BUTCHER’S CROSSING (1960) – John Williams

Autor: John Williams
Título: Butcher ‘s Crossing (Butcher’ s Crossing)
Editorial: Lumen
Año: 2013 (1960)
Páginas: 360
ISBN: 9788426421920
Valoración: ★★★★★

 

Cuando hace unos meses reseñábamos aquí mismo Stoner (1965) y El hijo de César (1972), y las valorábamos con cinco estrellas, ya nos hacíamos eco de lo inconcebible de su anonimato en nuestro país hasta hace muy poco. Ahora que empezamos la reseña Butcher’s Crossing, la primera novela en ser escrita por John Williams pero la última en ser traducida al catalán por Edicions 62 y al español por Lumen -quizás porque confiaban menos que en las otras-, la indignación por un descuido tan flagrante, tan incomprensible, tan pernicioso, es completa. Ya no hablamos únicamente de un libro. No. Se trata de tres obras maestras de la literatura universal contemporánea olvidadas hasta ahora. Hablamos de la obra completa -aunque breve, y precisamente porque es breve más imperdonable- de uno de los grandes maestros de la narrativa estadounidense de la segunda mitad del siglo XX que ha pasado del todo desapercibida. Nada menos.

Si Stoner nos hablaba de la vida más bien gris de William Stoner, desde su juventud en su granja del medio oeste y hasta convertirse en un reputado profesor de la universidad de Columbia, y El hijo de César era la biografía, mitad histórica mitad novelada, de Gay Octavio, el sucesor de Julio César al frente del magno Imperio romano, Butcher’s Crossing arranca cuando el joven William Andrews llega a una pequeña ciudad fronteriza en pleno oeste americano tras haber dejado el recinto familiar en Boston y se enrola en una expedición que pretende encontrar un mítico valle donde está el último gran rebaño de bisontes.

Tuve la sensación de que ningún hombre había estado en aquel valle. Quizás algún indio, mucho tiempo atrás, pero ningún hombre.

Sólo un gran escritor como Williams puede alternar de esta manera temáticas tan dispares y no sólo hacerlo bien, sino muy bien.

A pesar de las diferencias, sin embargo, algunas constantes se mantienen en los tres libros. Es cierto que en este caso los equilibrios de poder y las miserias políticas -a diferente escala, claro- que destacábamos en las otras dos no son protagonistas, pero como en aquellas, también en Butcher’s Crossing la historia es únicamente la excusa para hablarnos de la interioridad de unos personajes perfectamente trazados y definidos: Andrews, el joven que acaba de abrir los ojos al mundo e inicia un viaje que le cambiará la vida.

He venido para ver tanta naturaleza como pueda (…) Quiero conocer el territorio. Me siento empujado a ello.

Miller, el cazador, auténtico capitán Ahab de esta historia en fanática persecución de su particular ballena blanca, o bisonte, con idéntica fortuna; Charley Hoge, el amigo fiel, el compañero abnegado, el fanático religioso, el loco que a base de whisky olvida y es feliz; Fred Schneider, el matadero del grupo, un hombre duro, pragmático, desagradable y que nos hace temer lo peor, pero que en realidad es la voz de la razón y del juicio, al que nadie escucha. Y finalmente Francine, la puta de Butcher’s Crossing que se enamora del joven Andrews, el único personaje femenino de la novela, pero de una gran importancia simbólica.

Volverás, sí; pero no serás el mismo. No serás tan joven; te volverás como los demás.

Como una parca, Francine acierta del todo. Cuando miras al abismo, el abismo te acaba volviendo la mirada. Cuando atacas la naturaleza, la naturaleza se revuelve. La experiencia de la caza de bisontes no es como el barbilampiño Will Andrews se pensaba. No hay ninguna comunión espiritual con el paisaje, con el entorno, cuando se mata a un animal. Todo lo contrario. La matanza es brutal, desagradable, cruel.

Andrews observó el bisonte abatido con una mezcla de sentimientos (…) Esa esencia había sido asesinada, y en ese asesinato Andrews había notado que algo se le había desmoronado dentro, y no se había visto capaz de afrontarlo.

Por su parte, la naturaleza -tanto más bella cuanto más salvaje- reacciona con violencia a la acción de los hombres y los confronta a sí mismos: privaciones, dolor, soledad, muerte. Quizás por esta visión poco convencional del oeste americano se ha tachado Butcher’s Crossing de la primera y mejor obra revisionista sobre el oeste, o de antiwestern, y de precedente para la literatura del más conocido de los autores actuales del oeste americano, Cormac McCarthy -más en la línea de Todos los hermosos caballos (1992) que de Meridiano de sangre (1985), dicho sea de paso.

Hasta cierto punto convendría recordar también otro libro radical, a su manera: Walden (1854) de David Henry Thoreau. Thoreau, también estadounidense, defendía que la auténtica vida del hombre estaba en la naturaleza y que no teníamos que olvidar nunca cuáles eran sus reglas, sus recursos. Thoreau escribe que

El poema de la creación es perenne, pero son pocas las orejas que lo escuchan.

En nuestra novela el único que parece preparado para oírlo es Andrews, pero ocupado como está destruyendo la naturaleza tiene pocas ocasiones para hacerlo. Ahora bien, cuando lo consigue el espectáculo es extraordinario:

Andrews pensó que si paraba atentamente la oreja, sentiría los brotes que crecían. Una brisa suave murmuró entre las ramas y las agujas de los pinos susurraron como si se frotaran las unas con las otras. Desde la hierba se elevaba el murmullo de una infinidad de insectos que pululaban en secreto y ejecutaban tareas invisibles.

En Walden, también una novela iniciática, un viaje de formación, como la nuestra, Thoreau termina defendiendo la solidaridad de todas las formas de vida. En cierto modo Andrews vendría a representar lo mismo. Ahora bien, Miller, en cambio, representaría todo lo contrario. En su particular cruzada de exterminio de bisontes, Miller no se irá del valle mientras quede un solo vivo.

Quiero que volvamos a Butcher’s Crossing con una carga con cara y ojos. Los quiero ver boquiabiertos.

No son los bisontes, sólo, es algo más, algo peor. No sólo el capitán Ahab de Melville, también el viejo Santiago de El viejo y el mar (1952) de Hemingway, aquel que se lo juega todo fanáticamente y lo pierde para conseguir un gran pez, y que acaba soñando leones marinos en la playa, planea sobre este personaje y su final –alguna cuenta pendiente deben tener los estadounidenses con la naturaleza cuando son capaces de escribir sobre ella en estos términos. Al fin, Will Andrews vuelve a Butcher’s Crossing, junto a Francine, y efectivamente ha cambiado. Ante la incertidumbre del futuro, Will Andrews intuye que ese viaje no ha sido como debiera haber sido:

Pensaba de un modo vago que irse equivalía a dejar algo atrás, algo que habría podido ser muy valioso para él, si hubiera sabido qué era.

Pero no lo supo. No estaba escuchando.

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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