K. L. REICH (1963) – Joaquim Amat Piniella

Autor: Joaquim Amat-Piniella
Título: K. L. Reich
Editorial: El Asteroide
Año: 2014 (1963)
Páginas: 352
ISBN: 9788416213016
Valoración: ★★★★★

 

Mientras estudié Filología Catalana, nadie me habló nunca de KL Reich y mucho menos de Joaquim Amat-Piniella. En una asignatura de literatura de posguerra recuerdo haber leído Incerta glòria de Joan Sales. Tampoco estaba, ni està (y ya difícilmente estará) en la colección de la MOLC, una buena manera para conocer los clásicos catalanes (aunque es una colección que necesitaría una revisión de arriba a abajo). La primera vez que oí a hablar de esta novela fue en un instituto, cuando la incluyeron en el programa de la asignatura de Literatura catalana del bachillerato y me llamó la atención, evidentemente porque no la conocía y sobre todo porque el curso siguiente tenía que hacer esta materia, así que decidí avanzar trabajo y comprármela para leerla aquel verano. El destino hizo que no continuara en ese centro y ante la perspectiva, que luego se confirmó como cierta, que no haría esa materia, KL Reich quedó en el montón de los libros para leer y esperó pacientemente hasta ahora, cuando se celebra el centenario de su autor, para que renovara mi interés y me la leyera.

KL Reich explica de forma novelada el paso del autor por el campo de concentración de Mauthausen, una autobiografía distanciada por el cambio de los nombres de los personajes y el protagonista, que no es el autor, sino Emili, y por el relato de episodios de la vida en el campo y de las vicisitudes del protagonista, que se estructuran en un orden cronológico, pero que sólo describen pequeñas ventanas de una experiencia dura, muy dura. La lectura se hace igualmente dura, deviene espinosa y a menudo te obliga a detenerte para reflexionar sobre cómo podía ser posible que aquello ocurriera, para recordarte insistentemente que no es ficción, que es una realidad ficcionada, que alguien sufrió lo que se cuenta. Aparecen las preguntas: ¿cómo pudo ser que hombres se comportaran de esa manera hacia otros hombres en pasajes como la de siete judíos, en el capítulo V, que llegaron una noche, los SS se dedicaron a jugar con ellos y por la mañana todos ya estaban muertos; también la de un abogado judío eslovaco, en el capítulo XIII, que se lanza al vacío de la cantera donde trabajan los prisioneros con gran dignidad y después de haber hecho un discurso que los soldados no escucharon, pero que saca los colores al nazismo.

Otra pregunta que se me presenta es cómo podía ser que prisioneros fueran capaces de maltratar otros internos, sólo porque ellos tenían un cargo superior (quizás maltratar es una palabra demasiado suave en este contexto). El tema de los prisioneros que colaboraron con los verdugos es un tema interesante y ha sido tratado, por ejemplo, por Vicenç Villatoro en la novela La memòria del traïdor, pero desde un punto de vista ambiguo, el traidor-héroe, el que intenta salvar mientras ejerce la autoridad. En KL Reich no hay dualidad, el Blockältester Popeye, un preso común alemán, encargado del barracón de Emili, es despiadado, violento, sin remordimientos y sin prever que un día las cosas pueden cambiar y, ciertamente, cambiaron al cabo de cinco años, cuando los estadounidenses liberaron el campo. Popeye fue asesinado a golpes de adoquín y su cadáver abandonado en medio del patio del campo. El mismo destino fue el que esperaba a Ernest, un chico joven, español, que usa su cuerpo para alcanzar más cuotas de poder y en algunas ocasiones la ejerce de manera tiránica, lo que le crea un enemigo que se lo recordará al final de la guerra en forma de dos disparos en el vientre.

El destrozo moral de la gente del campo es brutal y con una capacidad aniquiladora dramática, sólo se escapa Francesc, el gran amigo de Emili que morirá de una pulmonía acelerada por la ejecución brutal del médico nazi a través de una jeringa con gasolina. Francesc será la integridad que sobrevive al drama de la despersonalización que se inicia con la desnudez de la desinfección y la pérdida de recuerdos y pertenencias cuando se llega al campo; Francesc será el referente de Emili y su referente, Pere Vives, a quien se dedica la novela, junto con Omar Bradley, el oficial estadounidense que liberó el campo.

Ante esta destrucción moral y física, hábilmente edulcorada por el comandante Grupper al final de la guerra, Emili evita derrumbarse, evita que el ambiente del campo se lo trague, evita continuar haciendo dibujos pornográficos para tener una mejor posición; y, sobre todo lo evita gracias al traslado a un campo secundario donde se podrá rehacer en todos los sentidos y convertirse en un referente moral para el resto de los prisioneros, valorado, sin tener cargos ni responsabilidad, lo que le permitirá ser un espectador en la primera línea de las trifulcas políticas que hay entre los prisioneros comunistas, anarquistas, sindicalistas… Y evitar de esta manera la ausencia de destino porque

Los españoles anti-franquistas no tenían otro lugar que un bote de cenizas. 

Las cenizas, que evidentemente, quedan después del crematorio y que por suerte de la literatura y la historia no fueron el destino de Joaquim Amat-Piniella, ya que su legado es de un valor incalculable y se pone de relieve en momentos en que se banaliza el nazismo. Creo que como sociedad no lo podemos permitir y tampoco podemos permitir que KL Reich no ocupe el lugar que se merece, ya no en nuestra literatura, sino en la literatura de la posguerra europea.

Enric Bassegoda

Enric Bassegoda

Doctor en Filología. Profesor de lengua catalana en secundaria. Ha publicado varios relatos y ha ganado el Premi Ictineu 2016 a mejor cuento fantástico en catalán.

ebassegoda has 29 posts and counting.See all posts by ebassegoda

Deja un comentario