DRÁCULA (1897) – Bram Stoker

Autor: Bram Stoker
Título: Drácula (Dracula)
Editorial: Alianza
Año: 2012 (1897)
Páginas: 576
ISBN: 9788420665481
Valoración: ★★★★★
 

Jorge Luis Borges, en Formas de una leyenda (1952), escribe que la realidad puede ser demasiado compleja para la transmisión oral; la leyenda la recrea de una manera que sólo accidentalmente es falsa y que le permite andar por el mundo, de boca en boca. La humanidad ha tenido siempre, y sigue teniendo, un deseo insaciable de escuchar, leer o contemplar historias. La narrativa oral, cuyo origen se pierde en el tiempo, seguramente está presente en todos los pueblos del mundo -en las pinturas de las cuevas de Altamira, por ejemplo, que se remontan al paleolítico, aparecen representados cerdos con ocho patas, en lo que, en opinión de los expertos, es un temprano intento de reproducir el animal en movimiento, es decir, de explicar algo. Estas historias se solían acompañar de música y tenían una gran variedad: epopeyas con héroes de alto linaje, historias de misterio y de relación con el mundo sobrenatural, historias de amor, cuentos de aventuras y heroísmo, cuentos populares de tragedias y asesinatos, fábulas con animales, etc. Cabe añadir, además, las historias que tienen un significado religioso: los mitos, que explican el origen del mundo y del ser humano, de los dioses y los semidioses, del bien y del mal, de la vida y de la muerte. Todas estas manifestaciones narrativas de carácter oral se pueden considerar antepasados de la novela.

El interés de los románticos del siglo XIX por todas estas manifestaciones populares y tradicionales -casi siempre orales- tuvo como resultado la fijación por escrito de buena parte de este patrimonio. Y su descubrimiento como material literario y de ficción. Los románticos consideraban la literatura tradicional -las baladas, cuentos, romances, etc.-, la expresión genuina del espíritu nacional. Además, el disgusto de su generación por el “aquí” y el “ahora” les llevó a fijar su interés en épocas pasadas -especialmente la antigua Grecia y la edad media- y en lugares remotos, inexplorados, susceptibles de ocultar todo tipo de misterios que se encaraban a la racionalidad ilustrada de la que tanto abominaban -de aquí los ambientes oscuros, tenebrosos, macabros y brumosos de su arte, coronado casi siempre por la metáfora de la noche como lugar propicio para lo oculto y de la luna como símbolo de la muerte, en oposición al día que acaba con el misterio y al sol como imagen de la “Razón”.

Abraham (Bram) Stoker nació en 1847 en Clontarf, un pequeño pueblecito cercano a Dublín. Su hogar estaba en el camino al cementerio reservado a los suicidas, los cuales eran enterrados con una estaca clavada en el corazón, porque según las supersticiones locales así el espíritu no podía escapar y molestar a los vivos. Se explica de su vida que durante la infancia se hartó de escuchar historias escalofriantes a su madre sobre las epidemias y la pobreza que, aquellos años de depresión, atravesaban Irlanda de norte a sur. En 1875, Stoker publicó sus primeros relatos, de estilo gótico -postromántico, diríamos hoy-, la acción de los cuales, casi siempre de terror, transcurría en castillos fríos y destartalados. Los cuentos de su madre y el movimiento romántico que se cultivaba a finales del XIX en Europa, seguramente lo llevaron a hacer este estilo de literatura y, en último término, a producir su obra maestra, Drácula (1897), compendio de todas las historias, leyendas y fábulas que había ido recopilando a lo largo de toda su vida.

Las primeras aproximaciones de Stoker al tema del vampirismo fueron gracias a sir William Wilde, el padre del archifamoso Oscar Wilde, que le dio todo tipo de facilidades para poder consultar la biblioteca de su viejo castillo. Allí, conoció las leyendas de los vampiros irlandeses y seguramente también la vasta nómina de antecedentes de su monstruo chupador de sangre: desde el mítico libro de Lilit, la primera esposa de Adán, que según la tradición se alimentaba de la sangre de los recién nacidos, hasta El vampiro (1816) de William Polidori, el médico de lord Byron, pasando por En el cristal oscuro (1871) de Sheridan LeFanu, relato de amor lésbico y sadomasoquista que podría haber servido de germen a la relación eròticoalimentícia entre los vampiros de Stoker y sus víctimas -no olvidemos que precisamente la definición que nos da el diccionario de “vampiresa” es el de una mujer que emplea su fascinación erótica para seducir y explotar los hombres – o el propio Retrato de Dorian Gray (1890) de Wilde.

Por otra parte, a finales del XIX empezó a proliferar entre los intelectuales ingleses un desmesurado interés por las ciencias ocultas, así como por las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud. Además, aquellos mismos años, la prensa no paraba de hacerse eco cada día del ambiente de terror extremo que se vivía en Londres debido a los crímenes de un sádico asesino conocido con el nombre -tristament cèlebre- de Jack el destripador. El hecho definitivo, sin embargo, tuvo lugar en 1890, cuando Stoker, estando de vacaciones en la localidad de Whitby, localizó en su biblioteca un interesante libro de un tal William Wilkinson sobre Transilvania y los Cárpatos. Allí, se mencionaba un personaje que despertó la curiosidad Bram Stoker: Drácula. Siete años más tarde, todas estas experiencias -las leídas y las vividas- cristalizaron en la obra maestra que conocemos hoy.

