FIGURAS DEL DESTINO. MITOS Y SÍMBOLOS DE LA EUROPA MEDIEVAL (2005) – Victoria Cirlot

Autor: Victoria Cirlot
Título: Figuras del destino. Mitos y símbolos de la Europa medieval
Editorial: Siruela
Año: 2005
Páginas: 302
ISBN: 9788478448364
Valoración: ★★★★

 

La Europa medieval vio como los viejos mitos paganos, de origen celta o germánico, adquirían durante los siglos XII y XIII forma escrita, de la mano de escritores franceses y alemanes, especialmente. En el entorno de la figura del rey Arturo comenzaron a surgir entonces otros personajes, que configuraron con los años un ciclo literario de dimensiones colosales e inigualables, que tiene en los versos de Chrétien de Troyes (1135-1190) uno de los sus divulgadores más destacados. Lancelot ante la carreta, Tristán ante la copa que contiene el filtro de amor y Perceval ante la aparición del castillo del Grial son las tres figuras del destino que han captado la atención de Victoria Cirlot en este su particular estudio.

Las citas de fragmentos de novelas artúricas, tanto en su lengua original como en traducción castellana, constituyen uno de los momentos álgidos del libro, que, en palabras de la autora

No trata de ser más que una preparación para la plena comprensión de ciertas escenas sublimes, autenticas maestras de la vida.

En cuanto a la estructura del libro, resulta pertinente destacar que el número tres tiene una importancia capital, y se va repitiendo como un auténtico leit motiv: tres serán las figuras del destino analizadas por la autora, y tres serán también los bloques de sentido, de tres capítulos cada uno, en que podemos dividir el libro.

Así pues, los tres primeros capítulos formarían una unidad. En el primer capítulo (Figuras del destino) Cirlot nos habla a modo de introducción de la vida como destino. Sirviéndose de los casos de Erec, Lancelot o Yvain, la autora confronta sus destinos. Mientras Erec es capaz de leer perfectamente su destino en los secretos que le proporciona el camino de su propia vida, que en este caso particular lo lleva a alejarse de la corte, de la civilización, y recluirse en el bosque, el lugar de la aventura, Yvain no ve absolutamente nada hasta que, de manera prácticamente inconsciente, se encuentra en el interior de la espesura de un bosque donde, ahora sí, se encontrará encarado con su destino. Entre el despertar de Erec y su salida de la corte se dibuja la figura de un leopardo; de igual manera, la figura del destino que vislumbra Yvain es la de un animal, un león. El destino de Lancelot, en cambio, no viene marcado por ningún animal, sino por un objeto infamante, una carreta. Dentro de la tentadora posibilidad de leer la obra de Chrétien de Troyes como un todo, resulta interesante ver el león de Yvain como un signo positivo y, en cambio, la carreta de Lancelot como uno negativo.

La diferencia de las figuras deriva de la diferencia de sus vidas, que muesta caminos diferentes.

En el capítulo segundo (La aventura como forma de vida), la autora profundiza en los significados del término aventure, que tanto puede hacer referencia al azar como al destino. Y a partir de este término, recupera una símbolo que ya había comentado superficialmente en el capítulo anterior, el bosque, la forest aventureuse. 

Desde el punto de vista íntimo, interior y psicológico, el bosque es el lugar de las operaciones del alma, de las transformaciones interiores y de la purificación.

El propio bosque, pues, es analizado como una “figura del destino” más, tanto por su extensión incalculable como por su multiplicidad de caminos, es decir, de posibles destinos que se abren ante los héroes. El tercer capítulo (La coronación de Erec), por su parte, pretende demostrar que la novela artúrica tiene como tema la propia vida y que ésta está abordada de manera simbólica:

Toda comprensión simbólica de la realidad se fundamenta en las correspondencias que la unifican.

Los tres capítulos siguientes, el segundo bloque y el central del libro de Victoria Cirlot, se ocupan de tres figuras del destino capitales en la obra artúrica: Lancelot, Tristán y Perceval, que a su vez pueden representar simbólicamente tres actitudes o maneras de hacer frente a la vida: el sacrificio, el amor y la búsqueda. En el capítulo cuarto (El sacrificio: Lancelot), por ejemplo, Victoria Cirlot pone énfasis en el hecho de que Chrétien pensó en Lancelot como figura de un destino mediatizado a través de la carreta que se encuentra el héroe:

Aquel era de común uso, / como ahora el cadalso, / para los asesinos y traidores, / para los condenados en justicia, / y para los ladrones que se apoderaron del haber ajeno con engaños o lo arrebataron por la fuerza en un camino.

