STONER (1965) – John Williams

Autor: John Williams
Título: Stoner (Stoner)
Editorial: Baile del Sol
Año: 2014 (1965)
Páginas: 240
ISBN:9788415700616
Valoración: ★★★★★

 

Tendremos que dar la razón a Enrique Vila-Matas y coincidir con él en que resulta incomprensible y sorprendente que Stoner, una obra maestra extraordinaria de la literatra de la segunda mitad del siglo XX en muchos sentidos, haya permanecido en el desconocimiento, la ignorancia, durante tanto tiempo en nuestro país. Sin duda, más que una curiosidad, esto debería ser visto como una señal bien preocupante de hacia dónde van los tiros muchas veces del interés editorial. La novela, tercera de su autor, fue escrita en 1965, pero hasta hace poco no ha alcanzado la notoriedad que se merece entre nosotros. Algo parecido le pasó a El hijo de César, la novela que el propio John Williams hizo de la vida de Octavio César: escrita en 1972 y a pesar de ser galardonada con el National Book Award, ha sido totalmente olvidada hasta hace poco, como ya comentamos en la reseña que hicimos hace un tiempo. De hecho, es a partir del éxito abrumador de Stoner que las editoriales y el público han comenzado a mostrar interés en El hijo de César y que se le ha hecho justicia. Más vale tarde que nunca, diremos, y es cierto, pero hay olvidos imperdonables y que deberían generar una profunda reflexión. No confiamos en ello: seguramente quien debería estar pensando ya tenga la cabeza ocupada en encontrar bien deprisa el nuevo éxito editorial con que llenar los escaparates de las librerías. Y así vamos.

Stoner nos cuenta la vida de Williams Stoner, el joven hijo de un granjero que sin imaginarlo ni desearlo termina yendo a la universidad a estudiar ciencias agrónomas, por las que no siente predilección. Allí, descubrirá casi por casualidad un mundo que le apasionará mucho más que el de las plantas: el de la literatura. Stoner devorará con avidez libros y más libros de literatura inglesa bajo la tutela del profesor Archer Sloan, una prefiguración de lo que espera al propio Stoner: un hombre absolutamente inmerso en el trabajo, que desprecia las relaciones sociales y comprometido de una manera radical con los valores de la educación y la enseñanza de los jóvenes cachorros de la universidad de Columbia. El estallido de la guerra, de la Primera Guerra Mundial, con toda la locura y la propaganda belicista, los “vivas” de los estudiantes universitarios y el cortejo de los alistamientos, amargan el espíritu del profesor Sloan, que página a página envejece prematuramente, inexorablemente. A pasos agigantados. De hecho, las referencias al paso del tiempo son una constante a lo largo de toda la novela. Sloan-Stoner en más de una ocasión se nos dice que parecen más viejos de lo que realmente son. Es el peso de las tribulaciones, del mundo, que los encorva.

Stoner empieza siendo un joven falto de voluntad que afrontar lo que le ofrece la vida desapasionadamente, ya sean éxitos (aparentes), o fracasos (también aparentes). Ante el compromiso de sus colegas que se alistan a filas, él prefiere quedarse en Columbia, aquel refugio donde ha encontrado la tranquilidad que no había encontrado en ninguna parte, ni en la granja de sus padres. Será así como Sloan le brindará la oportunidad de empezar a dar clases en la universidad, y como poco a poco acabará ocupando el lugar que el viejo profesor deja vacante. No sólo el lugar, también su destino. Con el mismo carácter conformista de siempre, Stoner se enfrenta a Lomax, su ambicioso colega de departamento (en algún momento nos hace pensar con el pobre Coleman Silk de La mancha humana, de Philip Roth), con el mismo desapasionamiento da clases en la universidad y se relaciona con sus alumnos, con esta misma abulia conoce Edith, la que acabará siendo su esposa. Una mala decisión: su matrimonio será un infierno, una lucha de odios constante. El nacimiento de la hija parecerá un oasis, pero será sólo momentáneo, cuando las zarpas de la madre se pongan encima de ella también desharán aquella vida como habían deshecho la propia vida e ilusiones de Stoner. Es así, con este deambular pasivo por una vida más bien gris, monótona, de alguien que parece vivir por fuerza, que al final William Stoner se da cuenta de que se ha hecho viejo y que ha de encarar la recta final: la jubilación, y cuando se manifiesta la enfermedad, la certeza de la muerte.

La última parte del libro, como ya ocurría con El hijo de César, resulta de una belleza extraordinaria, sublime. La melancolía con que nos narra, de forma tranquila y serena, esa etapa otoñal, resultan conmovedoras. Williams tiene la extraña habilidad de escribir (aparentemente) fácil pero hacernos notar que lo que leemos es importante. Hay que ser muy bueno para conseguir este efecto. Ni el éxito profesional, ni las amistades, ni el amor de una mujer o la felicidad de una hija. Al final de su vida, Stoner no tiene nada. Quizás sólo el recuerdo de un breve episodio de pasión (un reflejo fugaz de lo que debe ser el amor) con una compañera de universidad, pero que acabó en renuncia. Al fin, en el momento decisivo de la vida, que es cuando se acaba, Stoner sólo está en compañía de un libro. Lo único que nunca le ha decepcionado. Williams nos dice que llegado a ese punto, Stoner

Observó el fracaso que debía parecer su vida.

Pero nos dice “parecer”, ya que nosotros sabemos que en el fondo no lo era. No más que lo es el de todas las vidas cuando llegan al final.

Nos viene a la mente entonces irremediablemente la otra gran obra de Williams, El hijo de César, en aquella parte final también, en que César, el hombre que lo poseía todo, se siente fracasado y vacío y el ser más pequeño del mundo. El propio autor ya había hecho notar las semejanzas entre ambas obras, cuanto a la telaraña de poderes que se teje: la universidad en una, el imperio romano en la otra. Pero también desde este punto de vista más íntimo de los protagonistas, de volver la vista atrás y ajustar cuentas con uno mismo, creemos nosotros que se hermanan ambas. Roma cayó, pero el legado de Octavio perduró. En Stoner también: William Stoner deja el legado de su trabajo, de aquellos cuarenta años haciendo de profesor, y su libro: 

Una pequeña parte de él de la que no podía renegar quedaba, y quedaría siempre.

Perdurar en la memoria y sobrevivir al paso del tiempo el mayor tiempo posible, esa es la cuestión. Y qué ejemplo mejor que la propia obra de Williams, que ha vuelto de allí donde sea que descansan los libros olvidados para hacerse redivivo en las librerías. ¡Larga vida, pues, a John Williams y a la buena literatura!

Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

dgenis has 206 posts and counting.See all posts by dgenis

Deja un comentario