LA MOMIA (1892) – Arthur Conan Doyle

Autor: Arthur Conan Doyle
Título: La momia (The Mummy)
Editorial: Anaya
Año: 1991 (1892)
Páginas: 94
ISBN: 842-07-750-0001-2
Valoración: ★★★

 

No hace tanto hablábamos de una faceta de sir Arthur Conan Doyle más bien poco conocida por el gran público: me refiero a su faceta de aficionado a la arqueología y, más concretamente, a los misterios ocultos en el pasado egipcio. De la mano de Julià Guillamon habíamos repasado esporádicamente los primeros pasos de los arqueólogos occidentales en el subsuelo de Egipto, allá en el siglo XIX, y el nacimiento de una literatura asociada (Théophile Gautier) a partir de la cual surgieron los mitos y leyendas sobre sarcófagos malditos y momias que vuelven a la vida que tanto gustaron a Lovecraft o Poe, por ejemplo. Y, claro, también a nuestro Conan Doyle, de la mano de su cuento (mitad terror, mitad historia de amor intemporal) El anillo de Thoth (1890).

Pues bien, dos años más tarde de haber terminado esa historieta, Doyle volvió sobre sus pasos y desenterró (nunca mejor dicho) La momia, otro relato breve de temática egipcia. Esta vez, sin embargo, el relato ya está mucho más en consonancia al típico cuento sobre momias que nosotros conocemos. Tres jóvenes estudiantes (Abercombie Smith, Edward Bellingham y William Monkhouse Lee) son los inquilinos de una pensión para estudiantes de un viejo college londinense en pleno siglo XIX. Smith, que ha iniciado estudios de medicina, es nuevo en el college, y Bellingham y Lee, que ya se conocen de hace tiempo, hoy por hoy mantienen una relación casi de parentesco, ya que el primero se ha prometido con la hermana del segundo. Más allá de este hecho casual, sin embargo, el carácter de ambos es muy diferente: mientras los estudiantes aprecian a Lee, todo el mundo resalta lo engorroso que resulta relacionarse con él, ya que siempre va acompañado de Bellingham, y Bellingham

Tiene alguna cosa de odioso… de reptil.

Smith, que es un joven prudente y sensato, decide hacer caso a los informes que le dan y evitar relacionarse con sus vecinos de escalera. El destino, sin embargo, a veces es caprichoso. Sucede, pues, que una noche, mientras Smith repasa sus libros de clase y sus apuntes, un estruendo en la escalera lo saca de sus preocupaciones. Se trata de Lee, que le inquiere a bajar rápidamente a la habitación de Bellingham, ya que ha sucedido una desgracia. Smith baja corriendo y se encuentra su vecino medio muerto en el suelo, todo blanco. A su alrededor, en lo que parece más un museo de reliquias que un estudio, decenas de extraños trastos de los rincones más desconocidos del mundo, sobre todo de Egipto y de Oriente. Y en medio de ese escenario grotesco sobresale un ataúd y, en su interior, una momia. Unos cuidados muy sencillos son suficientes para retornar a Bellingham sus sentidos, pero nada puede hacer olvidar a Smith la visión de aquel cadáver milenario, algo salvaje y mórbido.

De esta manera tan extraña se inició la relación entre Bellingham y Smith. Y a partir de entonces, las cosas no iban a ser más convencionales, más “normales”: el pobre Smith a menudo sentía, inmerso en el silencio de su estudio, como en el piso de abajo su vecino, Bellingham, parecía que estuviera hablando solo e, incluso, a veces le parecía oír, estando el piso vacío y encontrándose Bellingham en otra parte, como unos pasos y alguien desconocido que caminaba por la cámara. Una vez, no pudiendo resistir más, hizo de tripas corazón y se decidió a entrar. Y cuál fue su sorpresa cuando la encontró … ¡vacía! Absolutamente vacía. Tanto la cámara como el ataúd. Fuera de sí, Smith se encaminó a avisar a Lee, pero cuando volvieron a la cámara de Bellingham ambos resulta que la momia ya volvía a estar en su ataúd. Pero algo encontró Smith en aquel cadáver que no le resultó como la primera vez que lo vio: 

En aquella forma inerte y sin vida, a Smith, al mirarla, le pareció que se mantenía una lívida chispa de vitalidad y que en aquellos ojitos que acechaban desde la profundidad de sus cuencas había un cierto atisbo de conciencia.

Es entonces cuando Smith descubre que Bellingham no es lo que parece, y que el pobre Lee esconde un secreto inconfesable acerca de su compañero, un secreto que le ha sido revelado a su pesar, un secreto que le angustia como una soga anudada al cuello. En aquellos pergaminos de la habitación de Bellingham, en aquellos documentos indescifrables a ojos profanos, parece ser que su vecino encontró la llave a un misterio insondable, oculto en la ciencia de una civilización antigua y desconocida, perdida en los arcanos del tiempo. Y del mismo modo que el doctor Jekyll en la obra de Stevenson o el hombre invisible en la novela de Wells, nuestro Bellingham encuentra en su momia la máscara que le oculta el rostro a la hora de dejar libre sus bajas pasiones. A la hora de hacer lo que cualquiera querría hacer, si todo el mundo creyera que es otro. 

Cada uno de sus pensamientos y cada uno de sus actos eran egocéntricos; bebía los placeres de cualquier grado de tortura con una avidez bestial, inexorable como un hombre de piedra.

Son palabras de Stevenson. Doyle, menos dado a disquisiciones sobre la moral humana, prefiere cerrar su relato con otro tipo de palabras: 

La sabiduría de los hombres es escasa y los caminos de la Naturaleza son extraños.


Publicado originalmente en la revista Míra’m en mayo de 2008 en la sección Els arxius Conan Doyle.
 
Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @fantastik_cat

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