Chrétien había convertido su Lancelot, a diferencia del Lancelot del roman en prosa, en el amante de la reina Ginebra. Así pues, su destino será el amor a una dama, amor planteado por Chrétien a partir del sacrificio: el valeroso caballero de la mesa redonda, culpable de un amor prohibido, de un acto contra su rey y amigo, se despersonalitzarà en el “caballero de la carreta”, adquiriendo la personalidad del infamante objeto y deambulando como un cualquiera, sin nombre, hasta que, bien entrada la novela, el lector conocerá, al fin, de quién se trata realmente. 

En esta figura del destino que se ha visto diseñada por la carreta, lo decisivo es el sacrificio como autoinmolación.

Entroncando con todo ello, en el capítulo quinto (El amor: Tristán) la autora se centra en el mito de Tristán, que mantiene algunos puntos de contacto con la historia de Lancelot que acabamos de comentar en cuanto al tema del amor, aunque la idea sea esencialmente diferente. De hecho, se ha dicho que Lancelot es el Tristán de Chrétien (Walter Haug). Aquí, el símbolo del destino, sin embargo, no será ninguna carreta, sino el filtro de amor que unirá trágicamente Tristán e Isolda y les enfrentará al rey Marc. El propio nombre del héroe, hace notar Victoria Cirlot, convendrà a su ser y a su existencia: tristeza en su parto, tristeza en su vida, tristeza en su muerte. En efecto, la muerte de su madre el mismo día de su nacimiento determinará fatalmente el rumbo de su vida posterior. Hasta que al fin, la tristeza causada por la ausencia de Isolda, que no llegará nunca a salvarlo, es lo que causa su muerte, y la de ella a su vez. El último capítulo de este segundo bloque (La queste: Perceval) se ocupa de Perceval tal y como aparece en Li contes del Graal (ca. 1181) de Chrétien, y profundiza especialmente en el significado de la pregunta que el Rey Pescador le hace y en la investigación que propicia. Al quedar inacabado el roman de Chrétien, Perceval no tuvo una segunda oportunidad, y quedaron muchas preguntas sin respuesta, que se han convertido, a lo largo de los años, en una auténtica incitación a la queste dirigida a los propios lectores. 

Curiosamente, resulta adecuada con la forma de vida que plantean, pues la queste es justamente aquello que no tiene fin.

Los tres últimos capítulos se sumergen, en palabras de Victoria Cirlot, en el lenguaje de la negatividad. El nihilismo latente en las obras artúricas, la posibilidad de la falta de sentido de la existencia, es el que ocupa los capítulos séptimo (Semblanzas del mundo) y octavo (negaciones). No es la materia principal ni la que ocupa los grandes héroes de las novelas artúricas, pero, en forma de historias fugaces que funcionan como contrapunto al relato principal, se introduce en el mundo artúrico la duda. 

El acecho de la nada atenaza a algunos personajes del universo artúrico como una posibilidad real.

Es el caso del Guigemar del lai de María de Francia (s. XII), el de Calogrenante, el del Caballero Cobarde o el de Dinadán en el Tristán en prosa, que trasluce toda esta negatividad cuando dice:

Yo soy un caballero errante que siempre va buscando aventuras y el sentido del mundo, pero no lo puede encontrar.

Por último, el noveno y último capítulo (El juego de la muerte), el núcleo originario del libro, está reservado a la idea de la muerte y a las maneras de afrontarla. Y es que como dice Gawain en una cita de Victoria Cirlot:

¿Qué otra cosa puede hacer el hombre más que afrontar su destino?

En definitiva, un libro altamente recomendable para adentrarse en el mundo artúrico más allá de sus aventuras caballerescas y penetrar en la compleja simbología que subyace. Victoria Cirlot, pues, compone un libro útil y original, donde demuestra nuevamente su vasta erudición por medio de un lenguaje accesible y un estilo claro y preciso, apto tanto para el lector especializado como para el simple curioso.


Publicado originalmente en la revista Mot, So, Razó, 6 (2007), p. 94-95.
Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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