El mito de Drácula es uno de los mitos más universales de la literatura. El elemento central de la obra, la sangre, tiene una consideración simbólica especial en casi todas las culturas de la tierra. En la nuestra, de raíz cristiana, también: en la misa, según el dogma de la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, se fortalece nuestra relación con el Creador. Quien coma y beba adquirirá sus propiedades, dice el cura en la misa. Cuando comemos los alimentos ordinarios, estos se vuelven parte de nuestro cuerpo; cuando comemos el Pan de Vida y bebemos la Sangre de Cristo, nos volvemos parte de Cristo. Como dijo San Agustín: somos lo que comemos. También forma parte de las creencias ancestrales de otras culturas el considerar que cuando alguien se alimenta está adquiriendo de alguna manera las propiedades de lo que come. Por eso algunas tribus antropófagas devoraban los cadáveres de sus enemigos una vez vencidos, para adquirir toda su fuerza. No es ninguna novedad esta analogía: Freud ya había hablado de la Comunión como de una especie de canibalismo ritual.

Buena parte de estas creencias que Stoker utilizó para configurar la naturaleza de sus vampiros descansaban en las noticias que varios periódicos de finales del siglo XVII publicaron sobre una extraña epidemia en varias localidades de Serbia, Hungría, Rusia, Silesia y Polonia. Por lo que se leía en estas noticias, se habían encontrado unos extraños cadáveres en sus ataúdes sin estar en descomposición y rebosantes de sangre líquida. A partir de entonces, la superstición llevó a creer que aquellos cadáveres salían de noche de sus tumbas y se alimentaban de la sangre de los vivos. En el imaginario popular eran conocidos como vampiros o no-muertos. Enfermedades poco conocidas entonces como la rabia, la porfiria o la anemia, relacionadas de una u otra forma con la sangre, y que manifestaban patologías como la hipersensibilidad al sol y la lividez -y donde a menudo el paciente debía recibir transfusiones sanguínies- sabemos hoy que se encuentran en el origen de la leyenda del vampiro.

Precisamente también en el relato La casa encantada (1924), de otro escritor vampírico, H.P. Lovecraft, se nos habla de una misteriosa casa habitada por un ser siniestro, un vampiro, el cual se dedica a arrebatar la esencia de sus propietarios e inquilinos, y beberse su sangre. Es el caso, también, de Júlio Cortázar. Su maravilloso relato -de escasamente tres páginas- “El hijo del vampiro” (1937) condensa buena parte de lo mejor de la literatura vampírica. En el relato del argentino irrumpe un tema tabú de este tipo de literatura: el amor. Duggu Van, el no muerto del relato de Cortázar, se enamora perdidamente de Lady Vana, a la que deja encinta.

El vampiro -no sólo el de Stoker, sino desde el mal disimulado vampiro gay del Nosferatu (1922) de Murneau hasta el seductor Drácula (1992) de Coppola– es siempre un sujeto elegante que se mueve en el terreno del amor erótico. El vampiro no viola sus víctimas, sino que las seduce, y ellas, subyugadas por su magnetismo, se dejan seducir. Entonces, con sus caninos fálicos, el vampiro penetra a sus víctimas y se establece una fácil analogía entre la herida en el cuello y su desfloramiento sexual, la pérdida de la virginidad, acompañados ambos por la presencia de la sangre. Después de la penetración, los dos amantes caen en un estado postorgásmico, pero recuperadas las fuerzas la víctima deseará ser poseída de nuevo por su amante.

La historia de Drácula es otra versión de la eterna historia de la lucha entre el Bien y el Mal. El conde Drácula –Vlad Tepes III († 1462), el empalador, el feroz conde rumano en que presumiblemente se inspiró Stoker para confeccionar su príncipe de las tinieblas- es un seductor, un libertino, un polígamo. Drácula representa todos los anhelos reprimidos en el subconsciente humano. Su vida es una vida de pecado y maldad, sin embargo, él es el verdadero héroe de la novela. Lejos de realizar una condena de sus actitudes morales, el autor lo retrata con exquisitez y distinción. Drácula es un noble condenado a una vida eterna de sufrimiento y soledad. Es un alma maldita y condenada a no morir -por el hecho de ser sólo alma no se refleja en los espejos, y por el hecho de ser maldita no puede soportar la visión de los crucifijos. Tan sólo por el hecho de tener que enfrentarse a una tragedia tan enorme, este monstruo ya es digno de nuestra admiración. Y de nuestro perdón.

Sólo al final, Stoker lo sacrificará. De hecho, el propio Stoker compartía buena parte de la ambivalencia de su personaje: si durante el día llevaba una vida perfectamente normal, por la noche recorría los barrios más decrépitos de Londres buscando en los brazos de otras mujeres el afecto que no encontraba en los de la suya. Así contrajo la sífilis, que le llevó a la muerte. Podemos leer el relato de la vida del conde Drácula, pues, como la propia lucha interior que seguramente se dirimía en el seno de su creador; y el final, como una concesión literaria a la moral de la época. Escribe Charles Nodier:

El vampiro no puede ser sino vampiro.


Publicado originalmente en la revista Míra’m en mayo y junio de 2006 en la sección Històries del guardià de la cripta.
Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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