LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU (1896) – H.G. Wells

Autor: H. G. Wells
Título: La isla del doctor Moreau (The island of doctor Moreau)
Editorial: Alianza
Año: 2007 (1896)
Páginas: 176
ISBN: 9788420655413
Valoración: ★★★★★

 

Aldous Huxley, que ya había hablado de los sueños utópicos en Un mundo feliz, escribe en La isla que mientras se mantenga fuera del contacto con el resto del mundo, una sociedad ideal puede ser una sociedad viable. Lo ideal -parece decirnos-, sólo puede existir en la clandestinidad, restringido al resto del mundo. El poder corruptor de la civilización es una temática antigua, que la encontramos ya en Rousseau y su teoría del buen salvaje -la maldad humana ligada al proceso de aprendizaje de las habilidades sociales. Será, pues, sólo al margen de la civilización, al margen del mundo, que las sociedaesd ideales podrán ser viables. Ante el fracaso de la vida en sociedad tal y como la hemos entendido siempre -que ha llevado al hombre a guerras fratricidas y a destruir el medio que le rodea en un proceso suicida-, algunos visionarios han propuesto alternativas: en nuestro país, por ejemplo, Narcís Monturiol, Joan Rovira, Francesc Sunyer y los hermanos Antonio y Josep Anselm Clavé, se sintieron atraídos por las doctrinas de Étienne Cabet, que hablaba en su Viaje a Icaria de una sociedad comunista basada en los ideales de fraternidad y justicia. El intento de llevar a la práctica esta utopía, sin embargo, fracasó en el mismo instante que los icarianos -antiguos catalanes- intentaron realizarla.

Herbert Georges Wells, que era de la opinión que si la humanidad no cambiaba el rumbo de sus actos estaba abocada a destruirse a sí misma, debía tener muy presentes estas teorías utópicas cuando creó el personaje del Dr. Moreau: un hombre siniestro y enloquecido, ciertamente, pero también un visionario brillante que no encontró su lugar en la sociedad victoriana, moralista y estrecha de miras. La realidad, nos recuerdan los pensadores, es a menudo el taller donde trabaja el escritor de ficción. Wells -que tan bien supo trabajar con la realidad, es decir, con la ficción- demostró a lo largo de su vida que tuvo un gran interés por anticiparse a la ciencia y a la tecnología, y explorar el futuro de la humanidad. Sus novelas (La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau, El hombre invisible o La guerra de los mundos) así lo demuestran.

La isla del doctor Moreau es la historia en primera persona de Edward Prendick, un náufrago que llega a una pequeña isla que no sale en ningún mapa y donde un misterioso doctor, exiliado de Inglaterra por sus brutales prácticas científicas con animales, habita, como una especie de deidad primitiva -como el Kurtz de El corazón de las tinieblas. Aparte de Moreau, únicamente Montgomery es la otra alma humana de aquella isla sin nombre. El resto de habitantes, como Prendick descubrirá con horror, no son humanos, pero tampoco son bestias. Con estupor descubriremos que Moreau ha proseguido en la clandestinidad de aquella isla sus antiguos experimentos, y ha conseguido resultados aterradores: en su voluntad de convertir bestias salvajes en hombres, ha entrecruzado razas hasta resultados monstruosos, aberrantes. Al final, como no podía ser de otra manera, las criaturas se vuelven en contra de su creador y lo destruyen por haberles hecho de esa manera, por haber probado de civilizarlos. Moreau, como todos los visionarios utópicos de la historia, como todos los soñadores, es derrotado por su propio sueño, y se evidencia de esta manera la imposibilidad de combatir los instintos animales -en último término también los del hombre- con la disciplina educativa, tal y como proponía Moreau:

Vuelven a sus orígenes cuando aparto mi mano de ellos, la bestia comienza a aparecer silenciosamente, a afirmarse de nuevo…

Paralelamente a estas interpretaciones de carácter filosófico, la novela también entra de lleno en el debate sobre la vivisección que aquellos últimos años del siglo XIX estaba tan de moda entre la comunidad científica inglesa. Seguro que ayer, al igual que hoy, las prácticas de Moreau provocarían más de un escalofrío entre la población. Aquel periodista que consigue entrar en el laboratorio de Moreau a hurtadillas y explicar al mundo lo que hacía el doctor, no representa sino la opinión pública en general. El mismo día que publicó el artículo denunciando la crueldad desmedida de algunos de sus experimentos, se explica que un pobre perro, desollado y mutilado, escapó del laboratorio de Moreau… Pensemos que, como resultado de la novela, dos años más tarde de su publicación apareció la British Union for Abolition of Vivisection.

Al final de la novela, Prendick consigue volver a Inglaterra y contar su historia. Es como Gulliver, cuando explica la existencia de un lugar maravilloso, el país de los Houyhnhnms, y de aquellos caballos con inteligencia humana, los yahoo. Es también como Ulises Mérou, el protagonista de El planeta de los simios. Todos ellos han de enfrentarse a una realidad “antinatural”, invertida, donde las bestias salvajes someten los hombres merced a una mayor inteligencia. Todos ellos, también, en el fondo, son plenamente conscientes de que las auténticas bestias no son aquellas que caminan a cuatro patas y tienen el cuerpo recubierto de pelo. Dice Gulliver al final de sus viajes:

¿Quién podrá leer lo que digo sobre las virtudes de los gloriosos Houyhnhnms sin sentir vergüenza de sus vicios, cuando se considera el animal dominante y el más inteligente de su país? […] No voy a decir nada de aquellas remotas naciones donde gobiernan los yahoos, cuyas máximas morales y de gobierno serían nuestra felicidad si las observáramos.

La nueva Icària, Utopía… ¡Desengañémonos! En la isla de Moreau había monstruos, pero sólo tres.


Publicado originalmente en la revista Míra’m en febrero de 2006 en la sección Històries del guardià de la cripta.
Daniel Genís

Daniel Genís

Doctor en literatura. Profesor de lengua en secundaria. Culturalmente disperso. Es el fundador y conservador de esta web. También en @CiFiCAT

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