabra que la letra. De hecho, en el mundo de Le Guin la palabra cobra un sentido extraordinario. Es a través de ella que sucede la magia, ya que el poder mágico está incluido en el nombre verdadero de todas las cosas. Quien conoce los nombres, domina las cosas, o las personas.

Decía el filósofo Ludwig Wittgenstein que los límites de nuestro mundo son los límites de nuestro lenguaje. Muy hábilmente Le Guin teje una hermosa fábula sobre la humildad y el proceso de aprendizaje y cómo éste está estrechamente ligado al conocimiento de uno mismo. ¿Y qué conocimiento mejor que el que se lleva a cabo a través de la palabra? Ged necesitará saber el nombre de su sombra para someterla, pero primero no lo consigue, porque no busca donde debería buscar, en su interior. Cuando lo descubre, el nombre que busca le es tan claro y diáfano como el suyo propio.


Un mago de Terramar ★★★★★
La costa más lejana ★★★★★
Tehanu
En otro viento
Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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